Palimsesto
Eugenio d’Ors
Encontramos una viñeta del autor y crítico de arte español escrita en 1924, publicada en su libro Cinco minutos de silencio y a su vez reproducida en el centenario de su nacimiento por la editorial Taurus (España, 1981) en el libro titulado Diálogos
I
El Mar es una Voz. La más noble, entre todas las voces del mundo, la más antigua. Antes, mucho antes, de que hablara el linaje, gárrulo de los hombres, ya ella hablaba. Antes que todos los dialectos humanos, elevóse en los aires, el habla imperturbable del Mar. Y aquellos dialectos vienen de esta habla, como de la eterna agua marina proceden, remotamente filiales, los organismos perecederos de los hombres.
Esto último han alcanzado hoy a averiguarlo los biólogos; pero no se habla que el mar sea la matriz y primera, ignóranlo los lingüista aún. Los poetas podrían acaso sospecharlo, si los poetas no fueran gentes ciegas, por lo común, al origen de las grandes cosas, tanto como embriagadas en sus divinos efectos. Los poetas podrían sospecharlo, porque su propia manera de hablar se acerca a la de la mar más que la manera de otros mortales. Así como tal idioma romance de hoy representa en sus hermanos una supervivencia del latín, apenas decaída y vernaculizada, así la voz de los poetas guarda todavía rastro y señal, conserva todavía un eco distinto, de aquellas salobres palabras que hubieron de oír los amaneceres tumultuosos del mundo.
El Mar es una Voz. Y quien ha conocido esto —y quien, excepción entre los poetas, ha llegado a saber que esta Voz un tiempo fue mía; y su hablar, mi hablar, en las lejanías inmemoriales de la estirpe—, soy yo. Y yo me llamo Homero.
II
He aquí cómo aconteció el primer paso, en el camino de esta magna revelación alcanzada por mí. Navegamos cierto mediodía no demasiado lejos de las costas sicilianas, bienquistas del sol. Y yo contemplaba largamente la sábana del mar, que se había encendido toda en resplandecientes esplendores de metal, pululantes, apretujados y móviles como las monedas de oro, cuando el avaro las deja caer desde la saca hasta el arcón. Porque estaba solo en contemplarla, yo me dije que toda aquella riqueza era mía; y el orgullo vínome a embriagar, a la manera de los licores más violentos. Antes, había querido llamar a mis compañeros de navío, para que en tanta belleza se gozarán también; díjeme enseguida que era inútil; que para tan alto goce y posesión no eran ellos nacidos; que una nube enturbiaba sus ojos, y el bajo apetito de la ganancia les había secado a todos el corazón; que aquellos brillantes tesoros eran como un donativo de los dioses concedido a mí, a mí solo, porque mi desnudez de los bienes ordinarios, tras de los cuales se agitan los hombres vulgares, merecía tal compensación y me daba derecho al maravilloso presente… Esto me dije; y mientras los marineros sesteaban, estábame desvelado yo solo, bebiéndome con los ojos el espectáculo mágico de la dorada incandescencia del mar. Solo y altivo, cara a cara con los dioses, sabedor único de la gloria que ellos podían revestir en medio del mar, en el serenísimo mediodía de verano.
A poco el espectáculo se volvía más extraordinario aún. Mezclábanse los brillantes al oro; y, a las lenguas de metal, puntos resplandecientes, que ya no sólo se agitaban entre aquéllos, grandes espacios, como, en las noches de solsticio, una estrella que cae. Estos puntos tuvieron pronto un movimiento de rotación y dibujaban círculos ante mí, círculos que a su vez se estrellaban en una multiplicidad temblorosa de radios. Luego los rayos se irisaron en muchos colores. Hubo, además de brillantes, topacios, esmeraldas, amatistas, rubíes. El color rojo llegó a prevalecer. Aceleróse pronto aquella inquieta rotación; y ya su vista me hacía daño. Pero, más que el dolor, aún la embriaguez del orgullo. Gocé enormemente, intensamente, del obsequio de los dioses, gocé hasta la tortura y el desvanecimiento. Cuando no pude más, cerré los ojos por fin. Aún seguía viendo, con los párpados cerrados, círculos rojos, danzantes luceritos de varios colores; aún me punzaron la retina diamantes móviles con claras agujas de luz… Luego, todo eso fue debilitándose, desapareció y no distinguí, entre mi carne y mi carne, sino vagas sombras violeta, cortadas por tenues traslucideses de carmín.
Levanté entonces de nuevo los párpados. El vago resplandor carmín se atenuó todavía, se hizo color de rosa nada más.
Me restregué los ojos. El color de rosa acabó por apagarse. Me sentía rodeado sólo por una tiniebla sin matiz.
Grité. Despertaron y llegaron hasta mí los marineros. Oí sus voces. Sentí sus manos en mi cara, en mi frente, en mis ojos. No los vi ya.
Grité más, mucho más. Sólo recuerdo el frío súbito que me penetró como espada en el corazón, cuando ya no sentí las voces de los marineros a mi lado y comprendí que me habían dejado solo.
Lloré. Estaba ciego.
III
Entonces fue cuando llegó a mi oído, como suprema consolación, otra Voz más dulce; comprendí que esta Voz era la del Mar —era el mismo Mar.
Toda mi vida la había oído esta Voz. Ahora comenzaba a entenderla.
Ahora comprendía que esta Voz no sólo levantaba sonidos, pero articulaba palabras.
Y yo entendí estas palabras, porque eran aproximadamente de mi lengua. Las entendí en este medio entender, lleno de misterio y de dulzura, con que se transparenta a nuestra lucidez un dialecto de país vecino. Las contesté, y me adiviné también entendido, en una reciprocidad perfecta.
Entendí estas palabras y recibí, con una acogida limpia y piadosa, las imágenes que ellas traían al espíritu.
Imágenes acabadas y precisas, de contorno admirablemente delimitado. Gloria del mirar, a que muy pocas veces alcanzan los ojos.
Supe de estas imágenes. Supe el don de dibujar que la palabra puede tener. Supe el epíteto luminoso y de la definición que es una configuración.
Así dialogaba con el mar y el mar empezó a ser mi maestro y a educarme.
Sólo desde este punto, pude llamarme verdaderamente Poeta. (1924)









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