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El héroe enamorado

· julio 24, 2015

Pablo Manuel Rojas Aguilar

Una voz inefable pronunció estas palabras: has sido castigado en el tiempo, has sufrido bastante porque fuiste el ángel del mal. Pero amaste una vez; entra en tu eternidad. El mal ya no existe.

Alfred de Vigny

Introducción

El Diablo enamorado fue escrito en 1772 por Jacques Cazotte en Francia. Durante el siglo xviii, la República Francesa comenzó a ser dominada por el espíritu cartesiano que tendía a expresar los conceptos puros hasta sus extremos. Fue en este siglo cuando la fe en Dios y en el bien casi se apagó; por lo que varios pensadores trataron de hallar un particular en las ideas opuestas, o sea, en Satanás y en el mal. Éstas no se conformaron con las intuiciones poéticas de los creadores, sino que fueron llevadas hasta las prácticas del satanismo y, por consiguiente, a la invocación diabólica, en torno a la cual gira la intriga de la novela de Cazotte.

Gérard de Nerval nos narra en la introducción de El Diablo enamorado la siguiente anécdota: un iniciado en los misterios de la cábala buscó a Jacques para reprocharle la exhibición de los misterios más ocultos que sólo un iniciado de primer orden puede saber, creyendo que era un miembro de su secta que los estaba traicionando. Pero no fue así, Cazotte ignoraba las revelaciones que había consumado en su Diablo enamorado, puesto que todo fue producto de su imaginación. La intención de Cazotte, según sus propias palabras, eran entretener al público y advertirle que debía tener cuidado con el Diablo.

 

La configuración del héroe

Según el libro del Génesis, forma Dios el cielo, la tierra, los astros, las plantas, los animales y al hombre. De igual modo, crea a los ángeles, arcángeles y serafines; todo lo que existe en el Cosmos es creado por Dios. Platón concebía a la eternidad como el ser eterno que debe proyectarse en todos los seres, utilizando al tiempo como la manera de hacerse visible. Es decir que todos somos parte de Dios, pero no en un solo instante, porque veríamos de frente su rostro; obviamente, no podríamos soportar esa intolerable carga y quedaríamos fulminados. El tiempo sería, entonces, la imagen móvil de la inmóvil eternidad, el tiempo vendría a ser, como dijo Borges, un don de la eternidad.

Dios creó el Universo, puso al hombre sobre la tierra y le ofreció todas las posibilidades de comportamiento o, como mejor lo dijo San Agustín, un libre albedrío. Dios omnipotente no crea el mal puesto que éste no tiene naturaleza, surge por el don divino de la libertad que el Señor otorga a todos los seres que crea.

Lucifer fue el primer autor del mal cuando se revela contra Dios o, como de manera más hermosa diría Dante, “cuando le frunce las cejas”. Sin embargo, aquí me surge una duda: si Dios es omnisapiente, entonces, ¿sabía que el arcángel perfectísimo, el más sabio, hermoso y alto de todos los ángeles, iba a desear ser como él y, por ende, dar paso a la perversidad? El gran pecado del Diablo, como todos sabemos, fue y sigue siendo la soberbia pues, conociendo sus grandes cualidades y su perfección, tan semejante a la de su creador, se sintió tentado a igualarlo y a derrotarlo para no obedecer. No obstante, si Dios todo lo sabe, era consciente de que creaba a su acérrimo rival, sin el cual no podría ser el Dios misericordioso y lleno de amor que conocemos, porque sin el mal no es posible el bien. Entonces, Dios no crea el mal, directamente: deja que alguien lo haga por Él. Cuando nos creó, sabía perfectamente lo que nos deparaba la vida; lo que me lleva a pensar que estamos determinados ya que seríamos, como entendían los estoicos, sólo unas marionetas de la voluntad divina. Satanás sería, en consecuencia, un agente de Dios, un instrumento con decisión eterna hacia el mal, por la voluntad divina, hasta el fin de los tiempos.

