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El linchamiento: poner en suspenso la palabra

· diciembre 15, 2018

Antonio Bello Quiroz

En una colaboración anterior había ya abordado el fenómeno del linchamiento. Ante algunos comentarios recibidos, se me impone hacer algunas precisiones al respecto desde el psicoanálisis que, como señalaba Jacques Derrida, cuenta con los elementos conceptuales para indagar, sin coartadas, las complejas problemáticas de lo humano, en particular ahí donde la tendencia a la destrucción o la muerte que nos resultan particulares se ponen de manifiesto.

Por tanto, volvamos a preguntar: ¿Qué se logra cuando ocurre un linchamiento? Se trata de un momento de éxtasis mortífero donde la razón se nubla. Con frecuencia en el evento participan personas que no directamente se encuentran agraviadas; es decir, para ellos, en alguna medida se trata de un crimen inmotivado o crimen del superyó. Entonces vale preguntarse: ¿cómo ubicar este delito donde hay crimen pero no hay criminal o la culpabilidad se diluye en el anonimato, tal y como enseña Freud en Psicología de las masas y análisis del yo?

El linchamiento divide en dos a la sociedad. Además de la persona o personas que se vuelven objetos del linchamiento, están, por un lado los que ejecutan el acto y por el otro la opinión pública que se muestra conmocionada. La angustia con frecuencia no se ubica en quienes ejecutan el linchamiento —incluso se muestran más bien perplejos o pasmados ante la magnitud de lo realizado— sino que quedará del lado del Otro, de los espectadores directos o indirectos que se dividen intentando entender lo ocurrido.

En un primer acercamiento quizá podamos pensar el linchamiento como un delirio en acto cuya característica es que se cierra sobre sí mismo una vez que se ha realizado. Desde luego, podemos pensar que en el acto participan diversas subjetividades y no podría abordarse desde el psicoanálisis sino caso por caso; lo cierto es que el pasaje acto homicida lo podemos encontrar lo mismo en la neurosis como en la psicosis o la perversión. Pero la pegunta sigue abierta: ¿Qué ocurre cuando ocurre un linchamiento?

Lacan en su tesis de 1932 se refiere a dos autores, Monakow y Mourgue, que en 1928 escriben un texto bajo el título Introducción biológica al estudio de la neurología y de la psicopatología para la comprensión del kakón (palabra que significa esencialmente desgracia o dolor). Se trata de una palabra que utiliza en ese momento para pensar el mal que motiva lo inmotivado. Ahí se describe la “crisis de kakón” que coincide en todo lo que hemos dicho de la catarsis. Se lee Pharmakon, publicación del Instituto del Campo Freudiano. En palabras de Antonio Beneti nos cuenta cómo se cursa “la crisis del kakón”. Súbitamente el paciente empalidece y comienza a transpirar, lo invade un sentimiento doloroso de peligro inminente, como ocurriría con la crisis de ansiedad o angustia, y luego experimenta una violenta agitación motriz. El individuo, dice, siente que se enfrenta a un gran peligro e intenta defenderse a través de su aparato reflejo. Lo que predomina en esa crisis del kakón, más allá de la motivación, es el esfuerzo por deshacerse del estado doloroso utilizando sus fuerzas psíquicas. Se trata de una liberación de un complejo de naturaleza automática, al que sólo el aparato reflejo, es decir, acción motriz, logra darle salida. Una acción radical, como si con ello se buscara deshacerse de algo muy íntimo e insoportable le hubiese invadido.

Cuando Lacan realiza sus reflexiones sobre el crimen inmotivado señala que el acto violento parece intentar matar a la enfermedad. Quien lo realiza experimenta un kakón (un mal) insoportable del que se desembaraza a través del pasaje al acto liberador. Vemos aquí el mismo sentido que tendría la catarsis en la tragedia: expulsar los “humores corruptos”, como ya hemos mencionado. Con el pasaje al acto, cubierto además por el anonimato de la masa, se produce una extracción de goce.

