Pablo Manuel Rojas Aguilar
“En una escalera curva que se hunde hacia un sótano, en un viejo edificio ubicado en el antiguo barrio de Monserrat, no muy lejos de la casa de gobierno, lo halló. Lo halló entre mapas húmedos, acaso por la profundidad del sótano y porque los rayos de luz ahí mismo son muy escasos. Decía ser bibliotecario y que lo encontró mientras buscaba la Tabula Peutingeriana entre los muchos mapas que permanecieron ahí, luego de la mudanza de la biblioteca que en ese sitio se erigía. Llamó su atención una especie de llave en forma de cruz en el amplio lomo, bajo la cual lograba entreverse, con mucha dificultad, una inscripción cuyas primeras letras no podían distinguirse a la perfección: ‘Abdul Alhazred’ (quizá). Lo cual hizo que abandonara la sospecha de que se trataba de la Vulgata…”
Así inicia el boceto que escribiera Herminio antes de su muy repentina llegada al hospital. Cosa que sorprendió a todos, pues siempre ha sido un hombre saludable y sin adicciones. No ha alcanzado los treinta años de edad y ha figurado en todos los puestos burocráticos que ha ejercido. Venera las elevadas notas líricas de Worsworth, la cimitarra incesante de Las mil y una noches, la idea del tesoro maligno de Beowulf, la prosa elegante de Stevenson, y cómo los temerosos cristianos bajan la mirada ante el hermoso rostro diabólico del ídolo pagano de Ille.
Nadie supo de Herminio durante las últimas semanas. Se alejó de sus pocos amigos y dejó de ir a su trabajo. Yo lo hallé el 15 de enero, cuando fui a visitarlo por encargo de nuestra madre. Como no abrió la puerta y porque un olor espantoso emanaba de adentro, entré con las llaves que guardaba en el jarrón de las flores. Por poco me desvanezco cuando lo encontré casi sin cabello (cuando se distinguía por poseer una cabellera abundante), flaco, con los dedos rotos y entre un sinnúmero de higos podridos, miel y de manuscritos todos tachonados, excepto uno que yacía bajo su cabeza y que no alcanzó a culminar.
No ocultaré el terror que me paralizó al verlo; casi no lo reconozco. Pero sí omitiré los detalles de su fisonomía maltrecha, por respeto a él.
El manuscrito dice lo siguiente:
“Hay una línea impasable que separa el universo físico de la esfera mental propiciada por el sueño. Y no hay manera de transponer esa muralla; no hay manera posible de lograrlo… A esta lógica quiero seguir aferrándome…”
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“Hace algunos días, no vale la pena repetir cómo, llegó a mis manos un libro muy antiguo escrito en varias lenguas. La primera noche que lo inspeccioné, quedé embelesado, de tal modo, que no dormí sino hasta la tarde del día siguiente. En las primeras páginas, que elegí al azar, encontré unos versos inolvidables de Shakespeare: Music to hear, why hear’st thou music sadly? / Sweets with sweets war not, joy delights in joy; en otras, se hablaba sobre el fragmento heroico de Finnensburg, donde se canta sobre el combate entre daneses y frisios, sobre el fulgor de las armas, sobre los escudos y las espadas y sobre todo el castillo de Finn envuelto en las llamas del fuego; asimismo, encontré la historia de la infinita doncella de Bagdad, Anis Al-Dialis, la leyenda del hombre de arcilla hecho por las manos del rabino Judá León, entre muchas otras más. Descubrí también tratados de ciencia y de medicina, textos de multitud de religiones e incluso el relato de las aventuras del faraón Snofru, padre de Keops, con extraordinarios inventos, monstruos, máquinas y un cúmulo de historias, cantos y disertaciones en infinidad de lenguas antiguas y modernas, así como en caracteres que nunca había visto. Lo curioso es que nada está firmado por su autor…”
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“Ignoro por qué he perdido la capacidad de dormir. Leo el libro todas las noches y, no obstante, despierto fresco para ir a la oficina que, últimamente, si no fuera por Alba, sería insoportable. Hoy, cuando entré a mi área de trabajo (tardé unos cinco minutos), me di cuenta de que Maldonado se contenía las ganas de reír, y que los demás cuchicheaban entre risitas estúpidas en el momento en que yo me acercaba a mi archivero; cuando quise abrirlo, me percaté de que los cajones estaban clausurados con cinta adhesiva. Esto desató las carcajadas de todos los presentes, incluidas las del jefe, que me dio una palmadita en el hombro, diciéndome que no me había ido tan mal, pues a su auto le habían colocado un listón rosa unos días antes, propiciando los piropos de caballeros que lo miraron por las calles…”
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“… Para mi fortuna, vi el hermoso amanecer en los pasos de Alba; en esos pasos tan ligeros que parecían flotar. Ella iba atravesando un pasillo sosteniendo unos documentos, casi sin tocarlos… Seis meses trabajando en las mismas oficinas y ella ni siquiera había notado mi presencia; sin embargo, no había pasado un solo día en que yo no repasara en mi mente cada trazo de su gloriosa silueta.
