Gregorio Cervantes Mejía
“Sedaine está muerto” —aparecido en el número 54 de la revista Crítica— fue el primer cuento que leí de Alejandro Meneses. Desde el primer momento me impactaron la lluvia persistente, la voz apagada, susurrante, del narrador y el énfasis puesto en el deterioro del cuerpo del profesor de Biología, sepultado en mitad de la noche durante una absurda y ridícula borrachera colectiva.
Sobre Sedaine se nos cuenta poco, apenas lo sustancial para echar a andar el mecanismo de la historia: un hombre empeñado en enfatizar la presencia de sus ruidos y fluidos corporales, capaz de provocar “comportamientos inauditos entre sus alumnos y colegas”, una casa amplia, con alberca. Una esposa que se comporta también de manera extraña y un sirviente oriental, impasible; ambos vistos por el narrador —su estudiante— a través de una bruma que los vuelve casi fantasmales, al grado que el lector se pregunta si no son delirios generados por el alcohol o por la presencia misma del profesor.
Intenté encontrar en la persona del autor —a quien también acababa de conocer por ese entonces— alguna de las características del cuento. Claro: todavía estaba seguro de que cada cuento debía ser reflejo casi fiel de quien lo escribe. Sólo su afición por el vodka y la bruma que envolvía algunos aspectos de su vida personal —la cual persiste aún—, me parecieron similares a lo narrado.
A diferencia de ese personaje huraño, incómodo y estrafalario, cuya muerte resulta un alivio para quienes lo trataron, Meneses creaba un ambiente grato a su alrededor. Era fácil sentirse cómodo en presencia suya. Y estoy seguro que su fallecimiento, a diez años de distancia, no ha sido ningún alivio.
Tiempo después conocí Días extraños (Universidad Autónoma de Puebla, 1987). Y dentro de ese libro, “El barco de cristal”, mi relato preferido de Meneses hasta la fecha. Justo cuando empecé a preparar estas notas caí en la cuenta de las similitudes que tiene con “Sedaine está muerto”: un hombre huraño, en un estado de ebriedad permanente, incómodo para todos los que están cerca suyo. Otra vez, un muerto a mitad de una noche lluviosa, un entierro casi clandestino. Un cuerpo empeñado en mostrar su presencia a través de toses, pujiditos, pedos, eructos. Mientras Sedaine muere por una intoxicación por mariscos, el padre de “El barco de cristal” consume veneno para ratas que su mujer ha puesto en el plato del desayuno. Ambos personajes comen de sus platos con plena conciencia de la muerte. Sedaine, sabedor de su alergia a los mariscos, los ordena durante la cena a la que invita a su estudiante. Y el hombre de “El barco de cristal” detecta el gusto extraño en el plato de avena, pero come hasta terminarlo. En ambos cuentos, los hombres están a disgusto con sus vidas, con esos cuerpos incómodos de llevar.
El cuerpo parece ser un ente extraño en la obra de Alejandro Meneses, una presencia que se impone a sus personajes y que, aún en sus momentos más placenteros, es pesada y difícil de sobrellevar, ya sea que se manifieste a través del deseo sexual, como ocurre a lo largo de Ángela y los ciegos —donde por cierto fue incluido “Sedaine está muerto”—, o mediante sus dolencias. Siempre está ahí, como una barrera que impide a los personajes conectarse con los otros, una especie de muralla que aísla, que intensifica la soledad de sus portadores, de la cual sólo la muerte puede liberarlos, una muerte siempre elegida o aceptada, siempre voluntaria.
“Cosas veredes”, el cuento que abre Tan lejos, tan cerca (Ediciones de Educación y Cultura, 2005), vuelve sobre estos motivos. Alonso Quijano llega a Madrid para cumplir con la encomienda de matar a una persona: un joven traficante que escapó con el dinero y la mercancía. Enfermo, con los riñones destrozados, el sicario apenas alcanzará a realizar ese trabajo antes de morir. De nuevo el cuerpo como una carga, con sus fluidos, sus dolencias, aceptados esta vez como acicates para la acción, para mantenerse vivo. De nuevo también el juego padre-hijo de los dos cuentos comentados arriba: si bien Quijano llega solo a Madrid, establece una relación paternal con una camarera y un taxista (Aldonza y Sánchez Díaz de Barriga), a quienes incluso lega el dinero que guarda en una cuenta bancaria. Y si bien parece faltar en este cuento esa atmósfera fantasmal de los anteriores —porque el lenguaje empleado por Meneses es inusualmente crudo, directo—, la suple la parquedad de su protagonista.
Creo que he vuelto a caer en el mismo descuido de mi primera lectura de Meneses: encontrar en la obra similitudes con la vida personal de su autor. Tal vez porque al empezar a escribir estas notas caí en la cuenta de que ha pasado una década desde su fallecimiento y me sigue pareciendo, a pesar del tiempo transcurrido, difícil de comprender. Mientras la vida de sus personajes era incómoda para sus allegados, la muerte de Meneses lo es todavía para algunos de nosotros. Estoy seguro de que le ocurre a más de uno. Con frecuencia digo y me digo, que Meneses tuvo la mala ocurrencia de morirse cuando aún tenía bastantes cosas por hacer, muchas historias por contar y momentos por compartir con nosotros. Pero esto son sólo deseos personales.
También es cierto que estos aspectos sobre el cuerpo que acabo de esbozar no las detecté en la primera lectura que hice de esas historias. Estaba más fascinado por esas atmósferas fantasmales tan características en la narrativa de Meneses y por la precisión de su lenguaje. Pero en este momento ya no somos los mismos, ni yo ni el recuerdo que guardo de él. El cuerpo empieza a tener una presencia distinta y quizás eso me permite ver estos rasgos en su trabajo.









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