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03 Un observador_
Narrativa 0

El observador

· enero 25, 2017

 

Daniel J. León Islas

 

Aquella noche redactaba el final de mi cuento “Silencios que matan”. Estaba tan concentrado que no escuché el celular ni el timbre de mi apartamento. Reaccioné cuando golpearon la puerta y gritaron:

—¡Señor, señor! ¿Está usted ahí?

Salí de mí abstracción. Era el portero del edificio.

—Su esposa me pidió que subiera a Daisy.

Metí a mi perrita y fui a la cocina a prepararme un café. Encima del microondas vi el anillo de boda, las llaves y un sobre. Extrañado, leí la nota:

“No puedo seguir esperando a que te dignes a mirarme, a que te des cuenta de que existo, a suplicarte que me hagas el amor. Siempre metido en tus proyectos literarios. Hiciste de nuestras vidas años de ausencia. Jamás supiste escucharme. Así eres y sé que no vas a cambiar. Por eso me voy.”

Sobresaltado entré a la recámara y abrí el clóset: estaba vacío. Incrédulo, bajé las escaleras. Su auto no estaba en el estacionamiento… Adriana se había ido después de vivir juntos dieciséis años. Las últimas palabras que me dijo fueron: “Me voy con Elsa al teatro, a ver Indiferencia y soledad, que tanto he esperado. Tú nunca tienes tiempo para acompañarme.”

Angustiado le marqué a su celular, sólo para escuchar la maldita voz de la contestadora. Hablé a su trabajo, a casa de sus padres, a sus mejores amigas… Nadie parecía saber nada. Era como si la tierra se la hubiera tragado.

 

Desde que me dejó he pasado noches interminables de insomnio, malhumorado, depresivo y presionado por mi editor, que me exige terminar ese último cuento. Me siento culpable por no haber compartido más tiempo con ella. Si tan sólo hubiera estado en los momentos que me necesitó… pero el “hubiera” no existe.

He acudido a terapia. La psicóloga recomienda que salga, que me distraiga, que le dé otro significado a mi vida. Y ahora, para relajarme, acudo todas las tardes a la cafetería. Pido lo de siempre, un café exprés, con la esperanza de encontrar un nuevo rumbo a mi existencia. Observo a las personas entrar y salir, transitar por la calle, esperar el transporte público, abrazarse y reír.

El fuerte aroma del café que me sirven me vuelve a la realidad. Tomo un sorbo, empiezo a escribir en mi laptop unas líneas sobre “Encuentros y desencuentros de la vida”. Dejo de teclear… Pienso en Adriana, y me pregunto dónde estará, qué será de su vida.

Tuvo razón al abandonarme. Quizá suene a disculpa, pero la amé a mi manera. ¡Cuánto daría por que volviera! Siempre fui un egoísta.

Veo pasar los vehículos que transitan por la avenida. De pronto escucho un rechinido de llantas, seguido de un fuerte estruendo: un accidente.

A través del ventanal observo a una mujer bajar consternada de su Mini Cooper. Se da cuenta de los daños, toma su teléfono, hace una llamada, y luego se recarga en el auto a esperar. Por su figura, me parece que es Adriana.

Impresionado, salgo con rapidez, atravieso la calle y al aproximarme observo que el impacto ha sido brutal: los dos vehículos han quedado casi destrozados; el sujeto del otro auto comenta muy espantado que no sabe lo que pasó. Me acerco, quedo anonadado. No es Adriana pero el parecido es increíble. Le pregunto:

—¿Estás bien? ¿Necesitas ayuda?

Ella contesta con la voz entrecortada:

—No, gracias. Ya vienen el ajustador y la ambulancia.

Se queda callada. Al parecer está más afectada de lo que se ve. Un hilo de sangre escurre por su rostro. Me acerco y lo limpio con mi pañuelo. Me miro en esos ojos de oscuridad profunda que me atrapan, que contrastan con su tez blanca y su cabello castaño. Se suelta a llorar; me abraza. Me desconcierta, pero le correspondo. Permanecemos así por un instante que me parece una eternidad.

Las luces de una torreta hacen que se aparte. Se aleja, intenta explicar a los agentes lo que pasó. Sigue conmocionada. Arriban los paramédicos, la revisan y le colocan un collarín. Los ajustadores toman las declaraciones de accidentes respectivas. Llegan las grúas, suben los vehículos.

Sigo observando. Se desmaya.

Los paramédicos la ponen en la camilla, le toman los signos vitales, le colocan oxígeno, la suben a la ambulancia, y ésta se aleja…

Estoy sorprendido, me viene a la mente la teoría de que todos tenemos un doble. Veo que su ajustador ha dejado los reportes del accidente sobre el cofre de su vehículo. Me acerco disimuladamente y leo el nombre: Paulina Antares, enviada al Centro Médico Metropolitano.

Regreso a la cafetería, pago la cuenta, abordo mi auto y me dirijo al hospital. En el trayecto, me digo: “¡Qué locura! En lugar de terminar mi cuento, voy a ver a una mujer que se parece a mí exesposa.” Mientras sigo conduciendo, la silueta de esta mujer herida evoca en mi mente el recuerdo de Adriana cuando estuvo hospitalizada. Aunque me habló al mediodía para que fuera de inmediato, llegué a la medianoche para enterarme de que le habían practicado un legrado; la verdad se me olvidó la llamada por estar inmerso en la presentación de mi último libro.

Me estaciono. Entro y recorro nervioso el pasillo central rumbo a urgencias. Pregunto por Paulina Antares.

—¿Es usted su familiar?

—No, sólo un amigo.

El ejecutivo de admisión checa el reporte de internados.

—La llevaron al área roja, pasando esa puerta. La están examinando los médicos de guardia.

—¿Qué es el área roja?

—Ahí atienden a las personas que llegan en estado crítico. Por favor, pase a la sala de espera. Luego le avisaremos sobre su estado.

Me siento a esperar. Transcurren más de veinte minutos sin noticias. Fastidiado, decido buscarla.

Abro la puerta. Nadie me ve. Avanzo por el pasillo, hurgando de puerta en puerta, y por fin la encuentro.

Entro, la veo con la mascarilla de oxígeno conectada al rostro. El suero permea, gota a gota, su brazo izquierdo.

La contemplo, pero algo no está bien, todo es silencio. Su abdomen no se mueve. Tomo su mano y un escalofrío recorre todo mi cuerpo. Salgo a pedir ayuda.

Entran la doctora y una enfermera, le toman el pulso: no responde; traen el desfibrilador: le aplican descarga eléctrica; no reacciona: vuelven a hacerlo. No pasa nada.

—Es un paro cardiorrespiratorio, no hay nada que hacer.

La doctora le cubre la cara con una sábana blanca y le dice a la enfermera:

—Tengo que avisar a los familiares.

Me mira y me pregunta:

—¿Es usted su familiar?

Tristemente contesto:

—No, tan sólo soy un observador.

——

Este cuento apareció recientemente en el libro Cuentos de la 5 Oriente – Nuevos cuentistas poblanos, El Billar de Lucrecia, Puebla, 2016.

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