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El lenguaje y la sustancia gozante

· noviembre 10, 2017

Antonio Bello Quiroz

Algo ajeno, quizá lo más extraño que tenemos es el cuerpo. El cuerpo en psicoanálisis no es algo dado: el cuerpo es algo que se alcanza por una operación significante que incluye el lugar del Otro. El psicoanalista francés Jacques Lacan intentó formular de diversas maneras esta operación que se desliza por las vías del significante. En estos intentos algo queda claro: el trasfondo de esta operación es el campo del lenguaje.

El cuerpo es una sustancia que habita y es habitado por el lenguaje. Con esta operación significante lo biológico se extravía en el campo del lenguaje. La naturaleza se desliza en los desfiladeros del significante y con ello se imposibilita la satisfacción de la necesidad, constituyendo así un territorio inédito, el territorio del deseo.

Esta operación que posibilita la inscripción del cuerpo en el registro de lo simbólico no es factible sin la participación del Otro, más aún, se realiza desde el lugar del Otro: el deseo sólo es humano si uno desea no el cuerpo sino el deseo del Otro. El cuerpo, el gozar de un cuerpo que simboliza al Otro, nos dice Lacan en la segunda lección del Seminario 20, Aun, implica establecer otra forma de sustancia, la sustancia gozante.

En el último tramo de su enseñanza, Lacan nos deja una noción fecunda donde el cuerpo y el lenguaje se anudan; se trata de un inédito del pensamiento, una subversión, se trata del cuerpo hablante, el “parlêtre”, el ser del cuerpo hablante.

Este inédito nos permite pensar la existencia de una sustancia gozante en el ser que habla, introduciendo así una modificación de la sustancia pensante (res cogitans) y de la sustancia extensa (res extensa).

Desde estas sustancias cartesianas (pensante y extensa) opera el discurso de la ciencia, las supone complementarias y desde ahí se busca descifrar la “actividad psíquica”, como ocurre, por ejemplo, con las neurociencias, la psicología y las disciplinas “psi”.

Aquí es oportuno decir que el genio de Descartes mismo va introducir un misterio ente ambas sustancias: la sustancia infinita; lo introduce pero inmediato lo cierra. Ese misterio es el de lo real del cuerpo que habla, se trata ni más ni menos que de ese misterio que permite a Freud fundar el psicoanálisis.

Lacan va a subvertir este dualismo al introducir una tercera sustancia que, dice, no tiene más dimensión que la del dicho, aunque lo que se diga sean necedades, mejor aún, la sustancia gozante, la tercera sustancia, se juega en el territorio de la necedad.

Esta sustancia gozante no tiene otra referencia que la función del lenguaje.

Tenemos entonces, por un lado, que la res cogitans cartesiana es subvertida por el psicoanálisis, es subvertida por el inconsciente freudiano, y Lacan lo expresa en una fórmula directa: “el sujeto no es el que piensa”.

Hay un saber sin sujeto, es ése el descubrimiento del inconsciente y lo que lo va a diferenciar radicalmente de la psicología y de las ciencias en general. Un saber que, como ya señalaba, se expresa en las necedades a las que se les da un lugar en el dispositivo clínico al invitar a decir lo que se le ocurra al sujeto. Lacan señala incluso que: “en el análisis de quienquiera, por necio que sea, puede alcanzarse algún real”.

El psicoanálisis, entonces, avanzaría a partir de librarse de la “sustancia pensante” y también de la “sustancia extensa” (espacio externo que no es otro que el del propio cuerpo, el del cuerpo imaginario), donde se complementa dando lugar al discurso de la ciencia contemporánea que, desde ahí, se propone operar con el fantasma de la conciencia.

El cuerpo, habitado por esta sustancia gozante, es un cuerpo hablante: un cuerpo hecho de lenguaje.

Lacan abona en la distinción entre el psicoanálisis y la psicología al proponer sopesar el gozar de un cuerpo, de un cuerpo que simboliza al Otro, a partir de otra forma de sustancia, la sustancia gozante. Es por la vía del goce que la experiencia analítica puede establecer que hay “la sustancia del cuerpo, a condición de que se defina sólo por lo que se goza”, enseña Lacan. Se trata de lo que puede especificar lo viviente del cuerpo, lo singular del cuerpo humano, atravesado por el lenguaje, es el hecho de que el cuerpo se goza.

Supuesta la sustancia del cuerpo, que se goza gracias al lenguaje, mejor aún, se goza gracias a la lalengua, morada del hablanteser, cuyas resonancias afectan al cuerpo. Esta sustancia gozante, balizada por la lalengua, es referenciada por Lacan en la literatura, en particular con esa “suerte de kantiano” que es el marqués de Sade, señala: “no se puede gozar más que de una parte del cuerpo del Otro, por la sencilla razón de que nunca se ha visto que un cuerpo se enrolle completamente, hasta incluirlo y fagocitarlo, en torno al cuerpo del Otro”.

Así, no hay otro goce que el de una parte del cuerpo, y esta parte no puede ser distinguida de otra parte que le es exterior para hacer de ella una totalidad. Esto nos lleva a plantear el no-todo de la sustancia gozante del cuerpo. De esta manera, “gozar del cuerpo” estará siempre atravesado por la ambigüedad del significante, lo que implica que gozar del cuerpo del Otro (con mayúscula) es siempre gozar de una parte de uno mismo y esta parte de uno mismo es también parte del cuerpo propio del cual el Otro goza.

Así, en Lacan, partiendo de que el cuerpo es algo que se goza, cuya causa material de goce es el lenguaje, lo que se repite en el discurso es lo sustancial; por ello precisamente se requiere hablar para hacerse de un cuerpo. En lo humano se trata entonces de un cuerpo mistérico donde se entrelazan la palabra y el cuerpo, y el goce se hace presente cuando la ausencia de saber se materializa en letra: el cuerpo es la mansión del decir.

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