Coincido con Platón en cuanto a la concepción que tiene de la eternidad, pues me concibo como parte de Dios, igual que todos los minerales, que todas las plantas, que todas las bestias, que todos los hombres, los ángeles y el Diablo mismo. Cuando Lucifer fue vencido por Miguel y expulsado del Paraíso, fue lanzado a los abismos donde no existía felicidad alguna, sino todo lo contrario; de igual modo, se le otorgó el reinado de este mundo. La venganza del Diablo, luego de la venida de Jesucristo, consiste en precipitar las almas de los hombres hacia el mal, como se manifiesta en El libro de Job, en donde Jahveh dice a Satanás: “anda, ve y extiende la mano sobre mi siervo más justo, pero mantenlo con vida”. O sea que Luzbel estará en todas partes y en todo momento, subordinado a la orden de su creador, a fin de tentar a los hombres para que renieguen de Dios y lo adoren a él.

La religión católica nos ha ensañado a cuidarnos de Satanás, a no caer en sus tentaciones porque es el gran enemigo a vencer. No obstante, Cristo nos ha enseñado a amar a nuestros enemigos, por lo que (como bien lo enuncia Papini) un buen cristiano, más que odiar al ángel caído o temerle, debería saber quién es, comprenderlo y perdonarlo, acercársele con espíritu de caridad y de justicia para liberarlo de él y a nosotros de su maldad, pues Satanás ha renegado del espíritu, para él es todo materia y no aspira más que a triunfos materiales; y es así, a través de la materia, como tentó a Jesús y como corrompe a los hombres.

Es importante mencionar que Lucifer, luego de su caída, se hizo el Antidios: Dios es amor y Satanás es odio; Dios es creación y Satanás destrucción; Dios es luz y Satanás tinieblas; Dios es salvación y Satanás condenación. Sin embargo, el Lucifer de Dante llora, “llora por sí mismo, por su destino criminoso, llora tal vez de rabia y el llanto es siempre un signo de sensibilidad y de nobleza”. Esto nos indica que Lucifer no había perdido todos los rasgos de su naturaleza original. Esa brillantez de su origen se le presenta a Álvaro luego de que lo invoca en las ruinas de Portici: “Apenas hube terminado la invocación, una ventana de dos batientes se abre frente a mí en lo alto de la bóveda: un torrente de luz más deslumbrante que la del día prorrumpe por esa abertura”.

 

El héroe en la obra

Como se ha sabido desde la Edad Media, la mujer es el instrumento de perdición predilecto de Lucifer; ha sido la carnada de la que se sirve para adueñarse, a través de la lujuria, de las almas. Esto ha ocurrido a pesar de la enemistad que Dios había puesto entre la serpiente y la mujer, como lo señala la Sagrada Escritura: “Yo pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu raza y la descendencia suya: ella quebrantará tu cabeza y andarás acechando su calcañar.”

Pues bien, señores lectores, Belcebú en la breve novela de Cazotte, El Diablo enamorado, toma la forma de una mujer llamada, por Álvaro, Biondetta. Éste es un joven leal, honorable, fiel a sus principios y a la voluntad que debe ser aceptada por su madre; mas es seducido por algunas ideas cabalísticas, como la invocación de los espíritus, las cuales colman su alma de ansiedad, por lo que Álvaro invoca en las ruinas de Portici al mismísimo Belcebú. Luego de la invocación diabólica y de los servicios solicitados por el muchacho, Satanás adquiere una forma femenina de belleza imposible para seducir al joven español: “Había como una transparencia en el color de su cara; no podía concebirse cómo la dulzura, el candor, la ingenuidad podían unirse al rasgo de fineza que brillaba en sus miradas.”

Obviamente, lo que el Diablo buscaba era apoderarse del alma de Álvaro, cuya esencia era pobre en el sentido del pecado. Esto era atractivo para el maligno, que iba a recurrir a las artimañas utilizadas por las mujeres para corromperlo. Se convertiría el Diablo mismo en una mujer perfecta de carne y hueso.

