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El odio, ese motor desconocido de lo humano

· abril 14, 2017

 

Antonio Bello Quiroz

 

En las últimas semanas, por todos lados, vemos una floreciente exhibición del mal que nos constituye como sujetos y como civilización; el siempre endeble orden mundial se compromete seriamente en juego a partir de una serie de acciones u omisiones que se disfrazan desde “justas” luchas por la democracia hasta evidentes acciones bélicas e incluso de exterminio humano.

Acudimos a batallas de toda índole. En Latinoamérica, actualmente, tres países son escenario de batallas por el poder; responden a claras intentonas de imponer una hegemonía de derecha en todo el continente. La más clara la podemos ver en Ecuador: la derecha busca recuperar los privilegios que por décadas habían gozado en ese hermoso país. El movimiento denominado Socialismo del Siglo XXI (base de la Revolución Ciudadana) encabezado por Rafael Correa buscó modernizar al país, limitando los privilegios oligárquicos, para poder enderezar los esfuerzos en la recomposición del tejido social, el rescate de la cultura y las condiciones de producción, con importantes avances en infraestructura y una visión política completamente distinta a los ojos del mundo. Pero la derecha continental (e imperial) no puede permitir que estos avances progresistas impidan su desproporcionado enriquecimiento y vieron en las pasadas elecciones la oportunidad de hacerse nuevamente con el poder mediante la imposición de sus ideas de restauración conservadora. El triunfo, en una segunda vuelta, fue para Lenin Boltaire Moreno. Sin embargo, los resultados de las elecciones han sido impugnados por el derechista Guillermo Lasso, un banquero con un pasado de fraudes económicos que busca devolver el poder a la oligarquía poderosa cuya avaricia no tiene límite. Nadie puede prever los resultados.

Por otro lado, Venezuela, que desde la muerte del comandante Chávez se encuentra convulsionada, vive un golpe mediático que muestra al presidente Nicolás Maduro como un dictador. Más allá de las muy difíciles situaciones de violencia, desabasto e incluso hambruna que vive Venezuela, estas acusaciones de golpista, a decir del sociólogo portugués Boaventura de Sousa, recortan la realidad y, de acuerdo a intereses claramente imperialistas, no permiten reconocer que si hubo un golpe de Estado “éste existió antes, cuando el Legislativo rehusó cooperar con Maduro; entonces la historia nunca es contada desde un inicio, sino desde la parte que es necesaria para demostrar que Maduro es supuestamente un dictador”. Quizá no resultarían tan recurrentes e intensos estos intentos por desestabilizar a Venezuela si no tuviera las mayores reservas de crudo del mundo. No podemos prever los resultados.

En Paraguay, a partir de una sorpresiva aprobación de un proyecto de enmienda constitucional que permitiría la reelección presidencial en 2018, se desencadenó un incendio del edificio del Congreso por un centenar de manifestantes. De esta acción resultaron ya algunas personas muertas. El presidente Horacio Cartes, quien promueve esta enmienda, es un millonario derechista vinculado a la industria del tabaco. Tampoco podemos prever los resultados.

En el mundo acudimos a ataques terroristas en el metro de San Petersburgo con un saldo de 11 muertos y 45 heridos. Los principales sospechosos de este hecho terrorista son los islamistas de corte radical que operan en territorio ruso y se reconocen vinculados con el Estado Islámico.

El atentado siguiente se realiza en el Egipto, antes de que las órdenes de Trump pasaran de ser “ejecutivas” a ser destructivas, según escribe el economista Rolando Cordera. El energúmeno ordena el ataque a Siria, con argumentos tan sospechosos como los utilizados ya antes por Estados Unidos para justificar una incursión armada e incluso una invasión, como ocurrió en Panamá y más recientemente en Irak. Asistimos como espectadores a estas expresiones de odio y de violencia, y nadie puede prever el desenlace.

Este es el oscuro panorama del mundo, pero no es la especialidad de esta columna hacer análisis político, económico, geopolítico o de índole semejante. Lo que mueve esta escritura es la interrogación sobre la condición humana, interrogarse sobre los resortes que subyacen a acciones de este tipo.

Sin duda alguna, más allá de las modulaciones que se adquieran, estás acciones del humano, estas expresiones de la sociedad, tienen un núcleo de odio (un afán inocultable de explotación y de dominio, cuando no de exterminio, del otro) que no podemos desatender.

Freud en principio va a reconocer que lo que nos mueve anímicamente es la pulsión. Define en principio a la pulsión (Trieb) como “un concepto fronterizo entre lo anímico y lo somático, como un representante psíquico de los estímulos que provienen del interior del cuerpo y alcanzan el alma”. Más tarde, en el texto Pulsiones y destinos de pulsión formula que “El odio es con relación al objeto más antiguo que el amor”. La fuente de este odio es que el yo se construye siempre como un arrojo al mundo que se vive como hostil. Se siente la repulsión al objeto y lo odiamos a grado tal que este odio puede llevarnos a agredir al objeto con el propósito de aniquilarlo. El psicoanalista francés Jacques Lacan nos dice en el Seminario 7, La ética, que este odio “se constituye en el núcleo de mí mismo y más allá de mí”.

El odio entonces es el primer movimiento pulsional. En esto la visión del psicoanálisis será diferente epistémicamente a todas las posturas de lo que Lacan llama “psicología general”, para incluir todo lo que no es psicoanálisis. La pulsión es distinta al instinto, que tiene un sentido único de conservación de la especie; en este sentido, justamente por estar atravesados por el lenguaje, lo humano se mueve por otras fuerzas más allá de lo instintivo: eso es justamente lo pulsional. Si el instinto es de conservación, la pulsión no puede ser sino de destrucción, y es así por la sencilla razón de que la pulsión no da garantía de armonía natural entre el sujeto y objeto. Se trata, en fin, de pulsión de muerte tal y como nos lo enseña Freud desde 1920.

No podemos dejar de tener en cuenta que desde sus inicios el psicoanálisis ha considerado que la violencia se encuentra en el núcleo de la condición humana. Esto acompaña para siempre al sujeto, quizá sea por ello no deja de incitar a todo sujeto. Algo de atracción ha de tener el odio, la violencia entre los humanos que no dejamos de experimentarla. Sin embargo, para sostenernos como sociedad es necesario que algo del goce que la violencia produce sea sacrificado; ésa es la función de la cultura, la puesta en marcha de Eros (pulsión de vida) que hace lazo social para poder contener, unir lo que de suyo está suelto.

La cultura tiene esa función, restringir el goce, pero nunca puede cumplir con este cometido de manera total. ¿Qué pasa con ese resto de pulsión de muerte que no se puede ligar por el Eros? Freud nos da la respuesta en ese fundamental ensayo de 1930 que se llama El malestar en la cultura: “He aquí, a mi entender, la cuestión decisiva para el destino de la especie humana: si su desarrollo cultural logrará, y en caso afirmativo en qué medida, dominar la perturbación de la convivencia que proviene de la humana pulsión de agresión y de autoaniquilamiento […]. Y ahora cabe esperar que el otro de los dos ‘poderes celestiales’, el Eros eterno, haga un esfuerzo para afianzarse en la lucha contra su enemigo igualmente inmortal. ¿Pero quién puede prever el desenlace?”

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