Antonio Bello Quiroz
Lo bello es el comienzo de lo terrible que todavía podemos soportar. Rilke
El recién fallecido escritor José de la Colina, quien ganó en 2014 el premio Xavier Villaurrutia con su libro de ensayos De libertades fantasmas o de la literatura como juego, señala que su literatura siempre ha sido un ejercicio lúdico, un juego; se divierte con aquello que hace y juega aún con los trabajos que le imponen un compromiso moral. Quizá el narrador no sabía la profundidad que el psicoanálisis le daría a la relación entre el juego y la creación literaria.
La literatura y el psicoanálisis han mantenido vasos comunicantes desde la invención misma del segundo. La primera, inmemorial; el segundo, hijo de la modernidad. Sigmund Freud no tenía reparos en reconocer la deuda del psicoanálisis con la literatura, en particular con la poesía. Decía que el poeta se adelantaba al psicoanálisis. Hay un punto de convergencia entre ambos: nacieron montados en la palabra, inmersos en el lenguaje. Convergen, pero también hay divergencia; la separación es radical, aunque no por razones morales sino epistémicas: la literatura se mueve entre lo imaginario y lo simbólico; el psicoanálisis incluye la dimensión de lo real. Si hay convergencia y divergencia entre el psicoanálisis y la literatura en todo momento, entonces hay litoral.
La locura, por decir algo, al nivel de la palabra, es la playa donde psicoanálisis y literatura se encuentran y desencuentran. Tenemos muestras de aquellos que nadan en esa playa, saldos del litoral, James Joyce por ejemplo.
Joyce, a partir de la escritura, se hace un nombre que le permite nadar sin ahogarse en las aguas de la locura. El psicoanálisis teoriza sobre lo que ahí ocurre y le da un nombre al acto de salvación por la palabra, en lo más radical: sinthome se le llama a la escritura que opera como salvavidas.
Otro litoral entre el psicoanálisis y la literatura, quizá el más común, lo encontramos en el terreno de la fantasía. En diferentes momentos Sigmund Freud, el creador del psicoanálisis, se detiene en los mecanismos que operan tanto en la fantasía como en la creación literaria o artística.
Señalo aquí dos trabajos; hay más, cercanos en el tiempo (1907-1908), donde Freud observa de cerca los vínculos entre literatura y psicoanálisis, teniendo como escenario la fantasía y como motor el deseo. El primero es su estudio sobre El delirio y los sueños en la Gradiva de W. Jensen, escrito en 1906 y publicado el año siguiente, definido por su propio autor como “fantasía pompeyana”. Se trata de la ficción donde se sueña un sueño que nunca se soñó. Freud justamente se ocupará aquí de los “sueños nunca soñados”, aquellos que el artista hace soñar a sus personajes y que, por tanto, no pasan de ser una mera invención poética.
El otro texto de 1907 es El creador literario y el fantaseo, o bien, El poeta y los sueños diurnos. Ahí Freud confiesa que: “Los profanos siempre solemos sentir una viva curiosidad por saber de dónde, esa singular personalidad que es el escritor literario, saca su material creativo […] y cómo logra conmovernos con él, provocar en nosotros unas emociones de las que quizá ni siquiera nos creíamos capaces.” Más adelante, en el mismo texto, Freud nos da una pista, nos hace cuestionar si acaso “¿No deberíamos buscar ya en el niño las primeras huellas de la actividad o de la facultad literaria?” Vinculará entonces la creación literaria con el juego en tanto que, dice, “todo niño que juega se comporta como un creador literario, pues de algún modo se crea un mundo propio o, mejor dicho, inserta las cosas de su mundo en un nuevo orden que le gusta”. Tal es el núcleo del arte, por lo menos es lo que pone en palabras Albert Camus cuando dice: “Si el mundo fuese claro no existiría el arte.” El niño juega y se lo toma con mucha seriedad, no escatima en la cantidad de afecto que imprime al juego.
Así, mediante el juego, el niño y el creador literario crean una nueva realidad, quizá una que busca eludir las complicaciones de la realidad misma, sus carencias, sus fallas, en fin, sus insatisfacciones.
Cuando el niño crece deja de jugar, no sin resistencia renuncia al placer del juego, porque al hombre “nada le es tan difícil como la renuncia a un placer que ha saboreado alguna vez”. En fin, se espera que el niño al hacerse adulto le ponga límites al juego con objetos reales y en su lugar fantasea, construye fantasías que le avergüenzan y que apuntan a deseos pueriles no satisfechos.
Entre paréntesis, tendríamos que señalar que vivimos en una época pueril o de infantilización donde la noción de adulto se pone en crisis. ¿Qué es ser adulto en nuestros días? Lo dejo ahí.
Regresando, las fantasías son satisfacciones de deseos infantiles, una rectificación de la realidad insatisfactoria. En este trabajo, Freud describe el mecanismo que sigue el creador literario, para quien “un poderoso suceso actual despierta en el poeta el recuerdo de un suceso anterior, perteneciente casi siempre a su infancia, y de éste parte entonces el deseo, que crea satisfacción en la obra poética”.
Pero este mismo principio y lógica es posible aplicarlo a todo hombre y mujer, a la condición humana. En otras palabras, la reflexión freudiana nos permite decir que, como bien menciona Daniel Gerber, “lo que distingue al hombre no es la condición de ser creado a imagen y semejanza de la supuesta perfección divina sino más bien —comparado con otros seres— su imperfección; no algo con que cuente sino algo que le falta. Su carácter incompleto, de ser en falta, está en la base de su perenne inconformidad que hace de él un innovador, un transformador, un creador”.
La locura, la infancia, el juego, el deseo, el sueño, la palabra y el lenguaje son significantes que nos iluminan con su haz de significación los litorales entre el psicoanálisis y la literatura, entre el acto creador, leído en sentido psicoanalítico, de darse un nombre, y la creación literaria como una construcción de ficción, un mito, una realidad fantaseada, que “remedia” la insatisfactoria realidad objetiva.
Pero hay un litoral mayor aún entre la poesía y el psicoanálisis: un rasgo fundamental del ser humano, saberse mortal, encontrarse atravesado por la astilla del tiempo, poseer la certeza de su muerte y al mismo tiempo tener absoluta existencia sobre el lugar y condición en que acontecerá. No queda sino anticiparse. La cultura, y la creación artística como parte de ella, son anticipaciones a esa condición ineludible que constituye la muerte. Se atribuye a Alejandro Magno la frase que dice, hablando de la muerte: “mientras llegas, te espero combatiendo”. Hay quienes han querido leer: “mientras llegas, te espero escribiendo”; en realidad no hay mucha distancia: escribir es combatir, lo mismo que combatir es otra forma de escribir, quizá como el combate del amor que no cesa de no escribirse, como dice Lacan.
El acto poético tiene como trasfondo a la muerte, el psicoanálisis no es sin pensar la muerte. La muerte que es justamente de lo que está enferma la sexualidad, eros, es decir, la vida.
Quizá la conjunción de los elementos aquí expuestos y que tendrían en sus extremos al acto creador y la muerte, se pueden conjugar en aquellos creadores que terminan, se suicidan. En particular son de interés aquellos actos de los creadores artísticos que han estado en análisis. Quizá por un tiempo, breve o no, pero de cuyo pasaje tenemos constancia en su propio decir y, en algunos casos, de quienes les acompañaron desde la posición del analista. Ya nos ocuparemos de algunos aspectos de estas vidas (como la de Alejandra Pizarnik) atravesadas por la creación poética y el psicoanálisis.








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