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Espuma de los días 0

El hombre bajo la lluvia

· enero 23, 2015

Jesús Bonilla Fernández

“No puedo evitar plantearme esta pregunta: “¿Por qué me ha citado bajo la lluvia? A lo cual he de responderme: ¿Por qué no?” Es inevitable recordar a Boris Vian (1920-1959) con estas palabras. Son suyas y ejemplifican una de las extrañas paradojas de su arte: lo absurdo y la muerte.

Extrañas paradojas porque no se mueven, digámoslo, en el simple plano cartesiano tan caro a la cultura francesa y ni siquiera en el de aquella bagatela totalizadora, la dialéctica, que optimizaba la no menos famosa y cosmopolita lucha de contrarios: lo absurdo no es lo contrario de la muerte, como la vida no es lo contrario de la nada.

Sólo una amarga estupidez o un trauma cultural puede hacernos pensar la vida o la muerte como algo absurdo; la estupidez a secas, sin embargo, provoca que en ocasiones nos plateemos estas cuestiones dualizándolas o estableciendo relaciones biunívocas contraponiendo dos de las tres “cosas” que he mencionado.

Qué sano, entonces, el hombre bajo la lluvia. No tiene la menor importancia si acude o no a la cita, ni siquiera si quien lo citó aparece. La pregunta ¿y por qué no? establece por sí sola la premisa de una estrategia existencial soportable y las más de las veces diversa (no como aquellas estrategias fatales que describe Jean Baudrillard), consistente en no sacar conclusiones repulsivas del tipo sufrir es igual a aprender o juicios así de impotentes y confusos.

Por qué no, la siguiente conclusión de Boris Vian: “En la vida, lo esencial es hacer juicios a priori sobre todas las cosas. Es evidente, en efecto, que las masas se equivocan y los individuos siempre tienen razón. Pero hay que guardarse de deducir de ello reglas de conducta: éstas no tienen por qué necesitar ser formuladas para que uno las siga.”

Y por qué no, improvisar —ávida ya la conclusión— la espuma de los días, el arrancacorazones, la hierba roja o el otoño en Pekín en cualquier otro lugar menos en Pekín. Y por qué no, derrochar al tempo poesía, obscenidad, humor, como si él, Boris Vian, estuviera rodeado de negros en un centro nocturno, con una trompeta en las manos y la ironía de un lobo improvisando jazz.

Al fin y al cabo, que el lobo no es el hombre del lobo no es una conclusión infame.

Boris Vian improvisaba poesía y bebop, componía canciones y óperas, escribía teatro y era actor de cine. Ingeniero, escultor, amaba a Úrsula e inventaba aparatos sofisticados. ¿Por qué no, imprimir en todo ello la vena humorística del amor? “Existen sólo dos cosas: son el amor, en todas sus manifestaciones, con chicas guapas, y la música de Nueva Orleáns o la de Duke Ellington. El resto debería desaparecer, porque el resto es feo.”

¿Por qué no, exasperar a la sociedad gaullista de la posguerra, desesperada ya por encontrar un sentido incontrovertible a la vida, o la república o a lo que fuera? Un sentido en consecuencia a su seriedad, a su pesadez amodorrada como mancha de vino en el mantel de las buenas maneras.

Para poner un ejemplo de cómo pensaba aquella masa, la obra de Sartre (La puta respetuosa) es aceptada, si bien a regañadientes, mientras Boris Vian es hostilizado cuando se descubre que él es Vernon Sullivan, el autor de Escupiré sobre vuestras tumbas.

A pesar de la similitud temática de ambos escritores, la opinión pública se irrita con el desparpajo con que Boris Vian desarrolla las escenas violentas, de manera directa y siempre como un acto individual de sus protagonistas, justificado a priori, burlón y ajeno a cualquier clase de coerción social, oficial o no, como el racismo, la policía, el clero y la aristocracia o, simplemente, los padrotes.

La sociedad francesa aceptó a disgusto las pretensiones metafísicas de la náusea, pero rechazó de plano las intenciones patafísicas del vómito. Aceptó lo que fuera por inasible que fuera, siempre y cuando tuviera sentido, y abominó al individuo, al desertor bajo la lluvia.

No faltará quien, a más de medio siglo de su muerte, intente presentar a Boris Vian como un simpático campeón del posmodernismo. Otra paradoja quizá, pero, como dije, su estrategia no es fatal y su hiperactividad no tiene que ver nada con la hiperpasividad actual, la abulia nuestra de cada día.

 

Nota:

Recupero el presente texto como pretexto para nombrar esta columna como la épica novela de Boris Vian, La espuma de los días (L’écume des jors). Asimismo, quizá sea conveniente señalar que la sección Alcoholes sí hace referencia al libro de Guillaume Apollinaire, quien nunca dejará de sorprendernos por su generosidad poética y la certeza de que “nunca conoceremos bien a los mayas”. Otro trago: “Et tu bois cet alcool brûlant comme ta vie / Ta vie que tu bois comme une eau-de-vie.” [“Y tú bebes ese alcohol quemante como tu vida / Tu vida que bebes como una copa de aguardiente.”]

 

Alcoholes

No querría morir

Antes de haber conocido

Los perros negros de México

Que sueñan sin dormir […]

Boris Vian, “No querría morir”

 

En fin, no conté mis amores en una primera novela, mi educación en la segunda, mis purgaciones en la tercera ni mi vida militar en la cuarta; sólo he hablado de cosas que ignoro por completo. Ésta es la verdadera honestidad intelectual.

Boris Vian, citado por Noël Arnaud

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