Rainer Maria Rilke
“Fallecida” decía con letras indiferentes, brutales, luminosas y húmedas en el grueso registro del hospital. En la misma línea podía leerse: segunda planta, habitación 12, número 78. Horvát, Elisabeth, hija de guardabosque, edad, nueve años.
***
El atardecer temprano de febrero se asomó, cansado y huraño, a la habitación 12, con ojos de penitente enrojecidos por el llanto. Las paredes grisáceas de la habitación parecían diluirse en la penumbra del mismo color y la cruz de madera negra flotaba en el aire. Las camas de hierro sólo eran visibles como contornos borrosos. La atmósfera crepuscular gravitaba como un encantamiento sobre los niños que compartían de dos en dos cada lecho. En algún rincón oscuro lloraba en voz baja una niña desconsolada, otra hablaba con voz suave y cuidadosa como si estuviese junto a la cama de su madre enferma, y una niña pequeña cerca de la ventana estaba sentada en la almohada con los brazos alrededor de las rodillas. Su perfil y el hombro redondeado se destacaban nítidamente sobre la ventana de color gris pálido. Y el aire saturado de fenol era tan denso que parecía que las tímidas palabras de la niña que estaba hablando rebotaban en él y sólo el llanto oculto que venía del rincón oscuro se clavaba con tonos agudos en la penumbra. Así es en el bosque en los atardeceres nebulosos de principios de otoño: las voces del arroyo y de la hierba se pierden en el mar de las brumas y sólo el quejido de las cimas de los árboles atormentados por el viento vibra a través del bosque solitario.
Entonces entró la monja en la habitación con pasos cariñosos. Encendió la llama de gas que, escondida detrás de una pantalla verde, estaba colocada en la pared divisoria de la habitación. La luz blanquecina como la luna fluía suavemente a través del espacio como una ola que se abate sobre la arena lisa, e iluminaba por igual las cinco camas de hierro. La monja corrió un poco la cortina: sin trabas irrumpió con violencia despiadada la luz roja y estridente. Una de las pizarras negras estaba ahora totalmente iluminada; tenía el número 78. Debajo, la cama estaba deshecha y vacía. La monja se acercó, retiró las sábanas y alisó los colchones.
Todas las niñas habían enmudecido. Seguían cada movimiento de la monja con miradas deslumbradas, cegadas por la luz. Hasta la pequeña del rincón había dejado de llorar. Estaba sentada, con la cabeza apretada entre ambos puñitos, y debajo del vendaje blanco que cubría su frente ardían sus ojos, grandes como una sola pregunta oscura.
La monja echó a su regazo la muñeca que había encontrado en el lecho abandonado. La niña sólo se estremeció levemente y no tocó el juguete. Como si mirase una llama violenta y destructora refulgió en sus ojos febriles un destello inquieto y tembloroso. Y con un temor indefinido, la niña que compartía la cama con ella se escondió debajo de la manta.
Entonces la niña que estaba junto a la ventana se volvió y su voz sonó como una canción de domingo:
—¿Es Betty un ángel ahora?
La monja asintió con la cabeza y sonrió, y extendió con sus manos blancas la colcha azul clara sobre la cama vacía.
***
La muerte es un cambio de número. La pequeña Elisabeth yacía ahora en la cámara cuyos muros había visto a menudo desde la ventana. Se había vuelto más pequeña y con sus piececitos congelados necesitaba poco sitio en la sencilla cama de madera sobre la que ya habían colocado un número nuevo. El número del hoyo que había afuera. Ya estaba preparado pero no bostezaba negro como las fauces de un monstruo. La noche incipiente empezaba a tejer dentro una sábana blanca y cintilante de nieve y el lugar tenía un aspecto bonito y tentador como la camita de los niños ricos. Y la pequeña Betty yacía tan tranquila y confiada en la silenciosa cámara como si lo supiese. Las manitas blancas como la cera sostenían, como si estuviesen jugando, una pequeña cruz de madera, el pelo brillaba como la aureola de un santo desde la nube de encajes de la almohada mortuoria y alrededor de los pálidos y delgados labios florecía una sonrisa melancólica; así rodea una corona de siemprevivas la página amarillenta de un devocionario.
¿Sonreía porque ya había visto a su querida madre que la esperaba desde hacía cuatro años al lado de Dios? ¿Había volado ya la pequeña alma con sus alas de mariposa nuevas y blancas a través de las nieblas grises y entre estrellas sonrientes, a la mansión eterna? ¿Revoloteaba ya sobre la inmensa vía láctea donde hay tantos ángeles afanosos soplando continuamente estrellas nuevas como las pompas de jabón que hacen los niños en la tierra? ¿Estaba quizá cerca de Dios, que debía tener una gran barba plateada y una gran corona reluciente?
