Jesús Bonilla Fernández
Ilustración de Quint Buchholz.
Narra Léon Bloy en esa abrasiva Exégesis de los lugares comunes que el libro de cabecera del burgués era un libro de caja, aunque existía una élite que sí tenía un libro de cabecera menos metalizado, si bien era imposible averiguar genéricamente cuál era. La “Lechuza Devota”, con su agudeza habitual, se inclinaba por creer que algunas damas de su época todavía dormían en brazos de Paul Bourget o de Guy de Maupassant.
Un libro, que según él las señoritas de varias generaciones se tragaban sin rechistar, era La filosofía de tocador, del marqués de Sade. “Pero no tengo datos concretos —reconoce—, y confieso que no sé qué pensar de ese famoso libro de cabecera que debe existir, sin embargo, puesto que se habla de él continuamente.” Señala en su nota que antes se leía infinitamente la Imitación de Cristo, obra atribuida en ocasiones a Tomás de Kempis, y algún otro cuyo autor casi murió de hambre, como le ocurría pasajeramente al mismo místico francés.
Léon Bloy más bien pensaba en una Imitación de Hanotaux, libro de cabecera que aún estaba por escribirse: “pero sería necesaria tal ausencia de estilo y una torpeza mental tan metódica que la empresa parece imposible, incluso para un académico”. El escritor satiriza al historiador funcionario Hanotaux y, quizá sobre decirlo, a los intelectuales de su época.
Pero el libro de cabecera sí existe, eso es lo que me interesa en esta nota, porque yo tenía uno (o varios), escrito por Henri Michaux, poemas de ese genial poeta. Yo escribí sobre él en mi libro La jaula invisible. Reproduzco: “Es imposible desprenderme de mis ejemplares de Michaux, aunque se desvanezcan los caracteres de las palabras. ¿Saben?, me he descubierto en medio de la noche buscando precisamente este o aquel Michaux de cabecera que no siempre está en su lugar. Sucede. Despierto extraviado en algún lugar del universo, y un capricho inaplazable me impele a viajar.” Es obvia la relación que establezco entre ese libro de cabecera y el viaje, y pensándolo bien, no es exclusiva de la lectura de Michaux, más bien es tema manido en la literatura.
Quiero decir, por otra parte, que en ocasiones los libros se vuelven nuestros enemigos, o al menos eso sentimos quienes los queremos, no sólo porque amenacen con sepultarnos con el peso de sus aladas páginas en nuestros cuartos, nuestros estudios, nuestros hogares, como es la idea de Ivan Klíma, quien bien indica que cuando nos deshacemos de algunos cuantos de esos libros, inmediatamente nos enteramos de lo necesario que nos son. Yo puedo decir, por experiencia, que los autores que frecuentamos asiduamente durante alguna época nos intoxican indefectiblemente, y después de creer y pensar que en nuestras vidas nos dedicaríamos a su admiración hasta morir, nuestros afanes se extenúan sin aviso. Es el caso de la empatía del mismo Michaux —por poner ejemplos—, de Marguerite Duras, de Anaïs Nin, de Philip Roth, etcétera. Aun quienes presumimos de tener una visión no muy común de las páginas con muescas negras, en ocasiones hemos pensado en abandonar y dedicarnos a otra cosa, quizá a la pesca de trucha en Norteamérica o algo incluso más estrambótico, como estar en Puerto Marte sin Hilda. Supongo que hay quienes lo consiguen, pero no los conozco, y no pretendo buscarlos sino pergeñar alguna particular y complicada teoría, algunos elementos para ella, mejor dicho.
Así como los autores terminan en un estado mental y físico deplorable por la culminación de un libro de cualquier género —me remito a la idea kafkiana de que un buen libro debe cambiar tu vida—, el lector no padece menos por su lectura, por la inherente enemistad del objeto. Esto puede explicarse con aquellas opiniones escépticas y beligerantes de Arthur Schopenhauer en su obra maestra, El mundo como voluntad y representación, en verdad un poderoso libro de cabecera. En alguno de sus manuscritos el iracundo filósofo escribió: “El mundo en cuanto cosa en sí es una gran voluntad que no sabe lo que quiere; no sabe, sino que sólo quiere, precisamente porque es voluntad y nada más.” En otro pasaje ahonda sobre el conocimiento propio del mundo como voluntad. Veamos: “Sólo por comparación de lo que sucede en mí cuando realizo una acción, y de tal modo como ésta se produce a partir de un motivo, puedo entender también por analogía, cómo cambian los cuerpos inanimados a partir de causas, y lo que es en su esencia interior […] Puedo entender esto, porque yo mismo, mi cuerpo, es lo único de lo que conozco la dimensión interior, a la que llamo voluntad.”
Lo que intento explicar es que el desasosiego que nos producen los autores, la enemistad de los libros que leemos, se debe a su voluntad como objetos inmanentes —en su caso con representaciones trascendentes— que Schopenhauer, por medio de su metafísica mundana expone a partir del conocimiento de su propio cuerpo. Adelante del pasaje citado el genio de Schopenhauer precisa aún más: “Spinoza dice que la piedra movida por un impulso, si tuviese conciencia, creería que se movía por su propia voluntad. Y yo añado que la piedra tendría razón.”
Entonces, también añadamos que los libros tendrían su razón en cuanto a su enemistad con nosotros. Otro elemento relacionado con la teoría sobre la enemistad, es la idea de Emerson (Ensayos, otro magno libro de cabecera) que se refiere a la compensación, a la polaridad de las cosas, de alguna manera a la completitud del mundo. “Mientras el mundo es así dual, lo es también cada una de sus partes. Todo el sistema de cosas se representa en cada partícula. Hay algo que se parece al flujo y reflujo del mar, al día y la noche, al hombre y la mujer, en una sencilla aguja del pino, en una grano de maíz, en cada individuo de cada grupo animal.” A mí me gustaría saber si realmente el mundo del que habla Emerson es dual o si nuestra concepción se debe a una tara —quizá estructural— de nuestro cerebro que sólo nos permite el pensamiento dialéctico, o por decir mejor, dicotómico. Pero ese tema lo trataré en otra ocasión de mayor conocimiento…
Hablé de abandonar y dedicarme a otra cosa con respecto a mi admiración por autores y sus libros. Afortunadamente me comporté como hijo pródigo, seguramente por el desparpajo que muestra Montaigne en sus Ensayos (libro de cabecera de primerísimo orden), que generan en mí también la inconstancia de mis acciones, aunque quizá me convenció esa idea de Ortega y Gasset, la cual me ha servido ante muchísimas dudas y acontecimientos inopinados, sobre la creencia cíclica en Dios.
Ahora me parece increíble que, después de frecuentar el clonazepan y la pregabalina, duerma como lirón con un libro de cabecera debajo de la almohada. Es mi clínica, por decirlo así, mi curación por medio de la escritura de otros, de la voluntad de ese preciado objeto llamado libro.
La noche es navegable, las inquietudes se sosiegan con un texto de Unamuno, Tournier, Buzzati, Stendhal, Rulfo, Stanislaw Lec, Quignard, Tanizaki, Wilde, Savinio, Sebald, Cunqueiro, etcétera y —aunque sea incorrecto escribirlo, dicen— etcétera.
Alcoholes
Si se tiene que elegir, es mejor elegir el arte de vivir honestamente que la erudición. Aldo Manuzio
De hecho algunos hombres educados veían con malos ojos el nuevo modo de impresión, ya que por medio de éste podía reproducirse gran cantidad de ejemplares de libros mal hechos, llenando de ideas equivocadas las cabezas de los lectores. Paul F. Grendler









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