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06 Mark Forsyth.
Palimsesto 0

El gran águila

· septiembre 13, 2019

Mark Forsyth

 

En el extremo más reciente de la historia rusa, Mijaíl Gorbachov lanzó una campaña prosobriedad en 1985; la Perestroika se estaba poniendo en marcha y él dio un paseo por los canales de televisión en los que incluso habló con parte del público. Uno de ellos se quejó de que cosas esenciales como la cerveza eran muy caras. Gorbachov le respondió que el alcohol no era “necesario” para la vida. Seis años después el comunismo ruso llegaba a su fin.

A los rusos les gusta beber. También les gusta hacer que los demás beban. Ésta es una tendencia que se remonta a épocas antiguas. Ya en 1550 el embajador del santo Imperio romano anotó:

Los moscovitas son verdaderos maestros en persuadir a los demás de beber. Si todo lo demás falla, alguno se levanta y propone un brindis a la salud del gran duque, por el cual los presentes no pueden no vaciar la copa … El hombre que propone el brindis se para en el centro de la habitación, a rostro descubierto, declara lo que desea para el gran duque o algún otro señor —felicidad, victoria, salud— diciendo que espera que quede tanta sangre en las venas de sus enemigos como líquido en su copa. Una vez vacía, pone la copa boca abajo sobre su cabeza y le desea buena salud a su señor.

Esta tradición les da a los rusos la inusual habilidad de imponer la borrachera. En casi todo este libro emborracharse ha sido opcional o prohibido o desaprobado o restringido a situaciones particulares y lugares que pueden ser evitados. Es cierto que son muchas las culturas las que tienen brindis en los que todos deben participar, pero éstas tienden a consistir en un trago o dos al comienzo de la velada (o al final de la misa). En un symposium o una taberna era necesario beber una vez que estabas ahí, pero ir no era obligatorio. También es cierto que siempre ha existido presión social a la hora de beber, odiaría haber sido el vikingo que pedía jugo de naranja, pero en Rusia la obligación de consumir grandes cantidades de alcohol es parte de los negocios, la diplomacia y la política.

En una discusión sobre Rusia siempre aparece el nombre de Stalin, lo que es curioso, ya que no era ruso y Stalin no era su nombre. El hecho de que Stalin gobernó con terror es bien conocido y el terror, por supuesto, llegaba hasta la parte más alta del Gobierno. Pero en la cima, al nivel de Beria, quien era el jefe de la policía secreta, y Khrushchev, Stalin gobernaba con terror y embriaguez.

El método era simple. Stalin llamaba a su politburó y los invitaba a cenar. La verdad es que no podían rechazar la invitación. Durante la cena Stalin los hacía beber una y otra vez; y de nuevo, porque no podían negarse. Khrushchev recuerda:

“Casi todas las tardes sonaba el teléfono: ‘Vengan a cenar’. Eran unas cenas espantosas. Volvíamos a casa al amanecer y de todas formas teníamos que ir a trabajar. … Las cosas no terminaban bien para la gente que dormitaba en la mesa de Stalin”.

Stalin sólo le estaba haciendo a su gabinete lo que los sóviets disfrutaban de hacerles a todos los demás. El pacto de Molotov-Ribbentrop de 1939 fue celebrado durante una cena que incluía veintidós brindis antes de que llegara cualquier tipo de alimento. Pero las cenas privadas de Stalin tenían una cualidad aún más traumatizante. Stalin reía hasta las lágrimas mientras Beria imitaba los alaridos finales de Zinoviev, cuya muerte fue ordenada por Stalin. El dictador limpiaba su pipa dándole golpecitos sobre la cabeza calva de Khrushchev antes de ordenarle bailar como un cosaco. El diputado comisario de defensa siempre terminaba siendo lanzado a un estanque.

El propio Stalin no bebía mucho. O al menos bebía mucho menos que sus invitados. Corre el rumor de que el vodka que tomaba era en realidad agua. Beria también intentó este truco, pero lo descubrieron. Al final se lo tomó de manera filosófica y dijo: “Tenemos que emborracharnos, cuanto antes, mejor. Si nos emborrachamos temprano, la fiesta terminará temprano. Sin importar lo que suceda, no dejará que nos vayamos sobrios”.

El punto de todo esto era que el politburó fuese humillado, que se enfrentaran entre ellos y que se les aflojara la lengua. Era difícil conspirar contra Stalin de cualquier manera, pero era mucho peor cuando tenías que emborracharte enfrente de él todas las noches.

Esto no era nada nuevo. La imagen del aterrador dictador ruso obligándote a tomar vodka tiene una larga y ocasionalmente entretenida historia. La principal diferencia entre Stalin y Pedro el Grande (1672-1725) es que Pedro tomaba tanto como lo que le imponía a los demás.

Las historias sobre cómo tomaba Pedro el Grande varían y son muy difíciles de creer. Un relato dice que tomaba una pinta de vodka y una botella de jerez al desayuno, después otras ocho botellas para continuar con su día. Otro relato tiene las mismas cantidades sólo que el brandy remplaza al vodka. Puede que esto haya sido posible. Pedro era un hombre corpulento de dos metros, lo que le puede haber permitido beber más de lo normal (y puede también que explique su obsesión con los enanos).

Si, en la práctica, Stalin había convertido al Gobierno ruso en una sociedad etílica, Pedro había convertido al Gobierno ruso en una sociedad etílica oficialmente. Primero creó la Compañía Alegre, una especie de parodia borracha de la corte real. Para ser miembro tenías que beber a la par de Pedro, que no era fácil. Tenía una especie de club donde cabían mil quinientas personas más su mono mascota y cada festín comenzaba con un brindis tras otro de vodka para asegurarse de que todos estuvieran completamente intoxicados antes de que llegara la comida.

La Compañía Alegre luego mutó al Sínodo de Locos y Bromistas, una parodia de la iglesia rusa. Pero estos juerguistas eran el Gobierno al mismo tiempo que eran la parodia borracha del Gobierno. Romodanvosky, el jefe de la policía secreta de Pedro, era miembro. Como Beria, era un borracho que imponía borracheras. Romodanvosky tenía un oso amaestrado que ofrecía a los invitados una copa de vodka y estaba entrenado para atacarlos si se rehusaban.

Pedro tenía un castigo particular para los que no bebieran: la gran águila, una copa gigante que contenía un litro y medio de vino. Los que eran sorprendidos absteniéndose estaban obligados a bajarla de un trago. Esto aplicaba a todos y no sólo a los miembros del sínodo. Pedro comprendía el valor de la embriaguez, el poder que implicaba imponerla y reducir a otra persona a un estado deplorable de embriaguez. Un embajador danés se encontró con Pedro el Grande en un barco y al poco rato no podía beber más. Intentó escapar subiéndose al mástil y escondiéndose entre las velas, pero Pedro se enteró y subió con botellas de vino en sus bolsillos y, en su boca, la gran águila. El embajador se vio obligado a tomar.

Pedro era ciertamente un gran hombre y aprobó varias reformas, especialmente contra las barbas, pero no era necesariamente un hombre agradable. El embajador prusiano dice haber visto con sus propios ojos a Pedro ordenar que le trajeran veinte prisioneros y veinte tragos. Luego se los bebió todos, marcó cada copa vacía, sacó su espada y le cortó alegremente la cabeza a un prisionero. A continuación le preguntó al embajador si quería intentarlo.

——

Fragmento del libro Una breve historia de la borrachera, de Mark Forsyth (Planeta, Chile, 2019). Título de los redactores.

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