Yo observaba la innata realeza de su porte, estupefacto, y dudaba que ella fuera real. Luego del trance, fui hacia mi escritorio y encontré una figurita de cera hecha a mi imagen. Seguramente, se trataba de otra de las bromas de Maldonado…”
Salió el médico que atendía a Herminio para dar el diagnóstico: colecistitis aguda y shock séptico. Por lo tanto, debía ser intervenido quirúrgicamente. La causa de su mal, dijo, fue una hipertensión aunada a una obstrucción crónica al flujo aéreo, y síndrome ansioso-depresivo. Sabíamos que Herminio había sido un poco inestable emocionalmente de niño, pero gracias al tratamiento del Dr. Kundera se había restablecido del todo. Jamás nos imaginamos que algo así le iba a ocurrir. Además, hacía deporte todos los días, cosa que le ayudaba a mantenerse templado emocionalmente. “Habrá sido una impresión fuerte lo que lo arrastró a esta situación”, dijeron los médicos.
Como mamá había permanecido en el hospital durante tres días y dos noches al lado de Herminio, le pedí que se fuera a descansar, diciéndole que yo me quedaría a cuidarlo esa noche. Aceptó, y aproveché el tiempo organizando los escritos de mi hermano, de acuerdo al orden que yo pensé más lógico a fin de continuar con su lectura aunque, cabe señalar, muchos de ellos eran ilegibles:
“Emerson decía que las bibliotecas son como gabinetes mágicos donde están encantados los mejores espíritus de la humanidad, en los libros. Todos sabemos que es una metáfora lo que dijo, pues en los libros está escrita la obra de los autores y, cuando la leemos, podemos imaginar lo que sentían en el momento de escribir. Pero esto no quiere decir que sus almas estén entre las hojas realmente…”
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“Me volví esclavo del libro; ya no me ocupo de otra cosa. Tal vez sea un designio providencial porque me atrae con una fascinación enfermiza aun cuando, últimamente, he visto en él cosas terribles… Ignoro qué pretendo encontrar. Mi vida se ha reducido a indagar entre la terrible taxonomía de las letras y dormir…”
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“Desde hace unos días, he visto a Alba en mis sueños, la he visto caminar en belleza, como la noche. La he visto acercándose y abrir la puerta de mi habitación con una llave en forma de cruz, como la que se dibuja en el lomo del libro; luego, diciendo mi nombre, y entregándose a los más vivos arranques de locura y caricias, me embelesa. Yo abría los ojos siempre antes de que pudiese siquiera tocar sus labios, y sólo quería volver a dormir a fin de estar con ella. Para mi fortuna, la encontraba cada noche, experimentando los más deliciosos juegos sensuales. La última vez, me pidió que la liberara de esa esfera en la que yacía, siguiéndola donde estaba para que yo pudiese poseerla. No podía contenerme: el aire de ese sitio me embriagaba, el olor febril de sus cabellos se me subía a la cabeza. Me puse a recorrer su piel, deteniéndome en cada secreto rincón de su marmóreo cuerpo hasta llegar a sus pechos redondos como dos bellas lunas. Sentía palpitar mis venas, de tal modo, que pensé que me estallaría el cerebro, y sudaba tanto que parecía que estuviese moviendo una enorme piedra… Justo cuando alcancé el clímax, ¡qué pesadilla!, el rostro de Alba se transmutó en el de un ave…
”Desperté súbitamente, muy alterado, todavía con el sudor en la frente y, esto no puedo entenderlo, con una pluma pegada en el pecho…”
Afortunadamente, salió ya de la operación. Nos dijo el médico que se encontraba con buen estado general, afebril, y con todas las constantes vitales normales. Por ende, ha sido retirado de terapia intensiva; lo cual nos produjo un gran alivio a todos los familiares.
