Daniel Bernal Granados
Ha pasado más de media hora y la lluvia no cesa. Esperas ansioso el momento en que mengüe para descender del auto, pero ese instante parece muy lejano. Abres sin pensar la puerta del auto y la lluvia inclemente moja tu cuerpo. Tus pasos son lentos, firmes. Caminas hasta la luz sobre la puerta de aluminio. Ella está refugiada bajo el techo que cubre la entrada, sentada y con el cigarrillo en la mano, te mira empapado cruzar el jardín. Cuando estás frente a ella se pone de pie para abrazarte. De su cuello emerge el perfume del adiós. Tus lágrimas se confunden con las gotas de lluvia que de tu pelo escurren. Se separa y sabes que es todo. Te mira en silencio, perdona todas las heridas que en esos meses le ocasionaste. Un último beso que ella dirige y que tú quisieras fuera eterno. Avienta la colilla del cigarro tal como le enseñaste. Te da la espalda, esa que recorriste con los labios tantas veces y la puerta se cierra con su historia. El tránsito es más lento por la tormenta. La lluvia y el humo te impiden ver con claridad, pero conoces bien el camino. Has seguido la misma ruta por años para volver a tu casa. Entras y avientas las llaves, derrotado, triste por el adiós. En la habitación la fotografía te provoca un escalofrío. Es la imagen de tu boda y en la cama ella, tu mujer, que tierna te pregunta si quieres algo para cenar.









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