María Luisa Rodríguez Valencia
Cuando se estabilizó la Colonia una mixtura de costumbres prehispánicas y europeas entraron a formar parte del cotidiano novohispano. En lo religioso, pervivieron prácticas indígenas con cristianas, aunque para Héctor López Farjeat la reivindicación del pasado prehispánico constituyó un movimiento intelectual barroco iniciado desde el siglo XVII por los criollos cultos que lo mitificaron y convirtieron en su signo de identidad; el ejemplo excepcional del intelectual Alva Ixtlilxóchitl demuestra que los primeros en reconocerse diferentes son los mestizos. Ellos, además de admirar la naturaleza que les rodea, amar esa América que los alimenta y tener conciencia de su peculiaridad como los criollos sienten las culturas autóctonas en su sangre y en su ser.
La pequeña élite indígena aliada a los conquistadores, tlaxcaltecas, texcocanos, cholultecas escapó del exterminio, y junto con los misioneros, contribuyó al rescate de su herencia antigua (genealogías y anales históricos de los antiguos reyes), adaptada inevitablemente a una historiografía occidental. La feliz consecuencia es una literatura histórica mestiza. Su posición privilegiada los comprometió a conservar y preservar su memoria indígena.
Una serie de interpretaciones híbridas de personajes fundamentales para la historia de México, que descendían de noble linaje indígena y raza española, empieza a aparecer como necesidad de proteger el pasado de sus ancestros originarios utilizando los métodos aprendidos del conquistador. La nueva manera de narrar la historia antigua de México presentaba una diferencia con la oriunda y la hispánica, inmanente a sus autores mestizos Diego Muñoz Camargo, Juan Bautista Pomar y Fernando de Alva Ixtlilxóchitl. La cadena nacionalista la inicia este último, descendiente de un rey texcocano con una herencia prehispánica todavía viva con la que reconstruirá su pasado en una imperiosa necesidad de reencontrarse con sus orígenes. Mitifica al rey Netzahualcóyotl y lo nombra el “Salomón mexicano” en un obvio sincretismo. Es el único de los tres que pretende hacer compatible el mito antiguo de los soles con el cristianismo siguiendo la línea apenas esbozada de Motolinía y Las Casas, y que Diego Durán expresaría sin cortapisas: el apostolado cristiano de Quetzalcóatl mucho antes de la llegada de los españoles a estas tierras.
A lo largo de la Colonia se puede apreciar en los criollos el afán por justificar su estadía en tierras extrañas; claro ejemplo es la extraordinaria simbiosis religiosa del culto español y el culto indígena Guadalupe-Tonantzin que conforma el punto de unión de los habitantes de Nueva España: indios, criollos y mestizos en una misma creencia. Para Enrique Florescano, la religión fue el único punto posible de convergencia de diversidad étnica, económica, política y cultural en esta sociedad multicultural en la que se enlazan lo mismo mitos prehispánicos que necesidades nuevas o en gestación. El ámbito religioso resultó propicio para que el mestizaje mexicano resolviera problemáticas de orígenes raciales, idiosincrasia indígena, afianzamiento social, necesidades políticas, religiosas, etcétera.
El primero que erige a Guadalupe, según Florerscano, es Miguel Sánchez en su libro Imagen de la Virgen María Madre de Dios de Guadalupe (1648), impulsado por su amor a la patria: “movióme la patria, los míos, los compañeros, los de este Nuevo Mundo”.
En el último periodo del XVII, criollos reconocidos elogiaron las culturas oriundas de México como Juan de Torquemada, Agustín de Vetancurt y el genial Carlos de Sigüenza y Góngora siguiendo la línea histórica sincrética de los primeros frailes. La culminación se da con Francisco Javier Clavijero en el siglo XVIII, quien escribirá motivado por la nostalgia y amor a su patria la primera Historia antigua de México bajo una crítica social moderna.
