Hugo Hiriart
No es lo mismo el hueco, el vacío, que la nada. Percibimos un hueco: donde algo debería estar, no está, y decimos “ahí no hay nada” (doble negación sin táctica, no lógica, que dice muy propiamente “no está, hay nada”). Busco con la mirada en el café, mi amigo no ha llegado, percibo su ausencia, su “no estar” llena el café. En el hueco, lo ausente se hace presente y está ahí de algún modo. Es como una suma: si nosotros trazamos la raya debajo de unos números, ahí debe haber un número preciso, aunque no hagamos la suma y haya nada. El hueco es muy humano, duele, alivia, sorprende, nos llena de esperanza o de temor, atarea nuestra imaginación, está con nosotros y nos acompaña siempre en el está o no está y en el es o no es.
La nada es muy diferente. La nada no tiene nada de humano, es extraña y es horripilante. “Entre las grandes cosas que entre nosotros se encuentran”, escribió Leonardo da Vinci, “la existencia de la nada es la más grande”. Extrañas palabras. ¿Por qué dice esto Leonardo? Oigámoslo: “La nada mora en el tiempo y extiende sus ramas al pasado y al futuro, y con ellos toma para sí todos los trabajos pasados y todos los que aún no han llegado, de la naturaleza y de los animales, y no posee nada del indivisible presente. Ella no se extiende, sin embargo, hasta la esencia de ninguna cosa”. Y sigue: “Mis oponentes dicen que nada y vacío son una y la misma cosa, dos nombres distintos para algo que no existe separado en la naturaleza. La réplica es que cuando hay un vacío siempre habrá un espacio que lo rodea, pero la nada existe aparte de la ocupación de un espacio. Se sigue entonces que vacío y nada no son lo mismo, porque el vacío es infinitamente divisible, y la nada no puede dividirse porque nada puede ser menor que lo que ella es, y si tú tomaras parte de ella, esta parte sería igual al todo, y el todo a la parte”. Por lo tanto: “La nada no tiene centro, y sus límites son la nada”.
El mismo Heidegger ha preciado, no me acuerdo dónde, como cosa de inmensa profundidad y clarividencia esta mareante concepción de la nada del maestro Leonardo. Tiene algo de pavoroso. Y también de difícil, de cosa en la que habría que reflexionar.
Pero no quiero reflexionar. Mi hermano murió la semana pasada y estoy abrumado. He descrito la diferencia entre hueco y nada porque es reconfortante cuando tenemos el dolor de perder a alguien que es esencial a nosotros. El recuerdo de mi hermano genera un hueco alrededor de mí, pero en ese hueco no está la nada, sino el sentido mismo de las cosas.
Me explico con esta pequeña historia: Juan Sebastián Bach regresó de un viaje; durante su ausencia habían muerto su esposa y dos de sus hijos, y escribió en su diario: “Dios mío, no dejes que pierda mi alegría”.
¿Por qué escribió esto Bach? ¿Por egoísmo monstruoso? No, la alegría de la que habla Bach no se opone al dolor. El dolor y esa alegría pueden coexistir. La alegría de la que habla Bach se opone a la nada. Es, como dice Ingmar Bergman, quien cuenta en su autobiografía la historia, una alegría de Dios. Es decir, una alegría de que la nada no impera, de que hay Lo que Es. El dolor es, a veces, parte de esa alegría básica, de esa confianza que no se apoya, ni se puede apoyar, en nuestra pequeñas eventualidades y peripecias, y que expresa muy bien la palabra teológica “inamisible”. Inamisible es el bien que no se puede perder, inamisible es la garantía de que los tentáculos de la nada, de que habla Leonardo, que moran en el tiempo, no pueden adueñarse de todo lo que existe.
El hueco, la ausencia, duelen, pero no son absurdos ni desquiciantes, tienen sentido, nacen de nuestro comprorniso con los demás. Y si nos sentimos orgullosos de comprometernos y de amar, ¿por qué no vamos a sentirnos orgullosos también de nuestro dolor por su ausencia?
Como se ve, trato de consolarme, pero no puedo, no puedo.









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