Pablo Manuel Rojas Aguilar
El Poeta es antiguo.
Fue aquel que cantó la cólera de Aquiles y las travesías de Odiseo en la antigua Grecia; quien en el siglo i a.C., por encargo de Augusto, glorificó el origen de Roma a través de las páginas de la Eneida; el mismo que en 1304 d.C. perpetró el poema teológico al que nombró Comedia simplemente por su final feliz; y que en 1600 logró el sonido y la furia de Macbeth…
La transmigración pitagórica lo arrastró hasta nuestros días para que siguiera legándonos belleza.
Fue Camerarius (anhelando a Matilde), H. Gering (urdiendo el saludo que Muirchertach envió para Magus Barford antes de darle fin a su glorioso reino), y Suárez Miranda (entregando su dilatado mapa sin piedad a las inclemencias del sol y de los inviernos), antes de que la repetición de su figura puliera su arte de poeta para llevarnos a sufrir los límites del lenguaje, a través de la imposibilidad abrumadora de un libro de Arena que no tiene principio ni fin…
Y seguirá transmigrando para idear versos que ni siquiera imaginamos ahora.
En el alba del tiempo, escribió la epopeya de Gilgamesh, el Pentateuco, e incluso el fatídico y malogrado Libro de los muertos. También fue la arena en que escribió el Redentor y el viento que se encargó de borrar las palabras. El oro con que el príncipe Eleazar copió la biblia que fue entregada a la biblioteca de Alejandría. El torpe instrumento que trazó en la caverna el lomo del bisonte. La palabra líquida azotando las secas sandalias de Platón. La palabra humo, resultado de la alquimia de Parecelso y el soplo en la frente que Judá León inspirara en su Gólem… Todo esto ha sido, porque ser poeta no implica solamente ser la voz, la música y las palabras, sino también los instrumentos necesarios para realizar el arte; para ser el sol y esa luz que se apaga a lo lejos…
El Poeta es antiguo y ha afinado su arte a través de la transmigración pitagórica.
Ha sido tantos hombres ilustres, “que el círculo del cielo mide su gloria”, que los ángeles cantan inconscientes su milonga más bella, y las líneas escritas por su mano se han convertido en oro.
No obstante, él, “que tantos hombres ha sido, no ha sido nunca aquél en cuyo abrazo desfalleciera” Estela Canto*.
* Beatriz, Viola, Matilde Urbach…









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