A través de la mirada de tres escritores puntales en la historia de nuestro país, Fernando Alva Ixtlilxóchitl, Carlos de Sigüenza y Góngora y Francisco Javier Clavijero apreciaremos el surgimiento de una identidad étnica diferente de las dos culturas-madre; la fusión de ambas dará nacimiento a la mexicanidad. La conciencia de esta mixtura racial y cultural representa un incipiente patriotismo. Los intelectuales seleccionados se asumieron implícita o explícitamente como mexicanos y como hombres comprometidos con su patria, sustentando el latente nacionalismo de la menipea Relación verífica del Corpus de la ciudad de la Puebla, de factura anónima.
En la obra escrita en náhuatl del mestizo Alva Ixtlilxóchitl aparece el pensamiento ambivalente propio de su simbiosis cultural. Él emite la obligación de dar a conocer la historia de México tomando como referente la suya prehispánica: Texcoco. Apoya los presagios funestos de la mitología azteca y la fatídica caída de Tenochtitlan. Siente en carne propia la derrota y reprocha como portavoz del pueblo mexica la cobardía de su emperador: “los cuales le trataron mal de palabras llamándole de cobarde y enemigo de su patria”, según escribió Gloria Grajales en 1961. Reconocemos al intelectual moderno que siente como propias las dos culturas y asume su mestizaje al mostrarnos las vidas paralelas y representativas de la nueva nación: Moctezuma II y Hernán Cortés. Ambos quedaron entre dos historias: la de Moctezuma entre la indígena y la conquistada; la de Cortés entre el hombre medieval y el moderno. Gloria Grajales discierne sobre las dos ascendencias que dieron origen a nuestro México: la del emperador azteca Moctezuma II, venerado como un dios, alabado por miles, dueño de un poderoso ejército, rico, quien vivió las mayores satisfacciones que un hombre puede tener, y a la vez, las peores ignominias. Hernán Cortés, iniciador audaz y excelente estratega de esta genuina cruzada, ambicioso, sediento de poder y riqueza, cuyo mundo dejó de girar alrededor de un dios y se concentró en un hombre: él mismo.
Corroborando la afirmación de Adrian Hastings de que la religión juega un papel crucial en la construcción de las naciones y constituyó un elemento decisivo de unificación en un país pluricultural como México, presentamos a Fernando de Alva Ixtlilxóchitl con la firme creencia en apariciones de divinidades católicas como el apóstol Santiago o la virgen de Guadalupe. La obra de este pensador es el primer documento que muestra rasgos patrióticos, que pronto heredaría junto con sus preciosos documentos precortesianos el criollo Carlos de Sigüenza y reforzaría durante el siglo XVII.
La genial figura del segundo intelectual se presenta anacrónica a su tiempo; él es un pensador actual ceñido a su horizonte cultural estrecho. Educado bajo la cultura occidental, encuentra coherencia entre la religión y el imperio español al que admira; igualmente, se proclama amante y conservador de las culturas indígenas de su país. Notamos nuevamente esa conciencia de identidad diferente, mestiza. Su tema preferido: México, sobre el que escribe una y otra vez. Este sentimiento de amor a su patria lo encuentra Garcidueñas en “Primavera indiana”, “Glorias de Querétaro”, “Teatro de virtudes políticas”, y sobresale en la descripción del Arco Triunfal hecho en honor del virrey conde de Paredes donde deja ver la grandeza del México prehispánico; verdadera vindicación de un pueblo que siglo y medio antes había sido vencido y dominado por el régimen español.
No podemos olvidar el motivo guadalupano que sería exaltado también por el sabio criollo en su “Primavera indiana”: “gozando en cada flor crespas centellas,/ que el cielo todo en Guadalupe cabe” (Grajales, 1961). El culto mariano a través de Guadalupe como madre de los mexicanos estaba en su apogeo en esta época, propiciado por los jesuitas y los criollos. La imagen del escritor sigue vigente; fue emulada y consolidada por el historiador Francisco Javier Clavijero en el posterior siglo.
