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El parricidio en el psicoanálisis y el cristianismo

· marzo 23, 2016

Antonio Bello Quiroz

 

El psicoanálisis y la religión han mantenido una relación complicada pero ineludible: en diversos momentos Freud analiza este vínculo; Jacques Lacan incluso llegó a sostener que “ahí donde la religión triunfa, el psicoanálisis fracasa”. Quizá un punto de contacto entre ambos discursos sea el parricidio.

El parricidio ocupa un lugar preponderante en la teoría psicoanalítica; este concepto se deriva de la importancia que Freud le dio al complejo de Edipo a lo largo de toda su obra. Se trata, en el Edipo, de uno de los fundamentos en la constitución psíquica de los sujetos. El psicoanalista Jacques Lacan en el Seminario XVII El reverso del psicoanálisis hace un reconocimiento del valor que tiene el Edipo en la formulación teórica del psicoanálisis y al mismo tiempo señala que es estrictamente hablando algo inservible, más allá de mostrarnos de la manera más clara y contundente las implicaciones del deseo de la madre en la configuración del deseo del niño. El deseo de la madre, dice Lacan, es algo ante lo cual no podemos ser simplemente indiferentes, en tanto que el deseo de la madre opera como un obstáculo para el deseo del niño. El deseo de la madre no es algo que pueda soportarse tal cual, siempre produce estragos. Lacan nos regala una imagen que nos ilustra sobre el deseo de la madre: “es estar dentro de la boca de un cocodrilo: no sabe qué mosca puede llegar a picarle de repente y va y cierra la boca. Eso es el deseo de la madre”.

Frente a esto Lacan destaca que contamos algo con lo cual protegernos ante la amenaza de ser devorados, existe algo como un palo de piedra que nos protege para que la boca del réptil-madre no se cierre: se trata del falo, el falo simbólico, el significante introducido por la Ley paterna que le pone un freno al deseo materno, nos remite a la diferencia sexual y nos permite insertarnos en la cultura.

Lacan, lo sabemos, realizará una lectura del mito de Sófocles, planteado por Freud como el momento de anudar el vínculo a la ley que vive cada sujeto, a partir de las ideas de Lévi-Strauss y sus leyes que regulan las relaciones de parentesco y el intercambio de los bienes en la cultura. Freud, según Lacan, retoma el mito de Edipo pero lo hace suyo para escribir ese “texto retorcido” que es Tótem y tabú. No se trata entonces del mito de Sófocles sino del “Mito de Freud”. Como sabemos, en el texto Tótem y tabú, que tiene como eje al parricidio, se “reconstruye” la mítica comida totémica donde los hermanos se unen para matar al padre de la horda primitiva, lo que tiene como consecuencia que los mismos hermanos se prohíban el acceso sexual a las mujeres.

¿Qué implica el parricidio? Ésta sería la cuestión que nos permite analizar el eje de la cultura toda lo mismo que la función que este crimen tiene en la constitución psíquica de cada sujeto. Éste es un aporte evidentemente psicoanalítico: colocar en el centro de la constitución de la cultura al parricidio. Si bien es cierto que el mito del padre de la horda primitiva y su asesinato podrían llevarnos a pensar en una sociedad que se libere de la ley, la realidad es que ocurre exactamente lo contrario: el crimen funda la ley.

Además, en Tótem y tabú Freud va a establecer una analogía entre el comportamiento mágico-religioso y la neurosis en varios puntos: “1º La falta de motivación de las prohibiciones; 2º Su imposición por una necesidad interna; 3º Su facultad de desplazamiento y contagio; 4º La causación de actos ceremoniales y prescripciones, emanados de la prohibiciones mismas.” Pero será hasta el análisis que hace de Leonardo da Vinci cuando establecerá el vínculo entre la religión y el complejo paterno. Escribe: “El psicoanálisis nos ha descubierto una íntima conexión entre el complejo del padre y la creencia en un Dios y nos ha mostrado que el Dios personal no es, psicológicamente, sino una superación del padre.” Y desde esta visión cristiana, la misión de Cristo es redimir, por su muerte, el pecado original, pero, si Cristo redime a los hombres sacrificando su propia vida, habremos de deducir que tal pecado era un asesinato, lo que no es sino simbólicamente, el asesinato del padre. Rito que se repite en cada ocasión en que se celebra la comunión cristiana y en particular en la representación de la última cena antes del asesinato de Cristo.

Durante la Semana Santa o Semana Mayor podemos ver esta propuesta realizada: se requiere de la muerte del hijo de Dios para poder fundar y sostener el cristianismo. Ese crimen, después de vivir la tortura llamada pasión de Cristo, posibilita que se dé lo que Colette Soler llama “la hazaña del cristianismo”. Ella escribe en La maldición del sexo: “haber hecho pasar al Otro vengativo por Otro del amor. Eso es el cristianismo, que el Otro que castiga a muerte —y peso las palabras, Dios castiga a muerte— se encarna en la figura de Cristo; pues bien, el cristianismo ha logrado hacer que ese Otro que castiga a muerte es otro de justicia y amor, vale decir, otro que tiene sus razones para castigar de ese modo”.

Para Lacan también la muerte del padre es la cuestión fundamental del psicoanálisis. Para él la ley no se opone al deseo, sino que es constitutiva de éste; de esta manera, no puede existir una sociedad sin ley.

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La figura del padre primordial asesinado retorna en la forma de un Dios omnipotente, misericordioso y, al mismo tiempo, castigador. Lo curioso en este caso es que Freud, como antes había sido Nietzsche, se presenta como acérrimo enemigo de la religión, sin embargo, termina por reconocer el carácter inevitable de la creencia religiosa, que fuera de los mandatos metafísicos se expresa en particular en las neurosis obsesivas.

Siendo de origen judío, resulta conocido el profundo rechazo que mostró Freud a toda creencia religiosa, en particular a que su teoría se confundiera con un discurso religioso. Así podemos ilustrar su posición a tres momentos: en Acciones obsesivas y prácticas religiosas, califica a la religión como una especie de “neurosis obsesiva universal”; en El porvenir de una ilusión, ve la expresión de un anhelo infantil de poseer un padre protector; y por último, en El malestar en la cultura, considera a la religión como un intento de protegerse del sufrimiento mediante una reorganización delirante de la realidad.

Aunque Lacan también se consideraba un pensador ateo, y compartía el escepticismo freudiano frente a la religión, dudaba de que la tradicional identificación entre psicoanálisis y ateísmo fuera tan clara. Y creía que el psicoanálisis no era inmune a lo religioso: Lacan sitúa tanto a la ciencia como a la religión dentro del discurso Universitario, es decir, aquella variante del vínculo social en la que se aspira a alcanzar el objeto de deseo mediante un saber que aparece como una totalidad organizada y trasparente, y que está garantizado por un amo incuestionable. De ahí la dificultad que encuentra Lacan para afirmar que el psicoanálisis es un ateísmo. El psicoanálisis es un ateísmo que, al mismo tiempo, afirma la inevitabilidad de la Ley: “Es cierto que el punto extremo del psicoanálisis es el ateísmo, a condición de dar a este término otro sentido que el de Dios ha muerto, del que todo indica que, lejos de poner en cuestión lo que está en juego, es decir la Ley, más bien la consolida.”

La forclusión del parricidio nos enfrenta a la ominosa sensación de quedar atrapados en un deseo materno desenfrenado, de ser devorados por ese “enorme cocodrilo”, es decir, quedar perdidos en el horror de la psicosis.

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