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El Príncipe

· marzo 16, 2019

Kenneth Rexroth

Releer El Príncipe de Maquiavelo en la edad adulta, en el atardecer de un siglo de horrores políticos, es tener acceso a la experiencia de una incongruencia: ¿Cuál es el motivo de 400 años de escándalo? En tanto que analista objetivo de un despotismo triunfante, Maquiavelo parece hoy día demasiado seguro del buen juicio de aquellos que son lo bastante hábiles y violentos para ascender a puestos de tiranía. Maquiavelo da por sentada la buena voluntad esencial de su príncipe para con sus súbditos, o por lo menos su inteligente rapacidad y su accesibilidad a los consejeros. Todos nuestros dictadores del siglo XX afirman haber aprendido de Maquiavelo. Mussolini mismo escribió un prefacio para El Príncipe. Desde la caída de Bismarck, estos dictadores han violado cada uno de sus preceptos.

Los defensores de Maquiavelo han sostenido que éste realizó un estudio de la política con la objetividad de un científico. A pesar de sus dudas acerca de la bondad natural del ser humano, Maquiavelo confió, al igual que Sócrates, en que los gobernantes del Estado pudiesen estar abiertos a la razón, y en que si se les presentaba un bien demostrable, probablemente lo escogerían. No solemos pensar que Maquiavelo esté infectado por la falacia socrática, pero de hecho lo está. Es el filósofo de la historia más sagaz después de Tucídides, pero ambos creyeron que se podía enseñar historia para conducirse con propiedad: creencia a la que sus relatos dan poca autoridad.

La mayor parte de la gente sólo lee El Príncipe, y lo leen como defensa de un conjunto de reglas a partir de principios generales. El Príncipe y los Discursos sobre la primera década de Tito Livio deberían leerse juntos. El realismo de Maquiavelo culmina una larga tradición de manuales para monarcas y de descripciones de estados ideales. Por mucho que trata de ser objetiva, la Política de Aristóteles también es semiprescriptiva, y sus seguidores medievales no dejan de serlo. Maquiavelo estaba consciente de que el estudioso de la política debe interesarse en “el ser” y no en “el deber ser”; que si hubiese significado alguno en los procesos históricos, sólo podría ser descubierto gracias a un análisis inductivo de los actos que los hombres han emprendido; y que la falacia más enorme consiste en empezar con la búsqueda de los primeros principios, las sanciones trascendentales y las causas finales. Maquiavelo sabía que los filósofos edificantes de la historia y de la política sólo han dado una retórica de noble engaño a quienes hacen la historia: personajes que acceden al poder, que lo conservan y lo pierden. Maquiavelo fue el primero en comprender que la historia no va a ningún sitio, que se reduce a lo que acontece, y que los únicos valores que actúan en ella son los del bienestar general, los simples bienes de hombres de carne y hueso. Ni la historia ni la política son lógicas. Constituyen los primeros ámbitos del empirismo, y los únicos primeros principios de la política son los individuos que la viven. El Príncipe estudia un despotismo practicable: el de César Borgia; los Discursos, una república lograda: Roma, desde la caída de los reyes hasta el ascenso de los demagogos. Aunque el análisis está hecho en forma imperativa, su fuente es mundana y secular: el bienestar de cada ciudadano; ni la Libertad, ni el Bien, ni la Monarquía, ni la Democracia.

Si consideramos que Maquiavelo escribió de manera especulativa, desde un recogimiento cómodo y placentero, olvidamos el carácter
apremiante de sus textos. Venecia, Milán, Florencia, Nápoles, el papado, estaban siendo mutilados, reducidos al papel de peones, y empobrecidos por el imperialismo de Francia y España. En De Monarchia de Dante, la unión de Italia es un ideal. Maquiavelo sabía que esto habría de conseguirse en una generación o las ciudades italianas nunca se recobrarían. Unión o decadencia: ésta es la inquietud que motiva los Discursos, El Príncipe, El arte de la guerra, la Historia de Florencia, la Vida de Castruccio. Las piezas teatrales La mandrágora y Clezia satirizan una sociedad enferma y parasitaria.

