Edinson Aladino
El que viaja puede encontrar una serpiente
en la mesa donde se reúnen los maestros cantores;
el que no viaja puede encontrar un maestro cantor en una serpiente.
José Lezama Lima, Las eras imaginarias
El escritor y la noción del viaje a México
Hacia el final de su vida José Lezama Lima fue muy reacio a los viajes. El autor cubano, a mediados de los años setenta, apenas podía salir de su casa debido al asma y la obesidad. Prefería apoltronarse tranquilamente en su sillón, esperar las visitas desde su biblioteca, leer una carta detallada de algún amigo viajero y encender un tabaco perfumado para celebrar el día y reanudar el trabajo de la imagen. Se vanagloriaba constantemente auto-definiéndose como un “peregrino inmóvil”. Epíteto acertado, claro está, si nos detenemos un poco en su resonancia significativa, puesto que él podía hablar con genuina propiedad y convicción sobre “Nápoles hasta dejar boquiabierto a un napolitano, o sobre la corte de Urbino como si fuera un contemporáneo de Castiglione”, sin nunca haber visitado Nápoles o pertenecer al siglo de los nobles italianos. Lezama casi siempre permaneció en su isla, en su país natal. Desde los 19 años, hasta su muerte en 1976, vivió en Trocadero 162, en un barrio de La Habana Vieja. En su gabinete mágico escribía sobre China, los colores del río Nilo o la Catedral de Puno de Perú. Aunque nunca contempló en persona los colores del río Nilo, ni visitó China o Perú. No fue testigo de esas cosas; sin embargo, tenía la tenacidad y la ensoñación suficientes para referirse a ellas con una penetración única. El mismo escritor, en una entrevista de 1971, comenta:
“Es que hay viajes más espléndidos: los que un hombre puede intentar por los corredores de su casa, yéndose del dormitorio al baño, desfilando entre parques y librerías. ¿Para qué tomar en cuenta los medios de transporte? Pienso en los aviones, donde los viajeros caminan sólo de proa a popa: eso no es viajar. El viaje es apenas un movimiento de la imaginación. El viaje es reconocer, reconocerse, es la pérdida de la niñez y la admisión de la madurez. Goethe y Proust, esos hombres de inmensa diversidad, no viajaron casi nunca. La imago era su navío. Yo también: casi nunca he salido de La Habana. Admito dos razones: a cada salida empeoraban mis bronquios; y además, en el centro de todo viaje ha flotado el recuerdo de la muerte de mi padre. Gide ha dicho que toda travesía es un pre-gusto de la muerte, una anticipación del fin.”
El padre de José Lezama Lima, el coronel José Lezama Rodda (oficial de artillería del ejército cubano) murió en la península de Florida, en Pensacola, a la edad de 33 años en 1919, a causa de una influenza. El miedo a los viajes de nuestro poeta, fue suscitado por este hecho, al que se suma el asma que padeció desde niño, enfermedad que lo obligaba a situarse en la inmovilidad física desde temprano, pasando largos días postrado en la cama leyendo. Tampoco hay que dejar de lado su obesidad; de pequeño era llamado “bolín” y ya de adulto, según nos refiere Cabrera Infante, sus vecinos le decían “estante con patas”. El asma, la obesidad y la muerte de su padre eran factores que hacían que el poeta habanero fuese un peregrino inmóvil; es decir, que permaneciera reacio a los viajes físicos, al rechazar cualquier invitación que lo hiciera desplazarse de su isla.
Como señala Ignacio Iriarte, podría decirse que Lezama no salió casi nunca de su barrio, ni siquiera cuando alcanzó reconocimiento internacional con la publicación de Paradiso en 1966 y querían homenajearlo en diferentes países:
“No salió de su barrio. Iba a la librería “La Victoria”, en las calles de Obispo y Compostela, a unas diez cuadras de su casa, en donde se reunía con los colaboradores de la revista Orígenes; tomaba algo en “Lluvia de oro”, un café que quedaba a varios metros de la librería; tres o cuatro calles hacia el mar, estaba la casa del pintor Mariano, en donde surgió el nombre para la revista; a igual distancia quedaban los talleres de Úcar García donde la llevaba a imprimir. Terco habitante de su ciudad, viajó apenas dos veces al extranjero. Una vez pasó por México, en 1949, y al año siguiente por Jamaica. Eso es todo. Incluso cuando en la década de los sesenta, adquirió cierta fama internacional (al principio gracias a Cortázar, luego por los trabajos de Severo Sarduy) Lezama tampoco salió de Cuba, ni para asistir a presentaciones ni para dar alguna conferencia, ni siquiera para visitar otro país.”
