Antonio Bello Quiroz
Las últimas noticias en Puebla nos hacen saber de la presencia cada vez más frecuente de niños trabajando para el crimen organizado, ahora en esa actividad que cobró auge en el sexenio pasado con Rafael Moreno Valle. El oficio predilecto, aunque no el único, de los niños en estos grupos es el de halcón, es decir, vigilante que “echa aguas” sobre la presencia de la policía o fuerzas de seguridad. Resulta evidente que estos niños se encuentran fuera de la escuela y que en este oficio ganan más que en cualquier otro. Estamos ante el fenómeno de la niñez abandonada, dejada al “cuidado” de terceros. No es un fenómeno nuevo, más bien se trata de un retroceso al lugar que tenía la niñez en el antiguo régimen, es decir, de la Edad Media al siglo XVIII. Ese punto donde se hace uso y abuso del niño.
Según el historiador francés Philippe Ariès, en el siglo XVII el arte medieval no trataba de representarse a la infancia; en este momento de la historia no había lugar y espacio para la infancia, el niño es representado como un adulto en miniatura. Y no sólo ocurre así en el arte y la iconografía, sino que en el terreno de la vida cotidiana medieval la infancia era una época de transición que pasaba rápidamente y de la que no quedaba el más mínimo recuerdo.
Paulatinamente el niño va haciendo su aparición en la escena pública, pero hasta el siglo XIX no es visto sino como comparsa de los adultos, ya sea en escenas de trabajo, juego o vida cotidiana. Hasta finales del siglo XIX los niños no son sino protagonistas secundarios. Lo que se destacaba de la infancia era su aspecto gracioso o pintoresco.
Las razones que se esgrimen para el histórico olvido de la infancia son muchas y variadas. En principio, la infancia no era sino un pasaje sin importancia y, por tanto, no habría por qué darle un lugar en la memoria colectiva; además, nadie pensaba que el infante que moría tan pronto fuera digno de recordarse. La idea que sostenía esto es que las muy altas tasas de mortalidad llevaban a procrear muchos hijos para conservar sólo algunos. Las parturientas solían escuchar de las comadronas y parteras la siguiente sentencia: “antes que puedan causarte muchos sufrimientos, habrás perdido la mitad si no todos”.
Esta tasa de mortalidad elevada impedía que los adultos se apegaran en demasía a lo que se consideraba virtualmente como un desecho. Escuchemos a pensadores de la talla de Montaigne diciendo: “He perdido dos o tres hijos que se criaban fuera, no sin dolor, pero sin enfado.” Él mismo decía de la infancia que no se debería “reconocerles ni movimiento en el alma, ni forma reconocible en el cuerpo”.
Esta indiferencia, por más que afecte a la sensibilidad de nuestra época, obedecía directa y fríamente a la demografía y condiciones higiénicas y de salud del mundo real hasta el siglo XIX. Tal era la indiferencia sobre la infancia que durante siglos, incluso dentro del cristianismo, a los niños no bautizados se les enterraba de la misma manera en que hoy se entierra a un gato o perro doméstico. El niño era tan poco cosa que no se temía que después de su muerte pudiera volver para importunar a los vivos.
Paradójicamente, es a partir del surgimiento del retrato del niño muerto durante el siglo XVI que el niño empieza a tener un lugar en lo social. Los niños salen del anonimato en el que se les había mantenido dada su fragilidad de sobrevivencia. Philippe Ariès escribe en El niño en el antiguo régimen: “Es extraordinario, en efecto, el que en una época de despilfarro demográfico se haya sentido el deseo de fijar, para conservar su recuerdo, los rasgos de un niño que sobrevivirá a los de un niño muerto.” Para el extraordinario historiador, el retrato del niño muerto, en particular, prueba ya se considera a este niño como una pérdida inevitable.
Otra representación del niño que resultaba desconocida en la Edad Media es la figura del putto, es decir, el niño desnudo. También se usa el nombre de marmosetes para referirse a las imágenes de niños desnudos. Su aparición ocurre a finales del siglo XIV y bien puede ser considerado en él al Eros helenista. El tema del putto causó furor en el Renacimiento. Se cuenta que el conde du Berry poseía un “cuarto de los niños”, una sala decorada con tapices de niños desnudos. Sería un antecedente de pornografía infantil. Durante los siglos XV y XVI estos decorados con puttis se podían apreciar ya sin ningún recato y por todos lados. Así podemos apreciarlo en Tiziano y su Ofrenda a Venus de 1518-19 con esa imagen de Venus rodeada de niños-ángeles desnudos.
En la pintura e iconografía incluso la desnudez del putto se extiende incluso al Niño Jesús, aunque con frecuencia se le cubre la zona genital con velos. Así entonces, no se puede representar a la niñez sin evocar la desnudez. Esta representación del niño desnudo se volvió un convencionalismo que ha perdurado por mucho tiempo; incluso ya muy entrado el siglo XX se mantenía la costumbre de fotografiar al niño sin ropajes o semidesnudo para conservar evidencia en el álbum familiar.
El interés real por el niño sólo ocurre en el siglo XVIII; aun cuando no se reconocen sus derechos, son llamativos los nombres nuevos que se les dan bambin (nene), pitchoun (chaval), fanfan (chiquillo). El lenguaje de los niños se imitaba, especialmente por las nodrizas.
A lo largo de la historia dos figuras han sido relevantes en el cuidado y educación de la niñez: las nodrizas y las institutrices. Ambas hacen el trabajo que correspondería a los padres y a la escuela. Las referencias al sistema de amas de crías o nodrizas es antiquísimo. Ya hay referencias en el Código de Hammurabi y Jeremías, en la Biblia, se lamenta que las mujeres de la época sean peor que chacales por no amamantar a sus hijos. En la Grecia clásica, las nodrizas eran preferidas a las madres para amamantar y cuidar a sus hijos. Ambroise Paré, el médico francés destaca el valor de las nodrizas para procurar una buena crianza debido a la poca disposición de la madre para hacerlo.
En este sentido, ante la poca o nula importancia que tiene la niñez (ya sea por exceso o por escasez de recursos) por parte de la sociedad y el sistema político, el crimen organizado opera como nodriza, amamanta y procura a los niños. Además los educa por imitación al estilo de la “formación” que como adultos tenían los niños en el antiguo régimen. El crimen organizado hace lo que la sociedad se niega a hacer: darle un lugar a la niñez. Al hacerlo, sin duda se hace uso y abuso del niño.








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