Antonio Bello Quiroz
I
La cultura es un fenómeno esencialmente simbólico, una red de relaciones significantes dispuestas para que el organismo humano se constituya como sujeto. El orden simbólico, que es anterior y exterior al sujeto, es el Otro (el lenguaje, la ley, la cultura) que le antecede y constituye el universo en el que el sujeto podrá reconocerse un lugar. El sujeto se constituye en referencia al Otro. No hay sujeto antes y fuera de este orden; por el contrario, es su efecto: el sujeto es un efecto de la palabra y el lenguaje.
El sujeto es un sujeto de derecho, es en principio un sujeto jurídico, está sujeto a la ley y las leyes que le anteceden. Esa sujeción simbólica le impone y dota de reglas, normas y ordenamientos para la convivencia social. Por otro lado, que el ser humano sea un sujeto de derecho implica a su vez que cuenta con estos dispositivos como mecanismos de regulación de la violencia. Se trata de procesos de regulación y normativización social que en su fundamento están sostenidos en un imperativo fundamental: ¡No matarás! Mejor aún: ¡No asesinarás!
Sin embargo, la historia de la humanidad bien puede ser leída como una seguidilla de violaciones a esta prohibición capital, revelando así la existencia del deseo de matar como elemento constitutivo de la sociedad. La hipótesis que sostiene el psicoanálisis es que la sociedad se encuentra fundada a partir de un crimen.
El fenómeno del linchamiento es de vieja data, ha existido en diversas épocas con diversos argumentos justificantes, incluso se han promovido linchamientos como actos normatizantes, de escarmiento o ejemplo de castigo.
En nuestros días el linchamiento es visto como un síntoma, incomoda y desconcierta. Su frecuencia en México, y en Puebla en particular (aunque también en el mundo), por un lado escandaliza, se mediatiza, incluso se vuelve una mercancía más del espectáculo mediático. El linchamiento encontró un nuevo escenario en las redes sociales; podemos hablar de un “linchamiento social”. Aunque, por otro lado, los medios de comunicación, en particular las redes sociales, también posicionan en el debate social estos actos que se califican de barbarie. Muchas lecturas se hacen del hecho, desde estudios sociales, legales y psicológicos, hasta investigaciones genéticas, de neuroquímicos, etcétera. Los argumentos que intentan dar cuenta del fenómeno por la vía de lo social confluyen en señalar tres elementos constantes en las sociedades donde se presenta con mayor frecuencia: a) la ausencia del Estado (un vacío en el estado de derecho); b) la inoperancia de la justicia y; c) el hartazgo de la sociedad. Estos mismos argumentos, y sus reiteradas evidencias, son utilizados para justificar y reivindicar una supuesta “justicia por propia mano”. La turba es “poseída” por una sed de justicia y, se dice, para procurarse seguridad ante lo que representa su mal es conducida al asesinato. La gran pregunta es: ¿Quién es responsable del asesinato? Se trata de un asesinato sin asesino.
Recordemos que Fuenteovejuna de Lope de Vega introduce un protagonista colectivo, el pueblo de Fuente Ovejuna. El pueblo mata al Comendador mayor de Calatrava: Hernán Pérez de Guzmán. Las razones, como en nuestros días, eran sus constantes abusos de poder y una larga cadena de agravios. ¿Quién mato al comendador? Los habitantes del pueblo cambian su apellido y se hacen llamar Fuenteovejuna, de esta manera se asumen al mismo tiempo culpables e inocentes.
II
En el linchamiento se produce un crimen, pero entre los que lo cometen hay quienes no se reconocen como homicidas, ni siquiera como delincuentes. En ese sentido, se trata de un acto demencial, un acto sin sujeto. El linchamiento es un asesinato masivo que en el anonimato (significa que no lo hace en su nombre) diluye las prohibiciones, muestra la porosidad de la ley con una ganancia de satisfacción. Bien podríamos decir que en el linchamiento, como en un sueño, se realiza la satisfacción de un deseo que apunta a la destrucción. Quien participa en el linchamiento (activa o pasivamente, incluso virtual o mediáticamente) pone en juego algo de su deseo pero como deseo del Otro (la masa, la justicia del pueblo, la seguridad de los propios frente a lo ajeno).
Freud dedica un trabajo al estudio de lo enigmático de la psicología de las masas. Lleva el nombre justamente de Psicología de las masas y análisis del yo. Lo realiza, hay que decirlo, en 1921, un año después de introducir el concepto de pulsión de muerte como esencial en sus constructos teóricos y clínicos. Nos dirá que la horda quiere siempre ser gobernada por un poder irrestricto, participar de ese poder, muestra una ansia extrema de autoridad. El sujeto, anhelante de este poder irrestricto, muestra una debilidad (debilidad mental, dirá Lacan, que nada tiene que ver con alguna cuestión cognitiva o enfermedad) ante las imposiciones del discurso. Misma debilidad mental que se muestra en el sometimiento al discurso del consumo, por ejemplo, o las drogas. ¿Y quién comanda esa voz del Otro? ¿Quién incita a este débil mental? Con frecuencia, la voz que conduce al exterminio es la de un psicótico o bien un canalla. Se trata de alguien que encarna la voz y goce del Otro (la Ley, incluso Dios o el maligno) o bien alguien que goza con el sufrimiento ajeno.
La humanidad tiene el mayor de los ejemplos de esta conducción psicótica, con deliro de reivindicación, en el nazismo. Una voz, Hitler, que encarna al Otro sin fallas (la pureza) y una horda, una masa anhelante de ser comandada y participar de un poder absoluto, además de delincuentes comunes, que realizan el mayor acto de linchamiento o exterminio bajo el argumento delirante de librar al pueblo (la raza aria) del mal.








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