John le Carré
Solamente alguien que se hubiera formado como espía en el antiguo Circus podría haber entendido la aversión que se apoderó de mí cuando, a las cuatro de la tarde del día siguiente, pagué el taxi y empecé a subir por la pasarela de hormigón hasta la nueva sede del Servicio, escandalosamente ostentosa. Tendría que haber estado en mi lugar en el apogeo de mi carrera de espía, cuando regresaba exhausto de algún remoto puesto de avanzada del imperio —del imperio soviético, más que nada, o de alguno de sus satélites— y me iba directamente del aeropuerto de Londres, primero en autobús y después en metro, hasta Cambridge Circus. La gente de Producción me estaba esperando para recibir el informe final de la misión. Subía los cinco destartalados peldaños hasta la puerta del engendro victoriano que conocíamos con diversos nombres: el Cuartel General, la Oficina o, simplemente, el Circus. Y estaba en casa.
Entonces olvidabas todas las disputas que hubieras podido tener con Producción, Normas o Administración. No eran más que discusiones familiares entre la base y el personal sobre el terreno. El conserje en su garita te daba los buenos días con un cordial “bienvenido, señor Guillam” y te preguntaba si querías dejarle la maleta. Tú le respondías “gracias, Mac”, o “Bill”, o quienquiera que estuviera de guardia ese día, y no te molestabas en enseñarle el pase. Sonreías sin saber muy bien por qué. Te parabas delante de los tres ascensores viejos y chirriante s que aborreciste desde el primer día y descubrías que dos de ellos se habían quedado atascados en los pisos de arriba. El tercero estaba reservado para uso exclusivo de Control, así que ni siquiera lo llamabas. En cualquier caso, preferías perderte en el laberinto de corredores y pasillos sin salida que eran la materialización del mundo en que habías decidido vivir, con sus escaleras de madera atacadas por la carcoma, sus extintores desportillados, sus espejos de ojo de pez y un ambiente que apestaba a humo rancio de tabaco, Nescafé y desodorante.
Y de repente, esta monstruosidad. Este parque temático del espionaje a orillas del Támesis.
Sintiéndome observado por severos hombres y mujeres en ropa deportiva, me presento ante el cristal blindado del mostrador de recepción y veo cómo una bandeja metálica deslizante se traga mi pasaporte británico. La cara detrás del cristal es femenina, pero el absurdo énfasis y la voz electrónica son los de un hombre, que por su acento podría ser de Essex:
—Deposite, por favor, todas sus llaves, teléfonos móviles, dinero en efectivo, relojes de pulsera, plumas, bolígrafos y todo objeto metálico dentro de la caja que encontrará encima del mostrador, a su izquierda. Conserve el resguardo blanco que identifica su caja y proceda, con los zapatos en la mano, por la puerta marcada con el cartel de VISITANTES.
Recupero el pasaporte. Procedo hacia la puerta indicada, donde una risueña joven que no puede tener más de catorce años me recorre el cuerpo con una pala de ping-pong y me somete a radiaciones en el interior de un ataúd de cristal invertido. Cuando ya he vuelto a ponerme los zapatos y a atarme los cordones —proceso que por alguna razón resulta mucho más humillante que quitármelos—, la misma chica risueña me acompaña hasta un ascensor sin identificación y me pregunta si he tenido un buen día. No, no lo he tenido. Tampoco he pasado una buena noche y podría decírselo si me lo preguntara, pero no me lo pregunta. Por culpa de la carta de A. Butterfield, he pasado la peor noche de la última década, pero no puedo contárselo a ella. Soy un animal curtido sobre el terreno, o al menos lo fui. Mi hábitat natural son los espacios abiertos del espionaje. Lo que estoy aprendiendo ahora, en los años de mi supuesta madurez, es que una carta concisa e inesperada de la nueva encarnación del Circus, que requiere mi presencia inmediata en Londres, puede desencadenar en mí toda una noche de examen de conciencia.
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Fragmento de la última novela del autor con el mismo título (Planeta, México, 2018).









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