Pablo Manuel Rojas Aguilar
Hermosa y sanguinaria, la lunecida fiera posó su mirada desdeñosa sobre los bosques de la vetusta argólide, desde su trono, que es la cumbre del mediodía, donde se sienta sin que su pie izquierdo se adelante al derecho. El soberbio y menos felino de los gatos, que aúna en su pelambre el esplendor cadencioso de los tigres y en sus huellas los signos prefijados del jaguar, duerme con abiertos ojos y meneando la cola para vigilar su territorio.
Robusto y feroz, es el más fuerte de todos los cuadrúpedos, pues su rugido es capaz de revertir el céfiro y de amedrentar a todos los seres vivos de la tierra. Su gruesa piel es tan sólida, que de ella salta fuego si alguien pretende atacarla; sus vigorosas garras, afiladas por las resistentes rocas de Nemea, saltan como cuchillas de entre sus patas, implacables, para degollar a su víctima sin hacerla sufrir, porque es ferocísimo, pero también muy generoso.
No huye del cazador, ni se retira con paso grave de ser alguno: ni de bestia, ni de humano, ni de dios… El gato gobierna el mundo con su gran garra y se corona a sí mismo como rey sobre los otros.
Hijo del trueno, caído de la luna, ¿cómo prescindiría de su ferocidad y de la rojez de su melenidad?
Sin embargo, esta noche, Hércules habrá de romperlo con poderosos brazos y de arrancarle la piel, para así cumplir con el vaticinio del Oráculo délfico, que habrá de redimir su nombre, sacrificando al león.









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