Javier Padilla
Una de las estructuras más perfectas y sofisticadas que hay es el cuerpo humano. Está compuesto de aproximadamente cien billones de células: óseas, sanguíneas, nerviosas, cerebrales, por mencionar algunas. De hecho, hay más de 200 tipos distintos de estas microestructuras en un organismo humano.
En una inmensidad de moléculas, formas y funciones, las células constituyen una completa red integrada. El internet con sus millones de computadoras, satélites, líneas de transmisión y datos de alta velocidad, palidece a su lado.
Ningún invento humano es capaz de competir con la brillantez técnica evidente hasta en los tejidos más simples. Ahora bien, ¿cómo llegaron a existir las células? ¿De dónde salieron? ¿Cómo se inició todo?
Muchos científicos dirán que la vida se inició hace miles de millones de años, posiblemente en en la orilla de un cuerpo de agua con marea baja, o en el fondo del océano. Suponen que en un entorno así, algunos compuestos químicos se ensamblaron al azar para crear estructuras semejantes a burbujas, formaron moléculas completas y empezaron a reproducirse. Según esta tesis, toda forma de vida en la tierra se originó a partir de una sopa bioquímica. La comunidad científica conjetura que las primeras células, o sus componentes, llegaron a la Tierra procedentes del espacio, ya que los esfuerzos por demostrar que la vida puede surgir de moléculas inertes han sido infructuosos.
El profesor de biología de la Universidad de Bremen, Alexandre Meinz, dijo en 2007 que durante los pasados 50 años ninguna prueba empírica ha sustentado la hipótesis de la aparición espontánea de la vida en el planeta a partir de una simple sopa química.
Actualmente se sigue sustentando la teoría de que la vida siempre procede de la vida preexistente. Ahora bien, ¿es posible que en algún pasado remoto se violara esta ley fundamental? ¿Pudo surgir espontáneamente la vida a partir de materia inerte? ¿Qué probabilidades existen de que esto ocurriera?
Para que una célula se forme precisa la intervención conjunta de como mínimo tres tipos de moléculas complejas: ADN (ácido desoxirribonucleico), ARN (ácido ribonucleico) y proteínas. Pocos científicos sostendrían hoy que una célula viva completa se formó súbitamente por azar emergiendo de una mezcla de compuestos inanimados, pero sí hay probabilidades de que el ARN o las proteínas lo hicieran.
Un experimento realizado en 1953 en el Tecnológico de Massachusetts da pie a muchos científicos para creer que la vida se originó espontáneamente. El químico Stanley L. Miller obtuvo aminoácidos (los bloques básicos de las proteínas) enviando descargas eléctricas a una mezcla de gases que simulaba la atmósfera terrestre primitiva. Posteriormente se detectaron aminoácidos esenciales en un meteorito. Tales hallazgos significan que todos los componentes básicos de la vida se produjeron en el espacio exterior y no espontáneamente en un laboratorio natural dentro de un primigenio océano.
Científicos de la Universidad del Sur de California en la materia de biología molecular han imaginado que todos los componentes de la vida se encontraron ya en los meteoritos y podrían fácilmente formarse mediante experimentos parecidos al de Miller, pero éste no es el caso.
Los aminoácidos que se han encontrado en un meteorito también aparecen en células vivas; además se han sintetizado en los laboratorios de Atlanta y de la NASA en California; ahí ya han creado moléculas más complejas en experimentos controlados e ideados con minuciosidad. Lo anterior nos da pauta para pensar que en un futuro no muy lejano la bioquímica molecular logrará hacer células y tejidos perfectamente armados
Examinemos la molécula de ARN, formada a su vez por átomos que conforman el ácido ribonucleico. Son pequeñas moléculas llamadas nucleótidos; un nucleótido es distinto de un aminoácido y más complejo.
Nunca se ha detectado la presencia de ningún nucleótido, ni entre los experimentos con descargas eléctricas ni en el estudio de los meteoritos. La probabilidad de que una molécula autorreplicante se ensamble por accidente o casualidad en un mar de bloques químicos es muy pequeña. El hecho de que ocurra aunque fuera una vez, se consideraría una súper suerte, pero pudo ocurrir, como se comprobó en la ciudad de Ginebra en el laboratorio de física mejor equipado y más grande del planeta, con un experimento atómico-molecular denominado el “Proyecto de Dios”.
Las moléculas de proteínas resultan de la unión de aminoácidos y átomos de carbono e hidrógeno, que van de 50 a varios miles. En un orden altamente específico, la proteína funcional promedio de una célula cualquiera contiene 200 aminoácidos y hay miles de diferentes tipos de proteínas pero, sí existe la probabilidad de que una proteína de sólo 100 aminoácidos se formara, dando lugar al inicio de la vida en el planeta.
Por eso la mayoría de la comunidad científica del mundo no cree que la vida fue creada, sino que surgió al azar mediante complejos procesos dentro de un mar primitivo, cosa que aún no comprendemos del todo.









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