Mariela Arrazola Bonilla
Antes de continuar con mi breve historia del mecenazgo hago una pausa, también breve, para hablar del mercado del libro. Wim Blockmans bosqueja el caso del duque Philip the Good un coleccionista de manuscritos muy activo que compraba y comisionaba. Dentro de su valet de chambre tuvo a Jan van Eyck de 1425 hasta su muerte en 1441. Se puede saber de dónde obtenía sus manuscritos iluminados gracias a los inventarios elaborados en momentos cruciales de la dinastía y por los registros contables de la corte, en donde se aprecia que se pagaban salarios y se pagaba por obras comisionadas.
Desde antes de 1400 ya existían talleres laicos privados que producían libros para un mercado anónimo. Se elaboraban libros de horas (books of hours), libros de oración y salterios. Los libros más comisionados eran manuscritos litúrgicos, vidas de los santos, obras devocionales y moralistas, además de algunos libros astrológicos y libros clásicos, y se vendían en todas las regiones vinculadas a Flandes. Brujas era la ciudad que competía con Flandes desde el siglo XIV y contaba con una producción especializada. Tanto que para el siglo XV ya se había organizados dos gremios: el de pintores y el de libreros, y había la disputa de quién debía hacer las miniaturas. Los libreros monopolizaron la negociación con los clientes y se desarrollaron como emprendedores trabajando con subcontratistas. Así, las miniaturas se pintaban en talleres especializados, a veces en diferentes ciudades, en hojas separadas con una tipografía más o menos fija. Al final, las hojas se juntaban con el texto bajo la supervisión del librero.









No Comments