—Herminio va progresando bastante bien; si continúa así, pronto le daremos su alta —afirmó el médico.
Esperemos que la fortuna sea benévola.
No obstante, los demás escritos de mi hermano son imposibles de leer; así que voy a aprovechar que hoy vendrá el primo Uls a pasar la noche con él, a fin de que yo pueda ir a inspeccionar con calma el apartamento de Herminio.
*
Me siento intrigado. Ayer fui en busca de explicaciones que me dieran una respuesta y salí aterrado del apartamento. La primera cosa que saltó a mi vista en ese lugar, además de la superlativa cantidad de hojas tachonadas (que ya había notado la primera vez) fue la inscripción: “Quis est iste qui venit?” en cada espejo de su casa. Si mi burdo conocimiento de latín no me engaña, en español quiere decir: “¿Quién es el que se acerca?” No pude contener las lágrimas, al darme cuenta de la manera en que mi hermano había pasado las últimas semanas. Él siempre fue ortodoxo, lúcido, coherente en todo momento, sobre todo cuando se trataba de opinar y de callar cuando era necesario. Recuerdo su prudencia y cuando me aconsejaba que no debía hablar al menos que pudiera mejorar el silencio… Ver en qué condiciones había dejado ese sitio no tenía otra explicación más que la locura. No obstante, ocurrió una cosa extraña que, quizá, es consecuencia de un desliz de mi mente, puesto que en la cama de su habitación se dibujaba, debajo de las sábanas, algo así como un cuerpo; era como si alguien estuviera durmiendo ahí. Me acerqué despacio, jalé la sábana con gran fuerza y me percaté de que no había persona alguna ahí abajo; sólo estaba el misterioso libro (del que tanto escribió mi hermano). Lo sostuve unos segundos; me sorprendió su peso inusitado. Luego lo hojeé y cayeron otros manuscritos sin tachones.
*
No puedo evitar sentirme confundido.
*
Han pasado ya nueve días y los signos vitales de Herminio son excelentes. Al parecer, mañana será dado de alta.
Le he dicho a mamá que vaya a dormir un poco, pues una vez más ha pasado dos noches en el hospital.