A pesar de la atracción tan fuerte que siente el joven hacia aquel demonio sumamente sensual, se resiste fatalmente a entregársele pues está consciente de que es Satanás, y la relega. La deliciosa Biondetta se convierte en la heroína del relato. Se vuelve la mujer sufrida, desinteresada, sumisa y enamorada del hombre déspota que no tiene consideración alguna con ella. Le hace favores a su amado y éste le paga con desprecios. ¡Cuánto lloró la hermosa por aquel orgulloso español!

A la mitad del relato, Álvaro, igual que muchos lectores de esta obra, comenzó a creer que no se trataba ya del Diablo, sino de una mujer real. Un mal día, Biondetta es apuñalada por una enamorada de Álvaro, de nombre Olympia, y la creencia del joven se ratifica:

Los asesinos han desaparecido, con la ayuda de la antorcha veo a Biondetta pálida, bañada en su sangre, moribunda… No veo más que a una mujer adorada, víctima de una prevención ridícula, sacrificada a mi vana y extravagante confianza y abrumada por mí, hasta entonces con los más crueles ultrajes.

Álvaro, convencido de que Biondetta no era un fantasma y de que tenía la misma vida que él, llora amargamente y se lamenta de modo tal que renunciará a la vida si ella muere, pero si se salva: “Si me eres devuelta seré tuyo, reconoceré tus beneficios, coronaré tus virtudes, tu paciencia; me ligo a ti con los lazos indisolubles y cumpliré con mi deber de hacerte feliz mediante el sacrificio ciego de mis sufrimientos y voluntades.”

La hermosa sobrevive y le revela a su amado su naturaleza feérica: “soy sílfide de origen y una de las más considerables de ellas”, mas he decidido tomar un cuerpo humano para unirme a un sabio que no le teme a nada; obtuve un corazón para amarte y me destruyó tu repugnancia y tu odio.

Biondetta le pide a su amado que se le entregue sin reservas y para siempre. Álvaro se niega a hacerlo sin el consentimiento de su madre. Así pues, se dirigen hacia Extremadura para pedir la aprobación materna (para que el español se entregue por completo a Biondetta-Belcebú). Ahora bien, durante el trayecto, la hermosa comienza a comportarse de manera distinta con Álvaro, pues ya no era aquella mujer tierna, triste y sumisa, sino que se entregaba a los más vivos arranques de alegría. Además, este juego se mezclaba con caricias seductoras que Álvaro no quería evitar, pero su orgullo comprometido le servía de freno a sus deseos. En ese momento, se rompe el eje de una rueda del carruaje. Buscan ayuda en la casa de unos recién casados, donde les darán sus servicios luego de la fiesta a la que son invitados. Acabados los festejos, los anfitriones les procuran una habitación para que pasen la noche juntos como marido y mujer. Biondetta estaba realmente molesta con su amado por una conversación que tuvo con algunas gitanas (las cuales le advirtieron que corría un gran peligro). Álvaro, al no hallar modo de contentarla, se decide a no regresar al castillo de las Maravillas, donde habita su madre; antes bien, prefiere marcharse a París, a Roma, a Venecia, a donde decida su amada y esperar desde ahí el consentimiento materno. Luego de la decisión, Biondetta-Belcebú exclama con gran alegría: “¡Oh Álvaro mío!, he triunfado: soy el más feliz de todos los seres.”

Entonces, la máscara que había adoptado Belcebú, encarnándose en una mujer capaz de sentir, de gozar y de sufrir, transforma su esencia. El Diablo cae en su propio juego: se enamora de Álvaro.

¿He hecho feliz a mi Álvaro como él me ha hecho feliz?, pero no, yo soy la única feliz: él lo será, quiero que lo sea, lo embriagaré de delicias, lo colmaré de ciencias, lo elevaré al pináculo de las grandezas. ¿Querrás, corazón mío, querrás ser tú la criatura más privilegiada, someter conmigo a los hombres, los elementos, la naturaleza entera?