Mientras que aun los críticos que están a su favor han considerado que la actitud de Maquiavelo hacia la naturaleza humana es “cruda, carente de conmiseración y cínica”, yo veo la condición exasperada de la desesperación. Cuando dice que es de suponer que aun los políticos ilustrados, al ser desafiados, se comportarán como dementes o bellacos, difícilmente encontraríamos pruebas contrarias en las palabras de Tito Livio o en la experiencia de toda una vida. De este modo, Maquiavelo supone que los actos históricos se llevarán a cabo en el nivel moral que sea necesario —acaso el más bajo— con el fin de asegurar la continuidad. Cuando el Estado o el sujeto individual que actúa cae por debajo de este nivel, deja de existir. Cuando el sujeto se eleva por encima de este nivel, la historia obtiene una ganancia insospechada. Con una fe mínima en la motivación humana, un empedernido optimista puede forjar una política de bien posible. La opción consiste en retirarse a una subcultura estrechamente organizada en la que los hombres no vivan por casualidad sino por los valores, una guarnición de ideales: La república de Platón. Las más de las veces Nicolás Maquiavelo se muestra irónico, pero su ironía más abierta se reserva para la subcultura que lo rodeaba y que hacía tales demandas: la Iglesia y su expresión territorial, el Estado pontificio.

Maquiavelo consideraba que aunque los hombres no eligen de manera infalible un bien demostrable, la sociedad puede organizarse a fin de asegurar que los hombres hagan esta elección con más frecuencia, y que cuando no lo hagan, sus tendencias al mal se anulen entre sí. ¿Cómo? Pocas veces se presenta a Maquiavelo como defensor de la libertad, y mucho menos de la libertad de expresión. Sin embargo, al comienzo de los Discursos afirma: “Bajo el gobierno de los emperadores, desde Nerva hasta Marco Aurelio, cualquiera podía sostener y defender la opinión que mejor le pareciera, y disfrutar de la mayor libertad que fuese compatible con el orden social”, y esto dio como resultado la máxima felicidad y condujo a la gloria de los gobernantes.

Los párrafos iniciales de los Discursos revelan la diferencia que separa a Maquiavelo de escritores anteriores sobre política. Maquiavelo es dinámico. “Haber suprimido de Roma la causa del conflicto social, habría sido quitarle su poder de crecimiento.” Maquiavelo subraya que la constitución romana generó tensión, y a su vez le dio salida, y “ninguna facción, ningún ciudadano intentó alguna vez pedir la ayuda de una potencia extranjera. Ya que al contar en casa con el remedio, no había necesidad de buscarlo fuera.”

Para Maquiavelo, el fin de la política es el hombre, no el Estado; tampoco creyó que “la guerra es la salud del Estado”, a pesar de que en la Italia renacentista ésa era la condición permanente. Para él, el objeto de la guerra es la paz, aun desde las trincheras en las que ésta se lleva a cabo. Tampoco creyó que el fin justifica los medios. Consideró en detalle qué medios deben emplearse para crear qué fines: concepto en extremo diferente. Maquiavelo sabía que el bien social es sólo el bien de la multitud de hombres individuales, y que florece en un contexto dinámico, nunca en uno estático. La norma ideal, el paradigma estructurado por leyes lógicas, carece de importancia. Las leyes deben ser elaboradas con exactitud para hacer posible la interacción creadora de elementos contradictorios. Maquiavelo comprendió, acaso mejor que Marx, que las fuerzas que se ocultan detrás de las contradicciones de la política son luchas de clase, pero consideró que una buena constitución debería hacer uso del conflicto social, en vez de reprimirlo, y que esto puede ser el combustible que hace funcionar el motor de la sociedad o el fuego fatuo que la destruye.

Al igual que las de Tomás Moro, las virtudes de la prosa de Maquiavelo sobreviven a pesar de las peores traducciones. Era’ un gran funcionario que escribía con propósitos no literarios, después de años de experiencia en el uso del lenguaje en asuntos de extrema importancia. El italiano en el que Maquiavelo escribió era un medio de comunicación directa, un instrumento para alcanzar fines concretos: práctica en la que ha tenido algunos seguidores en épocas recientes. Como diversión, Maquiavelo escribió la mejor comedia italiana, con un humor negro semejante al de Volpone de Jonson: La mandrágora, obra de la mayor lucidez no literaria, y de gran madurez de espíritu.

 

Existen innumerables ediciones baratas de El Príncipe, de buena calidad; la de la Modern Library incluye los Discursos. La mandrágora se encuentra en el primer volumen de The Classic Theater de Eric Bentley.

——

Reproducimos este texto de Kenneth Rexroth, Recordando a los clásicos, Fondo de Cultura Económica, México, 1995.

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