John Updike
El hombre en bancarrota baila. En otras ocasiones, tal vez, canta. Ciertamente gasta dinero en restaurantes y deja propinas generosas. Entonces, ¿en qué sentido está en bancarrota?
Ha sido declarado en bancarrota. Él mismo se ha declarado así. Regresa de la City agitado y pálido, quejándose de las horas ocupadas con los abogados. Luego se sirve una copa. ¿Cómo paga por el licor en el interior de la copa, si está en bancarrota?
Somos demasiado tímidos para preguntar. La bancarrota es un estado sagrado, una condición, como dirían los teólogos, más allá de cualquier condición. Intentar investigarlo es, por necesidad, obsceno, como el espiritualismo. Sólo sabemos que ha entrado en él y vive más allá, en una condición que no es la nuestra.
Ahora baila en el baile de recolección de fondos de la Asociación de Alivio de los Sabañones. Sus talones se asientan con firmeza. La luz malva de los reflectores acaricia sus hombros. El cabello de su mujer resplandece como una colmena de oropel sobre sus hombros desnudos y su cuello suave. ¿De dónde saca el dinero para pagarle al estilista que carda y quema las puntas y la peina de una forma tan deslumbrante? Tenemos miedo de preguntar, pero no podemos apartar los ojos de la pareja que baila.
El hombre en bancarrota se compra una motocicleta. La conduce con ostentación todo el camino, de ida y vuelta, hasta Santa Barbara. Tiene una hermana en bancarrota en Santa Barbara. A lo largo del camino hay algunos detalles de negocios que también hay que aclarar, en Pittsburgh, South Bend, Dodge City, Santa Fe y Palm Spring. Estar en bancarrota es un proceso expansionista; siempre genera nuevos horizontes.
Todos queremos bailar con la esposa del hombre en bancarrota. La salud sexual se desprende de ella en remolinos, como la niebla en las praderas. Resplandece de la cabeza a los pies. Sus pies están calzados con zapatillas de cristal forradas de caracul. “¿Cómo se las arregla para mantener…?” Sofocamos el murmullo de nuestra atrevida pregunta en su vestido de noche; sus pechos ondulan, violetas y dorados, junto a nuestra corbata.
El hombre en bancarrota es elegido para un alto puesto civil y declina debido a la presión de los negocios. Puede vérsele apresurado en las calles dirigirse a algún lado, con papeles que parecen importantes volando de sus manos.
Ha sido demandado por cifras astronómicas. Ahora viste sólo ropa de moda —monos unisex, collares remplazables de porcelana, mangas de abrigo que en verdad se desabrochan. Va con el mismo estilista que su mujer. Todos sus hijos son gordos.
¿Por qué envidiamos al hombre en bancarrota? Ha descubierto algo de Norteamérica que nosotros debimos conocer desde el principio. Ha encontrado la premisa que nos ha esquivado a nosotros. En nuestra entrevista sus respuestas son lacónicas, seguras, pausadas, dichas con su brillante, conspiratoria, deliciosa voz de barítono.
P: ¿Cuándo supo por primera vez que estaba en bancarrota?
R: Pienso que desde que nací intuí que estaba destinado a ello. No lloraba, como otros infantes.
P: ¿Ve alguna posibilidad de no estar en bancarrota?
R: Desde el momento en que se declara la bancarrota, las leyes, locales, estatales y federales trabajan en armonía para erosionar esa condición. Algunos activos son exencionados, otros son protegidos. Para sostener la bancarrota es necesario que se hagan inversiones frescas y se cojan las oportunidades al vuelo. Un ojo avizor debe mantenerse en los indicadores económicos para que no se vaya todo el paquete a números negros. Estar en bancarrota no es un juego para hombres perezosos.
P: ¿Tiene algún consejo para aquellos de nosotros que no estamos en bancarrota?
R: [Con su acostumbrada brillantez]: Aflíjanse.
La entrevista concluye.
Otras citas apremian. Él y su familia deben hacer una aparición espléndida en el día de campo en beneficio de la Asociación de Lectores de Contadores Mecánicos. Uno al otro se dan uvas en la boca, riendo. Los niños, en sus uniformes de escuela particular, dan maromas en la hierba mullida. La mujer del hombre en bancarrota comienza a parecer gorda, la luz del sol motea sus hombros. Sólo él mantiene sus rasgos afilados, su apariencia de bronce. Gana el volado y capitanea a su equipo para jalar la cuerda; el otro equipo, de pequeños negociantes solventes en traje gris, cae a la zanja. Con magnanimidad, alarga su gran mano para ayudarles. Es elegido por aclamación miembro de la junta parroquial de todas las iglesias protestantes locales y come el primer pedazo del pastel de chocolate del bicentenario de la Asociación de Lectores de Contadores Mecánicos.
Eso nos lastima. Queremos destruir a este payaso de los libros mayores de contabilidad que rebota cada vez más alto en los tejidos de leyes que han de tragarnos a nosotros, que con la ligereza de araña trepa a las brillantes lámparas de la carpa y se sostiene ahí, con su brillante traje de trapecista, todo blanco, como el payaso burlón pintado de blanco que entre los aborígenes australianos entra y sale de las ceremonias sagradas. Esparcimos feos rumores, murmuramos que no está para nada en bancarrota, que está tan fuerte como la libra esterlina, como el dólar, que su bancarrota es una simulación. Él se entera del rumor y en un papel de oficina, membretado con letras grabadas en relieve, nos desafía a encontrarnos en West Main Street, en la esquina de la Esquina del Cambio de Divisas, bajo la estatua de bronce de Cyrus Shenanigan, el gran beneficiado de la guerra civil. Aceptamos el reto. Sentimos mariposas en el estómago. Miramos nuestro rostro en el espejo: cobarde y marchito, amargado por pensamientos egoístas.
Amanece. Sin coches estacionados, West Main Street parece inmensamente ancha. Los hombros del hombre en bancarrota eclipsan el sol. Se empareja con nosotros, voltea, con suavidad le da vuelta a los bolsillos de lino de su pantalón. En verdad están vacíos. Hurgamos en los nuestros y el tintinear de la plata es ahogado por el rugido de la chusma que observa. Habríamos sido desmembrados si el hombre en bancarrota, con su característica magnanimidad, no nos hubiera protegido con su abrazo fragante de colonia y su smoking gris asfalto y violetas del bosque.
En los vestidores escuchamos cantar al hombre en bancarrota. Su voz de barítono desprende los azulejos del muro como cascadas de fichas de dominó. Acaba de hacer un menos sesenta y siete, ha invertido el viejo récord del recorrido.
Él asciende porque va más allá. Negocia desde el fondo de la bodega. Construye castillos en el aire. Hace que Norteamérica crezca. Sus intereses se ramifican. Está en contacto con el petróleo árabe, con la bauxita jamaiquina, con la refrigeración antártica. Crea empleos para legiones de abogados. Monta en motocicleta. Arrastra a miles de acreedores tras él, conduciéndolos a horizontes que hasta ahora nunca habían soñado.
Él prueba que hay vida más allá.
Tomado de Hugging tbe Shore, Alfred A. Knopf Inc, NY, 1983 (Traducción de Luis Ocón)









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