Juan Daniel Flores
En la ciudad del camote, la sangre de artista y el peor transporte público de México, aunque usted no lo crea, sólo hay cuatro espacios de coquetos portales: los “triates” importantísimos: el Portal Hidalgo, el Iturbide y el Morelos alrededor del zócalo poblano, el Portal del Teatro Principal, el Portalito del Alto y el Portal del Señor de los Trabajos frente al Museo Nacional de los Ferrocarriles, este último bastante descuidado.
Así, quizá hasta pase de a panzazo el bohemio espacio frente al parque de Santiago, allá en la 15 Sur y la 19 Poniente, con escenas de tortas, caldos y cubas muy al estilo de cualquier puerto marinero, sólo que en Santiago lo único que pasan son microbuses, autos y los del fierro viejo.
De estas románticas estructuras de piedra y columnas, la que más traigo en mi corazón de barrio es la del famoso Portalito del Alto. No está por demás decir que su nombre correcto sería “soportal”, o en este caso, por puro cariño pipope le podríamos llamar “soportalillo”.
Construido a finales del siglo XVI, un portalito de piedra blanca y bases de piedra de cantera adorna desde hace más de cuatrocientos años al que fue uno de los barrios más bravos de esta ciudad.
Antigua propiedad del acaudalado comerciante don Juan Blas Ramírez, el Portalillo o Portalito, como le llaman los oriundos, ha sido testigo de marchas, plantones, bailes sonideros, caravanas de huehues, devaluaciones, ligues de abrazo y lengüita, ebrios y sobrios que se han guarecido bajo su techo. Claro está que seguramente también le tocó una que otra meada o grafiteada, o de retache alguna que otra mentada de madre, o los ronquidos de algún vagabundo que durmió bajo sus alas mientras ahí cerquita sonaba una de José Alfredo.
El barrio solía ser el gran espacio donde las cotidianidades de salir por el pan, rifársela en la danza sonidera, o simplemente salir a encontrarse con el otro para tirar la basura o ir a “danzar”, fundamentaban el comienzo de las relaciones vecinales de una esquina a otra. Alteridad, le llaman los eruditos de beca y escritorio. Ser vecino tenía que ver con elementos como el rumor, la fiesta, la comida, los hijos, la muerte, la necesidad, el odio, la envidia, la fe y el tedio; todos elementos de la condición humana, todos elementos de la cotidianidad; pero en el caso de lo barrial éstos estaban hilvanados por una pobreza asumida, aceptada y en varios casos con un fuerte carácter de condena redentora digna del canal de las estrellas.
En aquellos tiempos más populares del Garita-Panteón, la caguama en bolsita y el box, el Portalito era usado de excusado y hasta de vestidor para los púgiles o por los huehues en la cuaresma o el mero 3 de mayo.
La empinada de piedras grises, azules y lilas de cantera del Portalito del Alto ha visto de todo. El alma de las cosas seguro guarda en su dureza la vida de muchos que iban al molino, a cortarse el cabello con “El Cuñado” o a buscar a “Los Méndez” para algún favorcito o simplemente para contratar algún mariachi trasnochado.
El Portalito tiene a sus pies al antiguo mercadito de El Alto con un pirul que no hace daño a nadie en la esquina de la 14 y la 14, en el que, desde hace al menos dos décadas, alguien tuvo la ocurrencia de subir un pequeño triciclo blanco. Ya saben: unos construyen la ciudad, otros la consumen y otros más la resignifican a partir de lo real, de lo simbólico o de lo imaginario. Por cierto, debajo de ese mismo pirul hay un puesto de periódicos que se empeña, desde los años setenta, en vender las ocho columnas de diferentes diarios locales y nacionales. Ahí merito, en esa esquina vendían un chileatole y esquites exquisitos, y cada que pasaba la tormenta uno brincaba como chapulín del Portalito al puesto para calentar el cuerpo con el espeso líquido verde para luego pasarte por un sobrecito de Café Legal a La Reguladora, antes La Perla.
El espejo del Portalillo sigue siendo un pirul con bicicleta montado en los balazos de quienes se venden todos los días de lo local a lo global. Los semáforos del sistema ni se inmutan.