Criollo jesuita, apasionado de las culturas prehispánicas como lo fue Clavijero, es el legatario de la valiosa cadena de conservación y rescate de las culturas autóctonas de México. La tarea de este historiador ha servido como documento fidedigno que muestra y redime nuestra identidad híbrida. Él escribió motivado por el fervor nacionalista que afloró con más fuerza en el último cuarto del siglo XVIII:
“Una historia de México escrita por un mexicano que no busca protector que lo defienda, sino conductor que lo guíe y maestro que lo ilumine, debe sin duda consagrarse al cuerpo literario más respetable de ese Nuevo Mundo, como el más instruido en la historia mexicana, y más apto para decidir del mérito de la tal obra y corregir los defectos que ella tenga. […] Fácilmente reconocerán vuestros señores leyendo esta obra, que ella, más bien que historia, es un ensayo, una tentativa, un esfuerzo pero grande de un ciudadano que a pesar de sus calamidades se ha empleado en esto, para hacerse útil a su patria.”
Su preocupación también fue la preservación y continuidad del rescate de la historia antigua de su país. Apremia a las autoridades universitarias de su época a continuar esta difícil tarea, interrumpida después de la muerte de Sigüenza y Góngora por indolencia o falta de interés. Hay muchos restos que salvar todavía, menciona Clavijero, y otorga su aportación como mexicano obligado en su Historia antigua de México:
“Dígnese vuestros señores, entre tanto aceptar este mi trabajo como un testimonio de mi sincerísimo amor a la patria y de la suma veneración con que me protesto afectísimo compatriota. Bolonia 13 de junio de 1780. Francisco Javier Clavijero.”
Hemos querido poner de relieve la continuidad cronológica para reconocer la invaluable labor de estos intelectuales comprometidos con sus raíces. Sería casi titánica la reconstrucción y revalorización de nuestro pasado indígena que pervive junto al occidental hasta hoy sin su aportación. Fueron los voceros de muchos intelectuales que guardaron los mismos sentimientos por la madre tierra que los cobijó. Clavijero sintió más este afecto al ser arrancado de su lugar de origen por pertenecer a la orden religiosa que apoyó con su sincretismo universal y su poderosa influencia a crear una identidad propiamente mexicana, que unificara nuestra diversidad étnica y cultural. Para el siglo XVIII, los criollos habían asumido su mestizaje y poseían la firme idea de que su lugar natal era heredero de un pasado prehispánico riquísimo, ni indio ni criollo, solamente mexicano. Escribe Florescano: “La obra de Clavijero, con ser tan decisiva en la creación de una nueva dimensión de la conciencia histórica de los criollos, fue una de las varias que se publicaron entre 1750 y 1810 que cambiaron la concepción del pasado.”
Otras anónimas como la de nuestro satírico creador de la Relación verífica circularon clandestinamente durante años, reafirmando esa idea generalizada del pasado glorioso y la nación independiente de España.
Un factor destacadísimo para su recuperación lo encontramos en las fuentes consultadas por los tres escritores referidos. Fernando Alva Ixtlilxóchitl, mestizo de descendencia noble texcocana, recopila, salvaguarda y estudia el tesoro de sus ancestros. Su hijo Juan, amigo como se supone fue de Sigüenza y Góngora, hereda este importante legado al erudito criollo. Sigüenza lo estudia y preserva para entregarlo posteriormente al colegio jesuita de San Pedro y San Pablo en la ciudad de México, pidiendo especial cuidado para su conservación dada la importancia para nuestra historia. De allí absorbió con avidez y deleite Clavijero obteniendo como resultado su Historia antigua de México. Cabe destacar que los tres dominaban el náhuatl, lo que confirma lo vital de la lengua para la conformación de una nación.
La intención de contextualizar brevemente este nacionalismo embrionario tiene el cometido de fundamentar una parte de nuestra identidad: la indígena.
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Fragmento del libro El autor de la Relación verífica del Corpus de la ciudad de la Puebla y su propuesta de identidad nacional, que aparecerá publicado próximamente bajo el sello de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Agradecemos a la autora y a la Dra. Ana María Huerta Jaramillo, directora de Fomento Editorial de la BUAP, las facilidades para la reproducción de este texto, cuyo título fue modificado y su tema es pertinente con la conmemoración del 12 de octubre de 1492.










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