“Ya no sé qué pensar. Después de esa serie tan nítida de sueños con Alba, algo se ha roto. Si bien al principio sentía una fuerte atracción hacia ese libro infernal, todo acontecía dentro de mi mente y se desvanecía cuando iba a la cama; empero, ahora, sospecho que hay alguien más en mi apartamento. La noche anterior, me quedé dormido en mi estudio tratando de descifrar unas combinaciones que nunca había visto en lengua española y me despertó el ruido nocturno de los insectos, más intenso de lo habitual. Abrí los ojos y el viento comenzó a soplar con una ráfaga tremenda que gemía, arremetiendo contra las ventanas del edificio. Me levanté del sillón y las páginas del libro se alborotaron, azotándose violentamente una contra otra de manera escalofriante; después, escuché crujir mi cama. Con aterrada perplejidad, me quedé inmóvil. Me acerqué a la habitación y vi mi cama deshecha, con las sábanas revueltas, como si alguien hubiese pasado una mala noche. Yo estaba helado, con la garganta obstruida y con las piernas paralizadas. De manera súbita, el reloj se detuvo y la luz de la luna entró por la ventana; el viento había dejado de azotar; todo había quedado en silencio… Lo que vi sobre mi cama, o al menos lo que creí haber visto, fue algo que no puede ser verdad… Vi un rostro hecho de trapo, con una nariz tan grande como un pico retorcido que giró hacia la luna… No describiré los demás fatídicos detalles de esta noche por temor a enloquecer…”
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“Con fantasías, el ambiente está salpicado por aquí y por allá, como estrellas en el cielo. Sospecho que se ha roto la línea, y lo que vive en los sueños, el mundo de los arquetipos como entendía Dunne, viene al mundo físico…”
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“Quien lea lo que escribo sabrá que he perdido la razón, pues creo que el libro que llegó a mis manos está vivo. No sé qué extraña entidad contenga entre sus páginas. Debo ir acaso con un terapeuta, porque tengo la impresión de que, sea lo que sea, quiere salir de su limbo. Trata de comunicarse sin cesar, a través de emociones moleculares que se transmiten en ondas de energía. Lo percibo como una frecuencia espeluznante en un rústico dialecto que no logro entender del todo. Día y noche, incesantemente, me ordena; sé que me ordena porque se acrecienta la onda de calor… Me he vuelto esclavo de esto que no sé qué es…”
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“Stevenson se preguntaba de qué manera la literatura transformaba las palabras para que fueran útiles más allá de su finalidad y de su uso. Yo sé que esto puede lograrse en un estado de letargo, cargando de mitologías y de siglos los austeros cascarones de las letras, en un trance en el que sólo algunos cuantos son capaces de soportar…
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“El que resplandece se burla de mí. Acaso le produce gracia saber que mi rudimentario cerebro es incapaz de contener su hiperactividad. Yo no puedo seguirlo, aun cuando me ha iniciado por completo. Pero insiste y escribo páginas y más páginas sobre medicina, entidades cósmicas, música y sobre todos los conocimientos… He perdido la cuenta, sin embargo, creo que he escrito más de cuarenta libros sin que él me dé la oportunidad de dormir; antes bien, me lacera con sus garras, y hace que destruya los escritos. Me achaca mi estupidez por no plasmar lo que me muestra…
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“Se ha dado cuenta de que no le sirvo, que mi mente primitiva no será capaz de percibir su poder sobre las palabras, ni los trazos y trayectorias de todas las cosas, ni las fórmulas, ni las esferas superiores de la sabiduría que guiarán a la humanidad.
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“Ya no hay más que hacer… ya ha pesado mi corazón…”
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“Me romperé los dedos y colocaré una pequeña ofrenda de miel e higo, como a él le gusta… Blecheado higo y selenrá adamapuseael miel: Fla Fur Bis Fle. Fla Fur Bis Fle. Fla Fur Bis Fle…”
El médico interrumpió mi lectura:
—Pues bien, el buen Herminio puede irse a casa. Sólo es necesario que firme usted el alta médica. Puede esperar en la habitación con él a que llegue la enfermera a completar el trámite.
—¡Gracias, doctor!, ¡qué excelsa noticia! En este momento le avisaré a mamá.
Pensé en lo absurdo que parecía creer en estos escritos… Creo que no tocaré el tema durante un largo tiempo.
Entré a donde estaba mi hermano, y lo vi de pie frente a la ventana abierta.
—Herminio, por fin es hora de irnos, le dije.
Él me proyectó una mirada llena de angustia y resignación. Miró el sol cara a cara. Extendió los brazos y, ¡horror!, la silueta que se dibujaba en su sombra era la de un pájaro con alas extendidas… Quedé inmóvil como el mármol…
—Dulce es la verdad —dijo, y se lanzó sin titubear por la ventana, y aleteó y aleteó y aleteó hacia el Oriente, como el señor de los caballos, mirando hacia el sol, hasta que sus entrañas quedaron salpicadas en el piso.









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