Pablo Manuel Rojas Aguilar
a la memoria de mi padre muerto
Durante la agonía terrible de mi padre, traté de evitar que el dolor se apoderara de mis pensamientos. Nunca, durante su lento ocaso, deseé sentir compasión por sus dolencias, pues entendí, claramente, que no tenía derecho alguno de disminuirlo y, mucho menos, de humillarlo, haciendo doble el dolor que el Universo había asignado para él. No obstante, por la persistente opresión sucesiva, me sentí enfermo. Veía en sus ojos el deseo aferrado de persistir, aun cuando su cuerpo estaba extinguiéndose. Entonces el daño, inevitablemente, me alcanzaba hasta los huesos, cuando miraba que la inteligencia de quien me engendró anhelaba persistir a pesar de que estaba prohibido para él extender su estancia en este sitio. Caí, pues, en el último pecado de Zaratustra. ¿Cómo no habría de dolerme, si las manos de mi padre fueron los moldes que dieron forma a mi cuerpo de arcilla?, ¿si su fuerza fue la que crió mi capacidad de reflexión, para que fuera capaz de subsistir en un mundo hecho de tiempo infatigable? Fue él quien educó mi alma y deseó verme inteligente, de alguna manera; empero, la luz abandonó sus ojos.
No obstante, el tiempo sigue manando sin distraerse y en ese lapso doloroso aprendí a aplicar lo que él me había enseñado. Ahora, soy capaz de escribir páginas para el libro infinito con mi pluma, aunque torpe, con la finalidad de crear mundos irreales que carecen de orden, de estética y que, sin embargo, son engranes de la memoria universal. Pero mi padre nunca leerá esas páginas. El viento ha borrado el Aleph de su frente. Bajo la misma noche, sigo creyendo que no ha sido muerto, inexorablemente, por el más fiero enemigo microscópico, que sus huesos no han sido calcinados por una metástasis infalible, que el hombre con voluntad de hierro sigue educando mi espíritu incipiente, esperando encontrarme en algunas páginas como él lo soñó y, si no lo soñó, me hubiera gustado que lo soñara, que su alma no ha sido transmigrada hasta confundirse con la eternidad, que nuestros pasos volverán a coincidir en alguna calle, por algún momento, ahora que ambos “somos”… Pero es imposible; mi tiempo no fue su tiempo y debo asumir ese dolor estoicamente, teniendo en cuenta que me está vedado pedir en cualquier plegaria por íntima que sea. El tiempo es una trama de efectos y de causas que es irreversible. Ergo, nadie merece un milagro, porque sería pedir que se desgaje un eslabón de esa cadena inquebrantable, que es el mismo Dios…









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