No obstante, el autor salió de Cuba en tres oportunidades: de niño a Estados Unidos con sus padres, y de adulto a México y a Jamaica. A los 39 años de edad, en 1949, viaja a México para ampliar su imagen del barroco americano. Es un viaje que, en términos de Javier Hernández Quezada, se trasluce como un enfrentamiento “consigo mismo, con sus propias ideas, en el momento de desplazarse físicamente en una realidad particular y distinta, cuya imago se le antoja interesante o por lo menos llamativa”. Viaja a este país para enriquecer su perspectiva, para agrandar su sistema poético, para encontrar señales y cartografías de lo indígena, lo africano y lo hispano. El escritor concibe su idea del barroco como el reino de la posibilidad infinita: un territorio orgánico, omnívoro, que incorpora y absorbe todo, desde una jarra minoana hasta la poesía de Julián del Casal; desde el Popol Vuh hasta los pintores flamencos y franceses como Brueghel el Viejo y el Aduanero Rousseau. Es lo que José Prats Sariol llama: “Altivez devoradora y por qué no, sin miedo: soberbia segura de su poética hipertélica, en la lejanía traslaticia”.
Tenemos muy pocas referencias del viaje que emprendió Lezama a México. Pero por el testimonio de Gastón Baquero, que por ese entonces era jefe de redacción del más importante periódico de la isla, El Diario de la Marina, alude que “se trató de un viaje privado o turístico”, que fue precisamente sufragado por este amigo y mecenas. Lezama en 1949 no era un desconocido. Después de la aparición de Muerte de Narciso en 1937, él había publicado tres libros más de poesía: Enemigo rumor (1941), Aventuras sigilosas (1945) y La fijeza (1949). A la vez que llevaba cuatro años editando la revista Orígenes, que marcó toda una instancia generacional en el campo literario cubano. Esta productiva labor intelectual le hizo acreedor de un reconocimiento en su país durante la década de los años cuarenta y cincuenta.
Hay que agregar que lo mexicano como punto de referencia cultural para Lezama no era algo imprevisto en su quehacer literario, puesto que mantenía un diálogo directo con muchos escritores del país vecino. El número 13 de Orígenes, que sale en la primavera de 1947, está dedicado totalmente a México. El que recopiló los textos fue Rodríguez Feo, que viajó a territorio azteca para conformar uno de los sumarios más excelsos de la poesía latinoamericana. En su correspondencia con el mismo Lezama, acota lo siguiente:
“Antes de regresar a Cuba a finales de octubre de 1946, visité México en donde preparé el número en homenaje a ese hermano país con textos de Ermilo Abreu Gómez, Alí Chumacero, Justino Fernández, Efraín Huerta, Clemente López Trujillo, Gilberto Owen, Octavio Paz y Alfonso Reyes. La portada reproducía un fragmento de las pinturas murales realizadas en la iglesia del Hospital de Jesús, entre 1942 y 1944, por José Clemente Orozco.”
Se advierte entonces una fascinación y respeto por la cultura mexicana, de tal forma que Lezama y Rodríguez Feo arman un número especial sobre ella debido a que varias de sus expresiones artísticas habían resuelto con éxito la tensión entre nacionalismo y cosmopolitismo. En la presentación del ejemplar, Lezama comenta: “Desea la revista Orígenes, subrayar la claridad y el decoro de la expresión y de la sensibilidad, observables en México, en forma ya tan mantenida a través de los años que se gana la total estimación de los otros pueblos de América”. Ese número de Orígenes apareció ilustrado por el gran muralista mexicano José Clemente Orozco, hacia el cual Lezama sentía gran admiración y al que dedicaría un ensayo, en la misma revista, en el verano de 1949.
