Antonio Bello Quiroz
Las lágrimas lavan todas las faltas, y Magdalena
había llorado mucho. Nikos Kazantzakis, La última tentación
La idea de la existencia del Mal ha estado presente a lo largo de la historia de la humanidad. Incluso quizá podríamos trazar un recorrido por el lugar que el mal ha tenido en las diversas épocas y así hacer un recuento de lo que la humanidad ha sido: la historia del mal es la historia de lo humano. El Mal podría ser definido como aquello que queda por fuera de lo que se señala como el Bien. El mal ocupa, por definición, el lugar de lo marginal, lo que ha traído como efecto sentir como amenaza a lo diferente, a la otredad, a la alteridad.
El mal existe pero dónde se ubica, ésa es la cuestión. El mal ha tenido las formas más extendidas de la sombra amenazante que pone en riesgo a la comunidad. Una sombra que se mueve por los caminos de la incertidumbre y acecha con la enfermedad, el sufrimiento, la muerte.
El mal también se deja ver cuando se pierde el control del propio destino: es el rostro terrible del destino, la fatalidad. El mal invade el destino de los pueblos con enfermedades como la peste o el cólera, que no podrían provenir de otro lado que del demonio. El demonio, los demonios son los primeros depositarios del mal provocando la degradación del alma y del cuerpo.
Pero el mal no puede ser sin el bien, el Mal es resultado del Bien. Digamos que el mal sólo puede ser sostenido y administrado desde y por quien se posiciona en el lugar del bien, la divinidad o las encarnaciones de la justicia. No hay mal sin su Otro que le nombre.
Debemos destacar dos rostros donde se ha pretendido ubicar al mal: el demonio y la mujer. Es necesario señalar aquí estas dos figuras por las nefastas consecuencias que se continúan manifestando.
Desde la antigüedad han sido numerosas las figuras que asocian los términos “mal” y “mujer”: mujeres malvadas y destructoras que se han valido de sus encantos para destruir a los hombres. Persiste una terrible dualidad que identifica al hombre con el bien (el sol, el día, la luz, la cordura, etc.) y a la mujer como la encarnación del mal (la noche, la sombra, la locura, la luna, etc.), dualidad que ha estado presente en toda la historia de la humanidad hasta darle forma a una siniestra fórmula que ha sido utilizada para justificar el borramiento de lo femenino: la mujer es el mal. Si el hombre es asociado al orden, el cosmos, el mundo, la mujer es vista como lo incierto, el caos, lo inmundo.
Dos muestras que nos atañen y de las cuales tenemos reminiscencias vigentes: el mundo griego nos habla de la mujer como portadora de todas las calamidades a partir de un castigo decretado por Zeus quien, según Hesíodo y su Teogonía, al descubrir que Prometeo ha robado el fuego a los dioses para dárselo a los humanos, manda a Pandora, la primera mujer (iniciadora de la “especie hembra”, como le llama Nikos Kazantzakis en Zorba el griego), con una jarra. Ella no puede con la curiosidad y al abrir su jarra (o caja) deja salir todas las calamidades de la humanidad. También hay hechiceras como Circe, quien con sus encantos pierde a los hombres convirtiéndolos en cerdos, etcétera. Entre muchas, también podemos mencionar a Medusa, con su cabellera de serpientes y sus ojos que petrifican a quienes le sostengan la mirada.
Por otro lado, el mundo judeocristiano de brujas que mantienen comercio sexual con el demonio para hacerse de saber y poder. Durante siglos el cristianismo ha perseguido a las mujeres (curiosamente a las que podrían tener una posición de poder o saber) señalándolas como brujas y sometiéndoles a los más atroces castigos por ser, se dice, portadoras del pecado, asociadas a la prostitución. Mientras que las otras mujeres, pasivas, abnegadas, sometidas al varón han sido identificadas con la Virgen y al adorarlas también negarlas bajo principios que buscarían mantener el orden y el control moral. A partir de 1486 los sacerdotes dominicos Heinrich Kramer y Jacobus Sprenger publican el Malleus Maleficarum o El martillo de los brujos, un manual que describe las maneras infalibles en que se podría señalar como bruja a una mujer (o un hombre en la figura del Hereje) y las formas sanguinarias en que se les podía arrancar una confesión de comercio carnal con el demonio, y las formas de llevarlas a la hoguera. Este libro, efectivamente maldito, fue utilizado por siglos en los juicios de la Inquisición, los perros guardianes de la fe, tanto en Europa como en América.
Pareciera que esta asociación entre la mujer y el mal fuera producto de la ignorancia, la superstición, o los prejuicios de otras épocas ya superadas; lamentablemente no es así y, aunque con otras argumentaciones, la siniestra fórmula donde las mujeres son el mal resulta más vigente que nunca.
El feminicidio es una lacerante realidad en México y en muchas partes del mundo. En Puebla, con más de 85 casos en lo que va del año, se ha vuelto ya una cuestión de emergencia social. Muestra una crisis sistémica del Estado, que tendría que ser garante de seguridad pero que se ha visto rebasado dado que la clase política misma está ceñida a un siniestro pacto de impunidad que les lleva a aferrarse a una criminal negación del problema; pero también de las instituciones que desde lecturas pobres que buscan culpar a las mujeres por sus conductas o condiciones de vida (pensar que sólo ocurre con aquellas que “se portan mal”, a los otros) no atinan a establecer foros de análisis y políticas públicas que puedan ofrecer opciones ante esta ominosa realidad.
La emergencia de la mujer como discurso en lo público a nivel masivo, situación que es muy reciente (sólo a partir de la segunda mitad del siglo XX, con la invención de sistemas de anticoncepción masiva), ha traído cambios radicales en las formas en que nos relacionamos hombres y mujeres. Son varias las cuestiones que se nos impone pensar para hacer frente a esta nueva realidad. Menciono sólo tres: a) cuestionar los discursos que buscan borrar las diferencias (lo que implica negar la equidad) cuando justamente lo que se nos revela (como ya adelantaba Freud desde 1910) es que hombres y mujeres estamos constituidos de manera diferente tanto en el plano de la existencia como en lo sexual; b) rebasar la guerra de sexos que se sostiene en cuestiones bizantinas que, tanto en discursos patriarcales como en feminismos radicales, sólo propician mayores expresiones de odio y; c) hacer visible y analizable una nueva realidad social donde hay que generar (a nivel individual y social) espacios de estudio y reflexión sobre las nuevas subjetividades sexuales que transformen la fórmula siniestra que ubica el mal del lado de las mujeres, aunque también hay que moverse de los discursos victimistas que hacen a los hombres causantes de todos los males de ellas.
No, no es una cuestión de género, es un asunto de goces y disfrutes de lo sexual en un contexto inédito, donde tendrá que hacerse lugar a la convivencia a partir de la diferencia.









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