Pedro C. Cerrillo
Nunca hubo tantos lectores como hay ahora. Sin embargo, es una realidad la pérdida de prestigio y, sobre todo, de consideración social de la lectura y de los lectores en el mundo actual.
Cuenta Emilio Lledó que Aristóteles, en su Política, se refirió al filósofo Tales de Mileto como una persona a la que su gente más cercana le reprochaba su pobreza por dedicarse a algo tan inútil e improductivo como la sabiduría; Tales, herido en su orgullo, hizo uso de sus conocimientos de astronomía (es decir, de su sabiduría) para prever cómo iba a ser de productiva la cosecha de aceituna muchos meses antes de que se produjera, de modo que, como iba a ser muy buena cosecha, arrendó varios molinos de aceite, lo que le permitió ganar mucho dinero, demostrando —en palabras de Aristóteles— “que es fácil para los filósofos enriquecerse si quieren, pero que no se afanan en ello”.
Christine Lagarde, que ha sido tres veces ministra en el gobierno francés (de Agricultura y Pesca, primero; de Comercio, luego, y de Economía, Finanzas e Industria, finalmente), dijo no hace mucho tiempo —en su condición de directora del Fondo Monetario Internacional— dirigiéndose a quienes se quejaban de la crisis económica: “trabajen más y piensen menos”. Si una autoridad como la que ella representa, a la que se le presuponen muy buenos conocimientos, opina de esa manera, está claro que a muchos de quienes tienen la responsabilidad de gobernar las sociedades actuales no les interesa tanto hacer lectores (con toda su consecuente capacidad de reflexión y enjuiciamiento) como hacer consumidores.
Ser lector no es sólo saber leer, es decir, conocer los mecanismos que posibilitan unir las letras en sílabas, éstas, en palabras, y las palabras insertadas correctamente en oraciones, ni siquiera es conocer las reglas gramaticales más elementales. Con todo eso sabremos leer, pero no seremos lectores: las personas se convierten en lectores cuando son capaces de explorar y descifrar un texto escrito asociándolo a las experiencias y vivencias propias. La clave para logrado está, como en tantas otras ocasiones, en el conjunto de la sociedad, que en los momentos que vivimos es una sociedad que alienta la facilidad, la superficialidad y un malentendido pragmatismo, despreciando la dificultad, el esfuerzo, la crítica o el pensamiento propios.
El aprendizaje lector se limita en demasiadas ocasiones a la adquisición de esos mecanismos nombrados, es decir, los que conducen al dominio mecánico del código escrito. La enseñanza de la lectura debiera ser la enseñanza de la comprensión de la lectura, de modo que, tras ese aprendizaje, el lector pudiera desarrollar su competencia lectora. Con su habitual clarividencia, Alberto Manguel ha señalado:
“Leer es una de las técnicas básicas de todo ciudadano activo en una sociedad llamada letrada. Para cumplir con ciertas responsabilidades cívicas y disfrutar de ciertos derechos sociales, un ciudadano necesita saber descifrar el código a través del cual la sociedad formula reglas, instrucciones, advertencias y anuncios de todo tipo […] Pero leer tiene también un significado más complejo. Leer […] es el arte de dar vida a la página, establecer con un texto una relación amorosa en la cual experiencia íntima y palabra ajena, el vocabulario propio y la experiencia de otro, convergen y se entremezclan como las aguas de dos ríos y se funden en un solo caudal.”
Ésa es la esencia del lector literario, de ese lector que da título a este libro.* Un lector competente que, cuando elige un libro, no se deja llevar por la publicidad o la información no contrastada; un lector que —antes de su elección— se interesa por el autor y el título, que mira la cubierta y lee el texto de la contracubierta, que busca el tema de que trata, que hojea el índice, incluso lee la primera página, porque es consciente de que un buen inicio puede “enganchar” a su lectura a los buenos lectores (en la historia de la literatura hay maestros de los inicios, como Cervantes, Pérez Galdós, García Márquez o Vargas Llosa); un lector que lee habitualmente, que tiene sus propios gustos y opiniones.
El lector literario comparte sus experiencias lectoras con otras personas (comenta, sugiere, reflexiona), sabiendo que todos los libros no les gustan a todos los lectores, que siempre hay un libro para cada lector. El lector literario casi nunca desaconsejará la lectura de un libro: dirá que a él no le gustó. El lector literario puede abandonar la lectura de un libro, aunque ya la haya iniciado, porque no empatiza con él —sencillamente, porque no le gusta—, sabiendo que eso no es un desdoro ni una frivolidad, sino un derecho.
En el libro que el lector tiene en sus manos se habla de muchos de los aspectos que son importantes en la formación del lector literario o que están relacionados con ese concepto de lector: la competencia literaria, la importancia de las primeras lecturas y de la literatura infantil y juvenil, de la literatura popular y las lecturas escolares, de los clásicos literarios y las prácticas escritoras, con espacio en los dos últimos capítulos para los nuevos lectores y para el placer de leer, algo —esto último— que, como se verá, sólo es posible en los lectores literarios, buenos lectores que han recorrido previamente un camino lector difícil y esforzado, pero lleno de retos.
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Este texto es el prólogo a El lector literario, de Pedro C. Cerrillo (Fondo de Cultura Económica, México, 2016).









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