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El mito del no muerto: Drácula, Frankenstein

· octubre 19, 2016

 

Antonio Bello Quiroz

 

En 1919 Freud escribe un texto extraordinario llamado Lo ominoso, ese afecto que se presenta cuando algo de lo familiar deviene en extraño, y ahí se refiere a la novela de E. T. A. Hoffmann Los elixires del diablo, donde destaca diversos motivos de efecto ominoso, o siniestro, como la presencia de “dobles”, es decir, una personalidad que, por identificación, es coposeedora del saber, del sentir y del vivenciar de otra persona. Freud nos indica que es Otto Rank quien estudia a fondo la cuestión del doble, refiriéndose a la propia imagen vista en el espejo y con la sombra, aunque señala como probable que el poder del doble sea una “energética desmentida del poder de la muerte”, esto es, que el “alma inmortal” fuera el primer doble del cuerpo.

Estas representaciones como el doble o “la sombra” nacen del primitivo amor a sí mismo o narcisismo primario, con la superación de esta fase cambia el signo del doble: de un seguro de supervivencia (“el alma inmortal”) pasa a ser el mensajero de la muerte. Escribe Freud: “El doble ha devenido una figura terrorífica del mismo modo como los dioses, tras la ruina de la religión, se convierten en demonios”.

El anhelo de inmortalidad, que corresponde a ese momento infantil del narcisismo primario, donde se crea la figura del doble (alter ego) como garantía de supervivencia, deviene en creación terrorífica, mensajero de la muerte, tal es el caso de la creación del doctor Víctor Frankenstein.

I

El mito de Frankenstein fue creado en 1818 por una jovencita, Mary Shelley, quien responde al reto que Lord Byron le hace durante una reunión con amigos durante una fría noche en pleno romanticismo. En su novela, Frankenstein o el moderno Prometeo (que ha sido considerada como la primera novela de ciencia ficción), Mary Shelley narra la historia de Víctor Frankenstein, un estudiante de medicina que se encuentra obsesionado por los secretos del cielo y la tierra. Se muestra absorto en una febril interrogación por “la misteriosa alma del hombre”. El joven estudiante dedica su tiempo a la creación de un cuerpo a partir de retazos de cadáveres que recoge en el cementerio (no lo hace al azar, escoge los restos de los muertos “bien nacidos” y con ello deja ver las ideas eugenistas que le preceden, y sostienen un ideal cientificista hasta nuestros días), después, con una chispa eléctrica (analogía de la “chispa divina”) infunde vida a su criatura. Durante la novela esta criatura es llamada “ser demoniaco”, “horrendo huésped” o “la criatura”.

Lo ominoso aparece cuando el joven estudiante siente horror ante el ser que ha creado, al que le ha dedicado tantas horas de trabajo y estudio, es decir, lo que le es más familiar. Huye de su laboratorio aterrado y, al regresar, el monstruo ha desaparecido. Se siente aliviado. Sin embargo, el monstruo al salir de laboratorio experimenta el horror y rechazo en los humanos y aparece en él el odio y el deseo de venganza. Más tarde Víctor Frankenstein se entera de la muerte de su pequeño hermano William y que detrás de su muerte se encuentra su criatura. Después de perseguir y dialogar con su creación, el monstruo le dice que para calmar su sed de venganza le tendrá que crear una compañera. Sólo el amor calmaría su sed de muerte.

Quisiera destacar aquí dos hechos ya señalados, que se encuentran en concordancia con la idea del doble y lo ominoso: uno, el espíritu eugenista que motiva la creación de la criatura y que deja ver estos afanes de “mejorar la raza” de la autora (o los autores, porque se dice que la novela es escrita por Mary Shelley y su esposo Percy Shelley), es decir, ahí donde se espera una “raza mejor” aparece lo monstruoso; y, dos, el hecho de que a lo largo de la narración el monstruo no tiene nombre, sólo la historia hace el trabajo de identificar a la criatura con el nombre de su creador Frankenstein, haciendo a la criatura y su creador un mismo ser. Alcanza así lo que anhela todo sujeto, la identidad, la pretendida unidad del individuo, la no división subjetiva, fuente de todos los conflictos, en una palabra, “ser uno mismo”.