Allí pueden ir las almas puras ¿no?
Y las cicatrices no calan hasta el alma ¿verdad?
Sólo trepan por encima del cuerpecito muerto como orugas venenosas, rojas. Y cuando Dios ordene que la pequeña Elisabeth se presente, ataviada con ese cuerpecito, ante Él, ya se habrán curado sin duda las heridas que tiene encima, y ni siquiera en el cielo donde hay muchísima luz se verá una sola raya roja.
Y eso está bien; pues Dios y la querida madre no deben saber que la madrastra ha pegado a la pequeña Betty hasta hacerle sangre. Y que ellos no lo averigüen nunca, es lo que debe de estar rogando la pequeña con sus manitas pálidas cruzadas y sus labios muertos y callados en la oscura cámara mortuoria.
Bendito día de Nochebuena en que los pequeños con piernecitas saltarinas de impaciencia y ojos brillantes escuchan junto a la puerta cerrada detrás de la que se preparan maravillas relucientes y perfumadas, en que con gesto importante observan a la madre que asa el pescado de fiesta para la cena y, con viejas canciones en los frescos labios, corren brincando a donde está la abuelita que sueña sentada en el alto sillón de orejas junto al fuego parlanchín, y le besan las manos dulces y arrugadas. Y entonces llega a casa el padre con perlas de nieve en la barba y trae un buen trozo de invierno y habla del Niño Jesús con el que se ha encontrado en caminos cubiertos de nieve, y cuenta que tiene el cabello como el oro puro y las manos llenas de cosas preciosas. Y afuera ruge la tormenta y la campanilla de un trineo suena en alguna parte, y todo es tan misterioso y tan grande y tan solemne que ya no se puede olvidar jamás… en toda la vida.
Y la pequeña Elisabeth tampoco había olvidado que las cosas eran así cuando todavía vivía su madre y la mujer de la cara roja no estaba sentada aún con ellos alrededor de la mesa. Y ella se acurrucaba junto al hogar donde ardía un fuego arisco e inhóspito.
De repente sintió una gran añoranza por su madre. Y cuando la mujer gorda la echó a golpes de la cocina, Elisabeth se refugió como un perro maltratado en el último rincón del desván y lloró allí en voz baja. Y era como si todo lo pesado y oscuro que había en ella se diluyese en aquellas lágrimas silenciosas. Sólo sabía por fin que hoy era otra vez Nochebuena y que todos los niños buenos tenían que estar alegres porque el Niño Jesús estaba recorriendo el mundo.
El padre la encontró allí, le acarició el pelo con dedos temblorosos y le regaló algunos kreuzer: toda una fortuna para la niña. Y Betty se levantó de un salto y con ojos risueños y claros rodeó con los brazos el cuello del padre.
Eso fue como una despedida.
Dos horas más tarde caminaba la pequeña por las callejuelas del pueblo con los kreuzer del padre en el puño. El día de Nochebuena era blanco y sereno, y la nieve granulosa adornaba como una piel de armiño los delgados zapatos de la niña. La pequeña corría hacia el bosque. Cerca de las últimas casas se encontró con una compañera de juego. Ésta le cerró el paso y dijo con aire de superioridad:
—¿Te crees que el Niño Jesús también va ir a tu casa?
Betty abrió sus grandes ojos azules y contestó con la más profunda convicción:
—El Niño Jesús va a las casas de todos los niños buenos.
Y las campanas de mediodía sonaron grandes y serias en aquella Nochebuena roja de escarcha como si dijeran “amén”.
***
En la última tienda Elisabeth compró con sus kreuzer algunas velitas, una larga cadena de oropel de colores, cerillas y un enorme corazón de pan de especias. Cargada con esos tesoros siguió corriendo al bosque donde sólo se cruzó con algunas personas que buscaban ramas secas al lado del camino y parecían malhumoradas y ateridas, y no se fijaron en la niña.
Hay un lugar en el bosque, donde el atardecer, que esconde su oro, temeroso como un avaro detrás de la próxima montaña, permanece vacilante como si no pudiese separarse de la hermosa tierra. Allí crecen flores de largos tallos que balancean su esplendor al viento que expira, como los niños que agitan sus pañuelos diciendo adiós al padre que parte. Así es en verano. Pero también en mitad del invierno, cuando el atardecer prematuramente cansado arrastra sus plantas rojas por la nieve centelleante, descansa allí y besa con su último ardor incandescente a la antigua Virgen del camino que habita sobre una columna de piedra desgastada y la Virgen le sonríe en su solitaria melancolía.