Álvaro responde que le basta tan sólo Biondetta, la mujer que colma los deseos de su corazón. No obstante, la hermosa, quitándose la máscara replica intensamente: “No, no, Biondetta no debe bastarte: no es ése mi nombre; tú me lo habías dado, me halagaba, lo llevaba con placer; pero debes saber quién soy… Soy el Diablo, mi querido Álvaro, soy el Diablo…”

Inmediatamente Belcebú, aún con el cuerpo femenino, le enuncia a su amado que era necesario engañarlo para que conociera la verdad y le promete colmarlo de felicidad si así lo desea, argumentando que no es tan repugnante como lo pintan. Le pide luego que coloque su varonil mano sobre el corazón maligno que lo adora:

“Deja que fluya por tus venas un poco de esa llama deliciosa que abraza las mías; suaviza, si puedes, el sonido de esa voz tan propia para inspirar amor […] dime, en fin, si te es posible, pero con la misma ternura que yo siento por ti: mi querido Belcebú, te adoro…”

Álvaro no ignoraba a quién se entregaba desde un principio, a pesar de que fue confundido por Belcebú; y éste, para hacer su vínculo más fuerte, se muestra cómo es realmente, para que sea adorado sin su disfraz. Álvaro lo mira y un terror glacial paraliza su ánimo; en consecuencia, al instante se desmaya. A la mañana siguiente, mezclando la mentira y la verdad, el sueño y la vigilia, aún susceptible del maligno, Álvaro visita a su madre.

Algunos críticos consideran que la obra es un tanto cuadrada y hasta cierto punto aburrida o poco sorprendente en estos tiempos, consideración certera si se le otorga una lectura puntual. Sin embargo, El Diablo enamorado estimula nuestro ser y lo cuestiona sobre aspectos metafísicos tan esenciales como el tiempo, el mal, la eternidad, el bien, el amor, la redención, entre otros.

La riqueza de una obra consiste en emitir juicios que van más allá de las intenciones de los autores. Esta riqueza se manifiesta en la novela de Cazotte y la ha hecho trascender durante más de doscientos años.

 

Epílogo

Ya se había citado con anterioridad el pasaje del Génesis donde se enuncia que la mujer nos salvará de Satanás; pero no sólo con una fuerza desmesurada podría lograrse este hallazgo, sino que también podría aplastarse al maligno con el exceso de amor. El Diablo, cuando se convierte en mujer, obtiene la posibilidad de enamorarse y de hacerse un todo con el que ama. Belcebú sintió ese amor que Dios siente por sus criaturas. Este sentimiento era suficiente para ser salvado por la infinita misericordia de Dios; este sentimiento lo hacía digno de volver a su naturaleza original: la de arcángel perfectísimo; este sentimiento acompañado del desprecio de su orgullo. No obstante, Baruch Spinoza ha dicho que “todas las cosas quieren persistir en su ser”, y el Diablo persiste con gran soberbia no aceptando su redención. Su decisión ha sido eterna y no desea ser salvado. Por consiguiente, Belcebú se retira de la partida y deja a Álvaro en paz.

Una de las más hermosas virtudes de Dios es dejarnos creer que somos libres; sin embargo, sabemos que no puede ocurrir nada sin el consentimiento del Todopoderoso, que estamos determinados a cumplir la voluntad divina. Si esto es así, si sólo somos unas marionetas de Jahveh, el Diablo debe cumplir estoicamente con la misión de ser la antítesis del bien, pues, sin el mal, Dios no puede ser; por eso creó a Lucifer, para manifestar su propio bien, pero también para delegar su maldad.

Desde este punto de vista, Satanás asume con infinita humildad su papel siniestro hasta el fin de los tiempos, hasta que se elimine el tiempo circular del cual nos salvará Jesús con su cruz. Cuando el tiempo sea suprimido por el Altísimo y todos volvamos a lo eterno, cuando se suprima este don que nos ha sido otorgado, el Diablo será salvado junto con todos nosotros.

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