II

Drácula, novela de Bram Stoker, fue escrita en 1897. Se trata del paradigma del “muerto viviente” o “no muerto”. Inspirada en la vida del Conde Vlad IV, quien llevara por nombre Vlad Drăculea y fue más conocido como Vlad el Empalador o Vlad Tepes. En realidad se trata de una leyenda que jamás fue contada, es decir, una leyenda que no es reconocida en Rumania como propia de su tradición.

Se trata de un mito literario, del que Oscar Wilde dijo que era “tal vez la más bella novela de todos los tiempos”. Sabemos que la característica esencial del vampiro es la inmortalidad producto de la ingesta de sangre humana. El vampiro encarna el sueño, el deseo de inmortalidad que habita en el inconsciente de cada sujeto, como nos enseña Freud. Sin embargo, por estar con una vida, aunque incierta, Drácula, encarnación del vampiro, no puede ser sin el otro, requiere la sangre del otro para mantenerse en su calidad de “no muerto”.

Varias son las características del personaje de la novela de Bram Stoker, pero todas ellas se mantienen en la línea que van de la sexualidad a la muerte y el punto de conexión de ambas instancias es el erotismo. En las primeras páginas Drácula se muestra como un seductor y amable conde que recibe en su castillo gótico al abogado Jonathan Harker, pero poco a poco va dejando ver a la bestia de maldad pura, mudo y despiadado. Carente de empatía, el vampiro de Stoker se mueve animado por la pura pulsión (pulsión de muerte, diría Freud), no come ni bebe (sólo “succiona” sangre, sin duda se trata de una fijación oral) y va más allá de ser un ser de la noche. Duerme en un cajón lleno de tierra de cementerio, como quien regresa cada día a la “madre tierra”. Mantiene potestad sobre algunos animales, como los lobos que le obedecen. Muestra características que lo acercan a la perversión, ya que goza engendrando pensamientos malignos en los demás, destruyendo así su voluntad. Ante su presencia, la angustia se encuentra del lado del Otro.

En el siglo XX el cine lo ha llevado a ser el mito más reconocido de los no muertos y en algunas versiones, como en la interpretación que hace Bela Lugoci (Tod Browning, 1931), se presenta como aristócrata, alto y delgado, perfil aguileño, con mirada penetrante y sonrisa siniestra, ambas hipnóticas. Se muestra exento de colmillos, y sin temor a la luz del día. Su característica sobresaliente es la manera enigmática en que se acerca a los lechos (a los pechos) para chupar la sangre con una sed insaciable.

La pulsión oral orienta la vida del vampiro, así como el infant (el que no habla) se alimenta por la vía de la succión; para el vampiro no hay otra forma de alimentarse: para ambos la forma de alimentarse es de una voracidad y voluptuosidad incontenible, quizá también como lo hacen los animales. Por lo tanto, me atrevo a decir que el vampiro, en realidad retorna a esa condición infantil que lo ubica en el yo-ideal freudiano, nunca despegado del todo de la “madre tierra”, ese estado de nirvana, que señala Freud, vuelta al estado inorgánico o de reposo absoluto.

El vampiro es una figura paradigmática del no muerto, genera fascinación y horror al mismo tiempo, encarna los anhelos e ideales más presentes en cada sujeto, en particular en cada hombre. Su signo es lo erótico y melancólico, con un deslumbrante poder sexual y de seducción, pero al mismo tiempo imposibilitado para amar, nos muestra que en el terreno de la oralidad, como en la perversión, el punto de angustia no coincide con el lugar de la relación de objeto. El punto de angustia se encuentra en el Otro.

 

 

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