Miguel Samsa
“Vano es todo intento por fijar un principio único para la naturaleza”, aseguró Dicómenes el Pélida, para quien todas las doctrinas de los filósofos presocráticos resultaban absurdas, pues pretendían reducir el vasto y cambiante universo a un solo principio surgido, además, de “la insignificante cabeza de un hombre”.
Tal vez esta aseveración, junto con su origen macedonio, contribuyó a que la obra de Dicómenes fuera ignorada por sus colegas griegos y, a la postre, olvidada.
Hijo de un comerciante macedonio, Dicómenes habría recorrido buena parte de Asia Menor durante su juventud, lo que le habría puesto en contacto con doctrinas religiosas de las tradiciones persa y babilónica, lo que explicaría en buena medida las peculiaridades de su pensamiento.
No existen datos precisos sobre la vida de Dicómenes. Se sabe que ya enseñaba filosofía en Pella durante el reinado de Filipo II. Y que habría tenido contacto directo con Heráclito de Éfeso, de quien tomó la noción del cambio constante en la physis, base de su propia doctrina.
Para Dicómenes, cualquier intento por establecer un principio único (arkhé) y ordenador de la physis atenta contra el verdadero orden del cosmos. El cambio constante, que ya había anticipado Heráclito, y que Dicómenes observó en el mundo a lo largo de sus viajes y estudios, no puede limitarse a un solo elemento. La Naturaleza, para el macedonio, se transforma y renueva constantemente, sin cesar, y el pensamiento del hombre, al tratar de fijarla en ideas sólo consigue un pálido retrato, “como la mano del pintor carente de habilidad, cuyos trazos torpes jamás conseguirán reproducir lo que sus ojos han observado”.
Más que de elementos o principios ordenadores, Dicómenes habla de potencias que alimentan el cambio constante de la naturaleza, de acuerdo con una armonía que les es intrínseca y que está más allá del entendimiento del hombre. Sin duda, la noción de una armonía inherente al cambio es resultado de la influencia heracliteana ya referida. La aportación de Dicómenes radica en distinguir las potencias ordenadoras del cosmos: eros y thánatos. La creación y la destrucción están presentes en todas las cosas, no como etapas bien diferenciadas sino como movimientos de un solo proceso que, a la vista de los hombres, no muestra cortes ni facetas.
Porque, asegura Dicómenes, en todos los seres y objetos, en todos los procesos del cosmos, eros y thánatos actúan de manera simultánea. Jamás se suceden uno al otro, sino que ambos están presentes todo el tiempo, diferenciándose apenas en la intensidad de cada uno. Así, cuando una semilla brota, en esa germinación están actuando al mismo tiempo la creación y la destrucción, que no dejarán de desarrollarse en ningún momento, ni siquiera una vez que el árbol resultado de dicho proceso haya sido derribado.
La obra de Dicómenes, el poema “Sobre la Naturaleza de las cosas”, gozó de amplia difusión en Atenas. Sin embargo, para Platón resultó aterradora la imposibilidad de fijar en conceptos el cambio en los procesos naturales. Considerar que éstos se realizan de manera continua e indiferenciada implicaba, para el ateniense, aceptar la imposibilidad del conocimiento. Y es muy probable, además, que considerara a su par macedonio como una amenaza para su doctrina de las Ideas.
Diógenes Laercio, en su Vitae philosopharum, acusó a Platón de tratar de destruir los tratados de Demócrito por no ser concordantes con su doctrina. Por ello, cabe la posibilidad de que con el poema de Dicómenes, Platón haya tenido más éxito.
Los escasos fragmentos de Dicómenes que lograron llegar hasta nosotros fueron resultado de un hallazgo fortuito de Friedrich Schlegel, autor de Los genios olvidados. Fragmentos de filósofos de los siglos IV-II a.C. desconocidos hasta ahora (Londres, 1923).









No Comments