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El instinto del arte

· julio 16, 2015

Denis Dutton

 

Permitidme dedicar unas palabras a los animales. Tal vez algunos lectores adviertan que, aunque los animales aparecen en este libro para ilustrar procesos evolutivos genéricos, quedan excluidos del debate sobre las adaptaciones de orden superior que participan del instinto artístico humano. Se trata de una omisión deliberada. A pesar de que me considero un amante de los animales, me veo obligado a reconocer que no sirve de nada elevar los deliciosos garabatos de los chimpancés a la condición de arte en el sentido estrictamente humano que definimos en el capítulo 3.

En estado de cautividad, los chimpancés disfrutan dando brochazos de colores vivos sobre una superficie de papel blanco. De hecho, la alteración física de la lámina —la expresión de lo que el filósofo Thierry Lenain ha descrito acertadamente como la felicidad que siente el chimpancé al “desarreglar”— es la esencia misma del arte. Muchas “obras de arte” de chimpancés poseen cierto atractivo estético para nosotros porque los supervisores del experimento retiran las láminas en el momento oportuno; de lo contrario el animal seguiría aplicando pintura al papel blanco hasta que quedase totalmente emborronado.

Este juego seudoartístico constituye, en opinión de Lenain, una implicación puntual e intensa con el pigmento que no requiere ningún tipo de planificación ni contexto intelectual. El arte humano no sólo necesita el cálculo de efectos, sino también la intención de crear algo que queramos observar una vez terminado. En este aspecto, el contraste con los chimpancés es de lo más elocuente: cuando alguien los interrumpe, o abandonan la brocha por sí solos, los chimpancés no muestran ningún interés por sus obras y no se preocupan de contemplarlas.

El abismo que existe entre el “arte” humano y el de los chimpancés no debería sorprendemos: nuestros antepasados se separaron de ellos hace seis millones de años. El conjunto de adaptaciones que se ha convertido en el instinto artístico humano sólo tiene unos cien mil años, lo que supone apenas una sexagésima parte del lapso de tiempo que nos separa de nuestra vieja relación con los chimpancés. Han ocurrido muchas cosas desde entonces, tanto en su familia como en la nuestra.

A diferencia de los chimpancés, el único ejemplo de una adaptación animal que se aproxima a la creación artística humana se halla —curiosamente— en una especie tan remota del Homo sapiens que ni siquiera es un mamífero, y menos aún un primate. El tilonorrinco macho de Nueva Guinea se comporta de un modo que, si se tratara de un ser humano, podríamos considerar artístico. Su nido emparrado, que puede medir dos metros de alto o incluso más, está decorado con gran esmero, tanto en el exterior como en el interior. En el suelo y en las paredes interiores, el ave dispone de bayas, hojas rojas, varias flores, bellotas, plumas brillantes de otros pájaros, cascarones iridiscentes de escarabajos y, si entra dentro de sus posibilidades, incorpora desechos humanos a su nido: restos de paquetes de cigarrillos, tapones de botella, papel de aluminio u hojas de revistas.

Cuando todo está dispuesto, abre su nido emparrado al crítico más exigente: la tilonorrinco hembra. Sólo cuando la decoración de la “casa” satisface sus baremos de calidad, ésta le otorgará al creador de esa obra el derecho a aparearse con él. Lo verdaderamente extraordinario de esta clase de ave es que un sexo crea un objeto decorativo, abierto a la imaginación, y el sexo opuesto lo contempla con ojos críticos. La otra especie animal que realiza algo parecido a lo que hace el tilonorrinco es la que, entre otras cosas, erige complejas galerías de arte en la isla de Manhattan y en otras partes del mundo.

Tal como explico en el capítulo 8, el deseo de impresionar a un individuo del sexo opuesto (para emparejarse con él) con muestras de creatividad artística o exhibiendo la propiedad de objetos curiosos dispuestos con cierto gusto, no es un rasgo desconocido en nuestra especie (“Te gustaría venir a casa para ver mis grabados al aguafuerte?”). Pero mientras esbozamos una sonrisa será mejor que no nos olvidemos de las diferencias. Según los baremos de cualquier animal, la actuación del tilonorrinco es extraordinaria. Sin embargo, al igual que sucede en el caso del chimpancé, el tilonorrinco no se muestra interesado por su creación cuando ésta ya ha cumplido su objetivo. Los nidos se construyen para satisfacer el juicio crítico de las hembras con una única finalidad. No forman parte de una cultura artística que deba conservarse, debatirse y apreciarse más allá del ámbito del apareamiento. En efecto, los nidos emparrados más fascinantes de Nueva Guinea son productos evolutivos que nos recuerdan a las torres Watts de Simon Rodia o a la Sagrada Familia de Antoni Gaudí en Barcelona. Pero estos logros arquitectónicos son diferentes en lo esencial, ya que parten del contexto de la cultura humana y la identidad sobre uno mismo.

El instinto del arte es un libro cuyos protagonistas son los seres humanos y los impulsos e inquietudes específicamente humanos que subyacen a nuestra cultura. Respetamos a otros animales en plena consonancia con el espíritu darwiniano, y los consideramos criaturas sorprendentes cuyas aptitudes se adaptan a sus maneras de vivir. Desde los nidos de castor hasta los montes de termitas africanas y los tilonorrincos de Nueva Guinea, los animales construyen objetos espectaculares y se comportan de un modo sorprendente. Ahora bien, los animales no crean arte.

——

Fragmento del libro de Denis Dutton, El instinto del arte, Belleza placer y evolución humana, Paidós, España, 2010.

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