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El miedo a la muerte

· junio 25, 2016

 

Antonio Bello Quiroz

 

Si no tuviéramos miedo a la muerte, no hubiera nacido

en nosotros la idea de inmortalidad. Bertrand Russell

 

La participación de la filosofía en todas las construcciones que se hacen sobre la muerte resulta evidente; es decir, si las ficciones sobre la muerte abordan lo desconocido, entonces todas entrañan en sí mismas un problema filosófico. Lo cierto es que la filosofía y la muerte están estrechamente ligadas. La filosofía es parte fundamental de las construcciones culturales sobre la muerte, por ello paralelamente tomamos de ella (de la filosofía), a lo largo de todo nuestro trabajo, referentes y apoyos (lo mismo que de la literatura) al intentar un recorrido por las actitudes, los aspectos propiamente psicológicos sobre la muerte.

La muerte, dice Edgar Morin, es “una idea sin contenido, o, si se quiere, cuyo contenido es el vacío del infinito”. El ser humano, el sujeto, no puede quitarse nunca el fantasma de la muerte, se nos confiere al ser nombrados; por esto, vale destacar la importancia que Jacques Derrida concede el asunto del nombre al hablar de la muerte. Dice este filósofo francés: “el nombre es ya portador de la muerte de su portador, la memoria anticipada de su desaparición”. El fantasma que se elabora ante la certeza de la muerte no se puede eliminar.

El ser humano está marcado por la condición de ser mortal, por portar un nombre y con ello una deuda de vida con lo social, con el otro. El sujeto está marcado por la condición de ser mortal a partir del lenguaje. Tener conciencia de la muerte, de la finitud es, en consecuencia, condición de humanización (de cultura); sin embargo, la adquisición de esta conciencia es fuente generadora de diversas actitudes y posturas. Precisamente, en las actitudes ante la muerte queda expresado el primer misterio de la muerte.

En un recorrido por las actitudes ante la muerte seguramente nos encontraremos con abundancia de matices. Éstos están determinados por los parámetros establecidos desde la cultura, de acuerdo con lo que dentro de ella se ha considerado como “buena” y “mala” muerte. En la Edad Media, por ejemplo, la buena muerte tenía como rasgo esencial dejar tiempo para el aviso; el moribundo sabía que pronto moriría y eso no era en absoluto fuente de angustia sino toda una distinción; la muerte avisaba, no llegaba a traición, y eso era algo a agradecer. Algunos moribundos tenían la visita de cierto espectro, el cual con frecuencia solía dar la noticia en sueños donde un mensajero les informaba con exactitud el momento de la muerte: dichosos eran ellos. Que la muerte se hiciera anunciar era, dice Philippe Ariés, un fenómeno absolutamente natural, incluso cuando iba acompañada de prodigios. La mala muerte, en contraste, se manifestaba cuando la muerte llegaba a traición, de súbito, por accidente y sin dejar el mínimo tiempo para tomar alguna actitud de preparación para recibirle.

La muerte súbita era temible, como una condenación. Ariés refiere que era calificada como infamante y vergonzosa, como cólera de Dios; de ella no se hablaba. Incluso las exequias de aquellos difuntos toman un tono aún más funesto, e incluso siniestro. “La muerte fea y villana —señala este autor— es también la muerte clandestina que no tuvo testigo ni ceremonia, la del viajero en el camino, la del ahogado en el río, la del desconocido cuyo cadáver se descubre a la vera del camino, o incluso del vecino fulminado sin razón. Poco importa que fuera inocente: su muerte súbita le marca como una maldición.”

En nuestro tiempo, en nuestra civilización occidental que por sistema excluye aquello que resulta imposible de clasificar y manipular, que por sistema segrega lo diferente a lo hegemónico, se va operando un cambio fundamental: la entonces buena muerte es aquella que aparece sin anunciarse, sin presentimiento alguno que despierte el más mínimo estado de angustia o miedo; la buena muerte (aunque más claramente, el “bien” morir) se idealiza en absoluta tranquilidad, y de ser posible en el sueño, sin anuncio y prácticamente sin conciencia. La mala muerte moderna, en consecuencia, de la que no se habla, en cambio, es la que se anuncia, la que trae consigo todo el dolor de la agonía, todo el enfrentamiento con la degradación del cuerpo y el olvido en las frías salas de hospital.

Como se ve, el cambio de perspectiva con respecto a la muerte no es menor; sin duda alguna, las actitudes modernas tienen aspectos importantes de considerar. Pese a no conocerse alguna aplicación efectiva de escalas de medición para saber en qué rangos y sentido las actitudes ante la muerte se han ido modificando, resulta perceptible ese cambio si observamos y tomamos como indicador, por ejemplo, las costumbres funerarias de cada época. En un mundo tan agitado, como resulta ser el mundo contemporáneo, con su mezcla de modernidad-posmodernidad, la familiaridad y la proximidad de la muerte, que era tolerada en la antigüedad, ha sido transformada en una actitud más bien fóbica: pensar en la muerte genera tanto miedo que ya no se osa decir su nombre, la muerte se ha vuelto salvaje.

Por ello se idealiza la muerte súbita, que si, como ya se decía, nos puede tomar durmiendo (sin conciencia) mucho mejor: se anhela la muerte que en otros tiempos era considerada como infamante. En los países tecnológicamente desarrollados los ritos funerarios, que entre otras cosas permitían incorporar la idea de la muerte en lo social, cambiaron la casa por las salas funerarias; el morir ha devenido en negocio bastante productivo y con ello la muerte va siendo excluida del hogar y de la compañía de los otros.

En las sociedades modernas la muerte no se narra, se vive y se excluye, se aconseja el pronto olvido: “la vida tiene que seguir”, se dice para consuelo. En un mundo de clonaciones humanas, en donde la amenaza de los totalitarismos está tan presente y la idea de la eugenesia siempre latente, la visión que de la muerte se tiene resuena similar a la que ya señalaba Epicuro: “cuando Yo soy ella no es, cuando ella es Yo no soy […] por lo que no vale la pena preocuparse por la muerte”.

Esa no preocupación le condena al exilio y al silencio.

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