Escalas lezamianas en México
Hemos subrayado lo anterior como referente para elucidar el panorama en torno a las motivaciones en inquietudes de Lezama Lima en cuanto a su admiración por lo mexicano. Si tenemos en cuenta el hecho de su reticencia por los viajes, debido a su asma, a sus condiciones físicas y a la imagen del viaje asociada con la muerte del padre, la venida a México no es del todo “turística”, como lo supone Gastón Baquero. Hay un interés manifiesto en el autor cubano por el país azteca, por su arte, por su literatura, por el sentido de su tradición cultural:
“Es evidente, me parece, y es el hecho de que al explorar semejante realidad le permite realizar, al menos, dos cosas: 1) conocer de forma íntegra el “paisaje” histórico-cultural de Hispanoamérica y 2) poner atención en el suceso del traslado, ya sea verídico o inventado, ya se relaten sus expresiones visibles y perceptivas […] sin duda el viaje mexicano se convierte, para él, en un asunto relevante, de hondas repercusiones individuales, en el sentido de que jamás conocerá otros países de la región y durante el resto de su vida escribirá sobre los mismos con perseverancia suma.”
No se conoce con precisión la fecha de llegada de Lezama a dicho país; sin embargo, Prats Sariol aduce que es muy probable que haya llegado “al Distrito Federal el 16 o 17 de octubre de 1949”. Por lo demás, la única constancia que da fe de la experiencia viajera de Lezama es una carta que envía a su madre, Rosa Lima, fechada el 18 de octubre:
“Queridísima madre: Delicia sobre delicia y nieve verde. Estoy de sorpresa en sorpresa, del mucho agrado en que todo se nos presenta como revelada maravilla. Descubro por la mañana la calidad insigne de un restaurante y por la tarde en éxtasis de maravillas, otro que le supera. Fui a Taxco, la ciudad de la plata y de la piedra rosada, y por primera vez sentí la emoción adecuada que debe tener un católico americano para mostrar su fe en una forma alta y condigna. Aquí se han construido las únicas iglesias donde el hombre americano le ha dicho al europeo que él puede construir motivos y símbolos de su fe. El camino de Cuernavaca a Taxco tiene los más hermosos paisajes que se puedan situar delante del ojo del hombre. Montañas y valles bordeados en incesantes voltejeos de la carretera. Sin embargo, las extraño, a ti en primer lugar. Como en la canción popular puedo decir: mi madre está siempre en mi frente. Recuerdo a mis Rosita y Eloísa y a la fiel Baldomera le sigo recordando su sazón. Mi madre buena ruegue porque mi viaje de regreso sea venturoso.
Le da un beso en la frente su hijo
Joseíto.”
De acuerdo con José Prats Sariol, parece que el viaje fue breve, “que estuvo alrededor de una semana”, aspecto que le permite visitar Distrito Federal, Cuernavaca, Taxco y Puebla. Esta carta nos brinda un aspecto que revela la sensibilidad lezamiana, pues como escritor va paladeando desde Taxco un sinnúmero de resonancias estéticas que le van saliendo al paso, que lo sobresaltan, que le circundan la percepción y le recuerdan que debe mantener atentos sus ojos de lince para ir de “sorpresa en sorpresa”, y así documentarlo todo y no perderse ninguna “delicia tras delicia”. Lezama encuentra un territorio excelso, entrañable, único, imantado de inscripciones y rasgos significantes. El viajero sacia su apetito cognoscente, su curiosidad intrínseca; la mirada y la experiencia se nutren del paisaje vivo, de la historia de un territorio que no es indiferente a la presencia de un poeta que va saludando cada espacio en donde confluye lo inmutable del ayer con las intermitencias del presente, en un acto litúrgico de proximidad con lo sagrado.
La arquitectura mexicana en el barroco lezamiano
México representa para Lezama la seducción de un territorio cultural múltiple, diverso, rico en elementos artísticos y simbólicos: la cueva de Alí Babá donde resplandecen todos los tesoros. Una realidad sugestiva que lo ata al encuentro de una celebración continental; la universalidad de lo propio en el umbral de un direccionamiento expresivo. El escritor cubano encuentra en Puebla la articulación de lo esencial barroco, el dinamismo arquitectónico en el que se trasluce el mayor y más logrado ejemplo del estilo novohispano: “La imagen de Lezama se reconoce en Puebla”.
