Antonio Bello Quiroz
… nuestra mujer de vez en cuando debe engañarnos con Dios. Jacques Lacan
Para la sociedad contemporánea de Occidente la institución del matrimonio entró en crisis ya hace algunos años. La afinidad electiva que le sostuvo desde hace más de 200 años que se instauró se ha puesto en cuestión con las nuevas formas de la familia. Más allá de lo que se cree, la elección de la pareja es relativamente nueva; antes la pareja se establecía a partir de un pacto entre los linajes, es decir, un acuerdo entre los padres en tanto que la finalidad primordial era conservar el linaje del nombre y, desde luego, la posesión de los bienes.
El amor no era entonces un valor determinante para la constitución de la pareja. Lo verdaderamente relevante era mantener el matrimonio, la alianza que se determinaba más por los intereses de las familias que de los miembros de la pareja. El matrimonio no se dejaba expuesto a la volatilidad del amor; la institución y sus idealizaciones se erigen como una auténtica defensa ante los caprichos de la pasión amorosa.
La ilusión de la elección conyugal se vino a instalar mucho más tarde. Se trata de una ilusión en tanto que en la práctica de toda elección operan, como muestra Claude Lévi-Strauss, elementos preferenciales ya escritos en las leyes simbólicas de parentesco. La noción del matrimonio como un pacto de consentimiento mutuo es una novedad.
No resulta posible hacer aquí un recorrido por los recovecos e intrigas que se han librado desde la institución (religiosa y civil) del matrimonio contra la presencia del amor en el interior de la vida conyugal. Sin embargo, es indispensable destacar que es hasta ya avanzado el siglo XIX que se empieza a hablar del afecto o amor como lo que nuclea el vínculo conyugal. Se trata del nacimiento del matrimonio burgués y sus ilusiones románticas y humanistas de realización. Aunque es necesario decir que no ocurría así en todas las clases sociales: el amor romántico era un privilegio de las clases “nobles” en tanto que ahí el matrimonio era la clave del control y orden social. El contrato matrimonial y sus ordenamientos operaban como aquello que garantizaría la permanencia de la pareja.
Aunque esto último operaba sólo para los nobles, la plebe sí tenían un contrato basado en el consentimiento mutuo y adopta la figura del concubinato. El matrimonio es una figura controversial porque entró muy rápidamente en crisis y, sin embargo, sigue siendo lo que ofrece garantía de sostener el lazo social, por lo que se sostiene incluso en aquellos grupos sociales que han manifestado su rechazo a la familia tradicional que hizo del matrimonio su pilar.
Vale entonces preguntar: ¿qué sostiene la permanencia de la pareja cuando la institución matrimonial entra en crisis?
Jacques Lacan en la lección del 8 de junio de 1955, durante la impartición del seminario que lleva como título El yo en la teoría y la técnica del psicoanálisis señala como necesario interrogarse sobre la función del padre en el plano de la pareja. En otras palabras, propone cuestionarse sobre la relación entre matrimonio y amor y nos refiere a los trabajos de un tal Pierre Joseph Proudhon, controvertido filósofo y político francés quien es considerado, junto con Bakunin y Kropotkin, uno de los padres del pensamiento anarquista. Este personaje escribe en 1876 un ensayo que lleva por nombre justamente “Amor y matrimonio”, donde muestra parte de su conservadurismo pero pone el dedo en la llaga que aquí queremos explorar; dice, con respecto al matrimonio: “institución que se define en tres palabras: unidad, inviolabilidad, indisolubilidad”. Le concede al matrimonio una monogamia rigurosa y se pregunta: “Por qué la libertad, que hemos visto romper por toda suerte de yugos, se allana a ése?” Lacan, al respecto se pregunta por la condición de la fidelidad como aquello que sostiene el vínculo, condición que se presenta tenaz y frágil a la vez.
El significante fidelidad, en su raíz etimológica nos lleva al latín fidelitas, y significa lealtad, según el diccionario de la Real Academia de España, aunque también habla de la observancia de la fe que alguien debe a otra persona. La fidelidad en la pareja se sostiene en la palabra empeñada y, sin embargo, señala Lacan, es una palabra que se empeña muy a la ligera. No obstante, reconoce que si esa palabra que sostiene la fidelidad no se empeñara a la ligera no se empeñaría tan seguido y eso impediría la marcha de la sociedad. Cuando la fidelidad se rompe, el mundo se alarma como si las cuerdas en donde se sostiene lo social se pusieran en riesgo.
Para Joseph Proudhon la fidelidad es, en sentido estricto, un pacto simbólico. Un pacto simbólico que se sostiene en el hecho de que en la mujer, dice este buen filósofo anarquista, el amor no va dirigido al individuo que es su esposo sino a un más allá. Va, el amor de la mujer, a todos los hombres. De igual manera, dice, a través de la mujer, la fidelidad del esposo apunta a todas las mujeres. Pero Lacan nos permite pensar que lo que el filósofo llama todos los no es una cuestión de cantidad sino una función universal. Así, la fidelidad no es dirigida al individuo sino a la función universal del amor. No es al hombre, no es a la mujer, sino al símbolo. El pacto de la palabra que implica la fidelidad va, entonces, mucho más allá de la relación individual y sus vicisitudes imaginarias.
El psicoanálisis nos enseña que si bien es cierto que la fidelidad es un pacto simbólico, éste no opera igual del lado hombre que del lado mujer. La fidelidad es un intento más que busca velar la recurrencia de la no relación sexual. La fidelidad, en su condición de pacto, cumple con la función de no hacer evidente la imposibilidad de una relación armónica, sin fallas. Sin embargo, como ya señalamos, entre las relaciones imaginarias que proliferan en toda relación libidinal y el pacto simbólico hay un conflicto que adopta el carácter del enamoramiento que, en el ámbito del vínculo burgués, apunta al cumplimiento de la realización del yo y, dice Lacan, por consiguiente en la alienación del propio yo.








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