Jesús Bonilla Fernández
En la entrega anterior sugerí al lector la necesidad de tratar el tema de los satrapillos. Gobernadores, decía entonces, que no asuelan la antigua Persia, como correspondería históricamente, sino nuestro territorio nacional, como corresponde a la actualidad diaria, evidente y asimismo aberrante.
En honor a la verdad, no ameritan el sustantivo sátrapas, sino llamarlos sólo así: pillos. Para hablar de ellos, y no darles mayor importancia que la que merece un kakós, aunque sean multitud, vamos a usar la tercera persona del singular o el sustantivo el interfecto, en el entendido de que cualquiera de ellos (actualmente en ningún estado hay ella) representa un caso paradigmático.
Para el interfecto cualquiera mexicano está interesado por asumir el cargo de presidente de la república, pues —supongo que supone— incluso al más alto nivel de la burocracia de élite el deterioro del salario es apabullante, mientras el resto de la población resiste con uñas y dientes la miseria que nos recetan mediocres tecnócratas educados en el extranjero para echar a perder nuestras mejores virtudes republicanas (si es que algo así pueda existir), llámense dichas instituciones Lycoming College, School of Law, Boston University o Harvard University Extension School, las cuales, como derroche común de imaginación, aplican para los países en desarrollo (tercer mundo, economías emergentes, blablablá) los preceptos anquilosados de Milton Friedman y CIA, que tanto mal han provocado a las economías de esos países y, si lo vemos bien, o si no al tiempo, a la misma economía del Imperio (ver Alfonso Cuarón y Naomi Klein, La doctrina del schock).
Además de tener una educación privilegiada, de excelencia, al interfecto cualquier empresa a la que dedica su tiempo le sale bien; es decir, es exitoso en cuanto hace, aunque adolece de un pequeño defecto: es un ladrón de cuello blanco y déspota como ninguno, quizá porque su mínima experiencia cultural y emocional (de generaciones, diría) le imposibilita ganarse la vida honestamente y tolerar las diferencias. Otra de sus “virtudes” es la belleza de las mujeres que lo rodean en su vida más íntima, y su inteligencia, apropiada para los requerimientos de cualquier telenovela, incluso la vida política nacional. Él, ahora en nuestro país, debe ser guapo: atrás quedaron los tiempos de las cualidades diferenciadas de Díaz Ordaz, Luis Echeverría, López Portillo, incluso Salinas de Gortari, por mencionar sólo algunos.
Aun así, en México existen personas que prefieren ser dignos bomberos y morir en una plataforma de Pemex o, en su defecto, tomar Buchanan’s, escuchar duranguense y bailar con la más bonita. Ya lo decía sabiamente Karl Kraus: “Tengo a la política por una forma de despachar lo más serio de la vida tan relevante como el tarot, como mínimo, y ya que hay hombres que viven del tarot, la aparición de un político de oficio es un fenómeno totalmente comprensible. Tanto más cuanto que éste gana a costa de los que no juegan…”
Ser presidente es un gusto del interfecto, entonces y él no parará en medios para conseguir ese fin. Lo que dice, respecto a que es la aspiración de todo mexicano, es humor fallido, apto sólo para su equipo más cercano (aplausos obvios), retruécano desesperado de zombi poseso de ambición. Es el cinismo de una falsa conciencia educada, para citar al filósofo Peter Sloterdijk: “Es la moderna conciencia infeliz sobre la que la Ilustración ha trabajado tanto con éxito como en vano.”
Ya que estamos, me gustaría citar a ese gran estudioso del poder, Elías Canetti, autor de Masa y poder (1960). En una discusión con Hermann Broch sobre el original de Auto de fe, novela del mismo Canetti publicada en octubre de 1935, declara lo que el interfecto finge ignorar: “En la práctica todo el que aspira a conquistar el poder sabe de qué modo tiene que manipular a la masa.” Para tal manipulación el interfecto recurre a especialistas, como politólogos, periodistas, analistas, demoscopistas, etcétera, toda esa caterva que pulula en las sociedades desde la muerte de Dios y el desfallecimiento de la filosofía que reseña Sloterdijk en su Crítica de la razón cínica.
Pero antes que todo, el interfecto necesita de la familia, sobada base de la sociedad, o el grupo. Generalmente la estirpe de quienes se dedican a expoliar regiones y países es producto de viejos cacicazgos, gente ávida de dinero, mezcla de usura, empresa, hampa y represión, cuyos productos son réditos económicos, tráfico de influencias, heredades políticas y económicas.
Un ejemplo de lo anterior es el imperio construido en Puebla por William Jenkins, imperio “regado con sangre”, quien de una u otra manera tuvo relaciones abyectas con el poder, tanto a nivel local como nacional (véase la recreación de Sebastián del Amo en El fantástico mundo de Juan Orol), con el servicio de personajes como, entre otros, Manuel Ávila Camacho (presidente), Gustavo Díaz Ordaz (presidente), Manuel Espinoza Yglesias (dueño de Bancomer) y el malhadado Maximino Ávila Camacho (gobernador), cuya ascendencia en las gubernaturas posteriores en Puebla cobijó hasta el final a los defenestrados Rafael Moreno Valle y Gonzalo Bautista O’Farrill, gobernadores poblanos de triste recuerdo.
El interfecto siempre habla de progreso y, la verdad, no puede ser de otra manera. Sin embargo, pensemos en esa visión moral, creencia fundamental de Norman Mailer sobre una buena sociedad: “que los policías mejoran y los rufianes también”.
Elías Canetti habla del miedo humano a ser tocado… Quizá de ahí venga la ley bala con sus muertos, la ley grafiti con sus muertos, la ley del agua con sus muertos, la ley expropiación con sus muertos, además de las decenas de presas y presos políticos y, el colmo: las amenazas a ediles, empresarios, universitarios, gente común de bien… y las cachetadas…
Ya que el presente texto derivó del político como lector de la suerte a delincuente, mientras la oposición acumula sectarismos y una serie de liderazgos anquilosados, yo me dispongo a presenciar cómo el interfecto se da tiempo para desgarrarse las vestiduras y darse de golpes de cubeta con el interfecto.
Sam Spade, el memorable detective de Dashiell Hammett, dice en una sociedad violenta: “Debería existir una ley que obligara a los criminales a entregarse.”
Alcoholes
Para triunfar en otros asuntos hay que demostrar cierta capacidad; para el ejercicio de la ley, lo que interesa es ocultarla. Mark Twain
El metrobús en Puebla es sólo una leyenda urbana. Minerva Contreras
Para ver La doctrina del schock:









No Comments