El coqueto portal descansa sobre la 14 Norte y la 14 Oriente. Si uno sale de su breve extensión y sigue por la calle del oriente, se encuentra derechito con la que fuera la escuela primaria Manuel Teyssier, San Juanito y El Calvario, pero si eliges el ojo sur del Portalillo, te encontrarás con Ecce Homo, El Puentecito y el Barrio de la Luz. Más abajo, en el bulevar, la gente se mienta la madre sin conocerse, sin un santo que lo proteja, con wi-fi portátil y sin escapulario. La fugacidad condiciona lo vecinal, lo fracciona y lo capta desde lo alto de una cámara de seguridad. La posmodernidad uniforma, homogeniza y se cerciora de que todo marche bien en el rancho.
Por cierto que entre el Portalito y la Parroquia de la Cruz se erige lo que fue la súper vecindad, la más grande de los mejores años del chacoteo y el desmadre organizado del barrio: La Marranera, actualmente Casa de Gobierno; está ahí, al Norte en contraesquina del Portalito. Hay cosas que nunca cambian en la ciudad.
Justo allí, en La Marranera, conocí a un viejo soldado que coleccionaba canicas, lápices con goma blanca y sacapuntas de todos colores, tornillos, monedas y balas. Don Álvaro Junco a sus 87 tenía por costumbre salir a correr a las 5:10 de la mañana. Iniciaba por la calle empedrada de la 14 Norte, subía por la ETI hasta lo que ahora es El Gatica. De ahí seguía hasta la cruz de madera dejada por los misioneros del 67 en Xonaca, para posteriormente bajar por esa misma pendiente tormentosa a Los Remedios, cruzando por la 4 Oriente, La Acocota y bajando por la calle donde comenzó, del lado del molino, hasta finalizar cual Rocky Balboa, levantando las manos justo en el Portalillo del Alto. Luego, a sentarse a fumar un faro sin filtro a eso de las seis de la mañana. ¡Qué viejito tan cabrón!
Hablo de un tiempo donde se curaban con ruda y alcanfor los dolores de los hijos de los trabajadores, de la letra con sangre entra, donde los castillos de la pureza podían darse en cualquier lado, donde los hijos de la revolución llegaban a pie al Tecnológico, a la Benito o a Lafragua. El tiempo de las azoteas, la hierba, la lucha libre y la chaparrita de uva.
En fin, casa, ayuntamiento, pulquería, casa abandonada, eso ha sido el Portalillo del Alto. Una espacie de ombligo por donde uno puede sentarse a mirar el trajín de las generaciones pasar.
Ojalá no se le ocurra a algún funcionario de esos que no funcionan, tataranietos del achichincle del algún criollo siniestro, ir al rescate de uno de los inmuebles más bellos de la ciudad de Puebla de los Baches y los Camotes.
Ojalá y el Portalillo siga siendo la construcción ignorada y vetusta que se resiste a los experimentos, el ruido y la modernización que caracterizan las aspiraciones de esta pedantería urbana. Quizá es mejor que sitios como éste sigan siendo presa de la indiferencia de quienes pasan por ahí mirando por la ventanilla del autobús y piensan: “¿Para qué chingaos está esto aquí?” “¿No se vería mejor en Angelópolis?” Mejor aún: “¿Por qué no mejor lo hacen un spa o una zona de bares?”
Ortega y Gasset afirmaba que la gente construye la casa para vivir en ella, y la gente funda la ciudad para salir de casa y encontrarse con otros que también han salido de la suya.
La ciudad ha dejado de ser un lugar para ser y estar. Se ha convertido en un lugar donde, encerrados, miramos la serie televisiva que nos describe el tiempo, el espacio y al otro.
Un barrio, unas vecindades viejas y un soportal pequeño en la mira de la gentrificación urbana de Puebla.
Ojalá pueda soportarlo el Portalillo del Alto. Ojalá nos sigamos encontrando en el portal.
…porque sólo con palabras construimos al mundo y sin ellas no hay ciudad.









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