Zoran Živković
A ver, por ejemplo, los que no empiezan a roncar después de una o dos páginas, sino que cuando comienzan a leer no paran hasta el final. Desde la cubierta hasta la contracubierta. Infatigables. Cuando llegamos a sus manos, los embarga un frenesí que los ciega. Cuanto más leen, más insaciables son, más ávidos. No tienen nunca suficiente. Son unos verdaderos ninfómanos literarios.
Esta devoción —hay que reconocerlo— al principio gusta, halaga nuestra parte femenina, pero con el paso del tiempo se convierte en una carga cada vez más pesada. Si no compartes el mismo temperamento, y uno casi nunca lo comparte, pronto dejas de disfrutar y te entregas pasivamente a la lujuria del lector, como si fueras un muñeco. Te conviertes en un mero objeto del deseo masculino. Y cuando el señor finalmente alcanza el clímax, es decir, llega a la última página, te sientes roto, exhausto, exprimido como un limón —en una palabra, hecho un guiñapo—, mientras que él, en cambio, está radiante y absolutamente convencido de que tú debes de haberlo pasado igual de bien.
El ejemplo opuesto es el tipo que no nos abre nunca. Nos deja en cualquier sitio y no vuelve a acercársenos. Al principio te parece un verdadero regalo del cielo: a decir verdad, no existe nada mejor para un libro virtuoso que ser liberado del contacto con las manos humanas. Sin embargo, nosotros también somos seres vivos —sí es cierto, no de carne y hueso, pero como seres vivos también imperfectos—, así que después de cierto tiempo la duda empieza a corroernos.
¿Qué me falta? Si todo estuviera bien, él me miraría al menos de vez en cuando, eso bastaría; y no como ahora, que me ignora cual si tuviera la peste. Y claro, al final se enfrenta uno a la inevitable conclusión que espera a todas las mujeres abandonadas: ¡no soy lo bastante guapa! Es decir, no soy tan bonita como esa otra novela que él coge a menudo, que es su favorita y con la que, intencionadamente o no, empiezas a compararte.
Al principio, por supuesto, sólo te fijas en los defectos: su cubierta ha perdido brillo, sus tapas se han ajado por completo, tiene el lomo abombado, las hojas descosidas. Por no hablar de su falta de espiritualidad, qué vacío, por dentro está hueco. Un verdadero asno. Dios mío, ¿qué le ve? Y luego, inconsciente e involuntariamente empiezas a imitar al rival, con la esperanza de atraer su atención: la cubierta se te vuelve opaca, las tapas se arrugan, el lomo se comba más y las hojas se abren como una lechuga. Pero da igual. Él sigue sin fijarse en ti.
Y finalmente, aceptas la última humillación: renuncias a tu característica más apreciada, la que más brillaba entre todas: tu intelecto. Te vuelves superficial, inconstante, frívolo, descuidado, dado a la risa fácil, estúpido. En una palabra, la típica rubia tonta. Pero el sacrificio es en vano. Él sigue igual de indiferente y a ti sólo te queda esa decepción profunda y persistente que te produce todo el género masculino.









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