Ése era el lugar preferido de la pequeña Elisabeth. Allí se había refugiado a menudo con golpes que le quemaban la espalda y había contado a la reina de los cielos olvidada sus penas como a una madre. Y a menudo le había parecido que la figura de piedra tenía los rasgos de la difunta madrecita. Y ahora le gustaba aún más aquel lugar. Mientras hubiera flores no pasaba un día sin que la niña cubriese el clavo oxidado del pedestal con un ornamento fresco y, ciertamente, si cada altar del país encontrase un solo devoto así, Dios tendría que acercarse más a este mundo.
La pequeña también recorrió aquel día de Nochebuena el camino acostumbrado llevando consigo las chucherías que había comprado. Un plan secreto hacía brillar sus ojos y correr sus pies. Dirigió a la Virgen de piedra una mirada entre pícara y respetuosa que decía: ¿Verdad que soy buena? Hoy no me esperabas.
Luego se puso manos a la obra sin titubear.
Más allá del sendero junto al que se alzaba la columna devocionaria empezaba un bosque de abetos jóvenes. La niña eligió uno de los primeros árboles cuya punta alcanzaba justo con el brazo extendido y colocó la cadena de papel multicolor alrededor de las ramas horizontales sobre las que ya brillaba como un chispeante adorno de diamantes la nieve firme. Luego fijó las velitas con unas gotas de cera a los extremos de las ramas y con la primera estrella de la noche sagrada se encendieron las velas sobre el solitario árbol de Navidad.
Aquello era una auténtica maravilla. Alrededor de las llamas rojas de las velitas se deshacía la nieve brillando y chisporroteando que daba gusto. La pequeña Elisabeth pronunció primero una pequeña plegaria ante la Virgen y exclamó señalando el radiante arbolito: “¿Te alegra?” Luego mordió muy resuelta el corazón de pan de especias y se quedó con los carrillos llenos tan cerca del árbol de Navidad que su brillo refulgía en sus ojos puros.
Todo el inmenso bosque parecía celebrar con ella la fiesta de la Navidad. Los enormes abetos negros formaban corro como orantes devotos y miraban asombrados al arbolito que poco antes había sido tan insignificante, como las personas que contemplan a un niño prodigio. Hasta las lejanas estrellas parecían agolparse sobre el lugar para no perderse el espectáculo y poder contar a Dios y a los ángeles, y a la buena madre de la pequeña, lo buena que era Elisabeth.
Por los oscuros senderos del bosque se acercaron grandes pájaros negros saltando curiosos. Ellos también deben de tener hambre, pensó la niña; Betty no tenía miedo y compartió el enorme corazón de pastel con los ávidos invitados. Se sentía tan contenta y feliz que se habría puesto a cantar si hubiese sabido una canción digna y bonita.
Las velas ya estaban casi consumidas y entonces la pequeña se sentó a los pies de la imagen con ojos felices y manitas moradas de frío. Pero ella no sentía el frío. Reinaba un silencio tan maravilloso a su alrededor…, y cuando cerró los ojos se vio sentada en el regazo de su querida madre en una habitación caliente y acogedora. El reloj hacía “tictac” con un compás lento y solemne, y el viento se arremolinaba en la chimenea crepitante. La madre acarició su cabeza con mano suave y cariñosa, y la besó con labios rojos y tiernos en la frente. Y era hermosa, la madre, tan hermosa como el hada del cuento de Andersen y llevaba una corona extraña en su pelo espeso y ondulado.
Y mirada… hacía tanto bien…
Así fue como la pobre pequeña Elisabeth tuvo una Nochebuena más bella que los niños ricos satisfechos en las habitaciones relucientes.
Ella era muy feliz. Y aquella felicidad iluminaba el pequeño rostro mientras dormía a los pies de la columna de la Virgen. Las manitas estaban cruzadas con fuerza y de la imagen de piedra descendió una sombra negra sobre la sonriente niña como si la Madre Celestial hubiese extendido un velo protector.
El arbolito resplandeció una vez más intensamente antes de apagarse poco a poco y entonces empezó a nevar despacio y con solemnidad como si todas las estrellas descendieran suavemente sobre la tierra.
***
Aquella Nochebuena dos niños huérfanos fueron ya tarde desde la ciudad al pueblo a través del bosque.
—Hemos visto al Niño Jesús… en medio del bosque. Estaba tumbado junto a un arbolito maravilloso y descansaba. Era precioso el Niño Jesús… tan precioso.









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