En enero de 1957, en el Centro de Altos Estudios del Instituto Nacional de La Habana, Lezama pronunció cinco conferencias que luego agrupó en un libro que lleva por título La expresión americana. Allí se refiere a todo lo que ha sido alcanzado en términos de autonomía americana, en el que se efectúa una lectura analítica de nuestra imaginación cultural. Desfilan por las páginas Julián del Casal, el Popol Vuh, Góngora, Quevedo, Sor Juana Inés de la Cruz, los diarios de Colón, Fray Servando Teresa de Mier, Francisco de Miranda, Simón Rodríguez y José Martí, entre otros. Todos vienen a configurar una reflexión identitaria en el sentido de la expresión americana que es “la expresión literaria, poética, de América, pero es también la expresión de América misma, el descubrimiento y reconocimiento de una identidad autosuficiente —en la historia como en el arte— que se expresa y significa por sí sola”. La lectura que propone el autor cubano es analizar la forma en devenir, el ir siendo, el desarrollo cultural de un continente para llegar a establecer el sentido de su fisonomía histórica.
Lo significativo que sorprende de La expresión americana, más allá de sus múltiples alusiones mitológicas, históricas, literarias y filosóficas, es el acopio poético de la imagen barroca de la arquitectura mexicana: “Tal vez la manifestación artística, de todas las analizadas, que mayor dramatismo ofrecerá al conjugar tensa y plutónicamente elementos simbólicos-religiosos de tradiciones varias”. Para Lezama la Capilla del Rosario es una muestra insigne y genuina del barroco artizado con originalidad, mediado por una historia surcada de mestizaje, afianzada íntegramente en el territorio, que encierra una identidad e independencia sólida, y a la vez representa una de las formas más logradas de un estilo propio en nuestra América:
En la Basílica del Rosario, en Puebla, es donde puede sentirse muy a gusto ese señor barroco; todo el interior, tanto paredes como columnas es una chorretada de ornamentación sin tregua ni paréntesis espacial libre. Percibimos ahí también la existencia de una tensión, como si en medio de esa naturaleza que se regala, de esa absorción del bosque por la contenciosa piedra, de esa naturaleza que aparece revelarse y volver por sus fueros, el señor barroco quisiera poner un poco de orden pero sin rechazo, una imposible victoria donde todos los vencidos pudieran mantener las exigencias de su orgullo y de su despilfarro.
De igual modo, la catedral de Puebla es para el autor cubano otro testimonio preclaro de la consolidación ingente del barroco americano:
En la Catedral de Puebla la relación entre templo y plaza desaparece, para darle paso a un cuantioso racimo de ángeles que defienden la plaza celestial. En el grisáceo color de su piedra y en el seco cuadrado que lo constituye, precisamos que estamos aún en la resonancia del estilo herreriano. Como en la construcción de la Catedral de Colonia, las leyendas y los sueños, las visiones memorables, se han filtrado en la piedra para la edificación.
A partir de esto se entiende el hecho de que Lezama Lima haya viajado a México, de que haya dejado a un lado sus miedos, sus inhibiciones, las interjecciones y pausas de su asma, la agonía de viajar pensando en el rostro de su padre, la nostalgia de dejar (aunque sólo fuera por unos días) su querida y soleada isla, y se aventurara a visitar este país vecino. Se puede inferir que lo habitaba el entusiasmo al emprender dicha empresa. También la ensoñación de recorrer el territorio azteca. Al igual que la idea de encontrar representaciones artísticas que ampliarían sus percepciones del barroco, que enriquecieran sus conceptos literarios, su sensibilidad poética, su mirada telúrica, su apetito cognoscente, en relación con nuevas manifestaciones simbólicas. El autor brinda, a la vez, una imagen sugerente y reflexiva de lo mexicano; de ahí que acoja parte de su arquitectura como una señal notoria, desbordante, cargada de personalidad y vida propia, de lo que es la consolidación expresiva americana. Lezama, en este sentido, problematiza lo que somos, indaga sobre el presente, sobre la instancia histórica de nuestra incidencia en la actualidad. Va en busca de orígenes antiguos para encontrar orígenes nuevos.
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El presente texto pertenece al libro Trayecyos del fulgor, Libros y viajes en la circulación de saberes. Siglos XVI al XXI, coordinado por Ana M. D. Huerta Jaramillo y Lilián Illades Aguiar y editado por Fomento Editorial y el Instituto de Ciencias y Humanidades “Alfonso Vélez Pliego” de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Agradecemos a la Dirección de Fomento Editorial las facilidades para su publicación en este espacio. Omitimos las notas popr su extensión.









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