Sabemos que Lacan aborda la cuestión del kakón, del mal interior, en diversos momentos, como ocurre por ejemplo en su trabajo sobre La agresividad en psicoanálisis, donde a partir de la “posición depresiva” de Melanie Klein, ubica al kakón asociado con la primera formación del superyó y escribe: “la opresión insensata del superyó permanece en la raíz de los imperativos motivados de la conciencia moral, la furiosa pasión que especifica al hombre, de imprimir en la realidad su imagen es el fundamento oscuro de las mediaciones racionales de la voluntad”, y más adelante señala: “La noción de una agresividad como tensión correlativa de la estructura narcisista en el devenir del sujeto permite comprender en una función muy simplemente formulada toda clase de accidentes y atipias de ese devenir. Aquí la agresividad aparece como un rasgo estructural de lo humano a partir de la identificación narcisista en la dialéctica imaginaria con el semejante.

El planteamiento es simple, Lacan lo dice: hay un mal que amenaza al yo: es el otro, el semejante construido bajo el paradigma de la imagen especular. El otro que se percibe como el mal en la medida en que es y no es yo. El sujeto linchado es un semejante y por esto puede ser yo, pero el semejante no es “idéntico” y hace presente esa “pequeña diferencia” que exacerba la rivalidad narcisista. Esta diferencia se resuelve mediante la agresión, que en sentido estricto resulta ser una autoagresión. En este sentido, la violencia extrema que se puede evidenciar en la atrocidad del linchamiento, puede bien ubicarse como resolución del enfrentamiento especular, lo que se destruye es una imagen especular que a su vez constituye una amenaza.

En el ya mencionado seminario 7, La ética del psicoanálisis, Lacan hace el planteamiento de un goce invasivo que tiene como vía la transgresión y se aleja del recurso de lo imaginario. Ahora se ubica al mal desde lo real a partir de la noción de das Ding, la Cosa. Es este seminario retoma el término das Ding que ya había sido utilizado por Freud; hace una diferencia entre die sache (las cosas) y das Ding (la Cosa); en esta distinción ubica a sache próximo a la palabra y vinculado a la conciencia, mientras que se refiere a Ding como aquello que por sus propias condiciones está perdido y en otro nivel con respecto al principio de realidad. Ding tiene el valor de lo otro absoluto del sujeto.

Lacan se interesa esencialmente por el ordenamiento simbólico y en la pulsión de muerte, y de esta manera al abordar la cuestión de la Cosa la ubica como muda al sentido, incluso la ubica antes de toda represión, quedando del lado de lo que no es, del lado de lo perdido.

Para Lacan el psicoanálisis reintroduce la cuestión del mal. Eleva el término freudiano das Ding y lo hace un concepto epistémico que le permitirá dar cuenta de las articulaciones entre el psicoanálisis y lo social a partir del concepto central de pulsión de muerte. Ahí escribe: “es al nivel de la buena y la mala voluntad, el bien y el mal […] donde Freud, al término de su pensamiento, reencuentra el campo de das Ding y nos delinea el plan de más allá del principio del placer”. Lacan articulará das Ding y la compulsión a la repetición, esta cosa del mundo que se vuelve íntima y extraña, perdida a la simbolización. En el linchamiento se repite en acto eso que queda fuera de la simbolización.

En la clase del 23 de marzo de1960, dedicada al amor al prójimo, Lacan vuelve a referirse a das Ding y menciona: “cada vez que Freud se detiene, como horrorizado, ante la consecuencia del mandamiento del amor al prójimo, lo que surge es la presencia de esa maldad fundamental que habita en ese prójimo. Pero, por lo tanto, habita también a mí mismo”. Y preguntará: “¿Y qué me es más próximo que ese prójimo, que ese núcleo de mí mismo que es el del goce, al que no oso aproximarme?”

En el linchamiento se invierte la fórmula: efectivamente se produce en el fenómeno esa temida proximidad con el prójimo, se reconoce en el sujeto que se lincha algo del goce y una vez que se produce ese acercamiento surgiría esa insondable agresividad ante lo que de ordinario se retrocedía dando lugar a la ley e impidiendo de esa manera franquear cierta frontera en el límite de la Cosa. Sin embargo, ante la declinación de la ley, ante la imposibilidad de simbolización que se impone en el momento del éxtasis, ese impedimento se encuentra anulado y no hay ya nada que imposibilite franquear el paso a la Cosa.

 

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