Marco Julio Robles
La primera vez que leí a Carson McCullers recuerdo que sentí tanto un ramalazo en la sensibilidad, por la belleza de sus descripciones, como un golpe de ira por el cruel ambiente en el cual sus personajes quedan atrapados. Me introduje como lector de su obra a través de El corazón es un cazador solitario. Hermoso título que, tristemente, no es de su autoría sino una feliz ocurrencia del editor de su novela. De esos y otros detalles vine a enterarme muchos años después, al leer su autobiografía inconclusa: Iluminación y fulgor nocturno (Seix-Barral, 2020).
Además de la cuidadosa traducción de Ana María Moix y Ana Becciu, esta edición de la última obra de la escritora nacida en Georgia, Estados Unidos, en 1917, está acompañada por fotografías de la autora extraídas del archivo McCullers, documentación que se encuentra bajo resguardo en la Universidad de Texas, en Austin.
De la citada autobiografía —insistimos en ello— valen la pena las fotografías de la escritora que complementan el texto que ella misma dictó a familiares, amigos o secretarias. Imágenes en las que aparece junto a su piano; con su abuela y sus padres; abrazada a la hermana que la cuidó durante la larga convalecencia de sus últimos años. Y es que Carson McCullers tuvo una salud delicada a lo largo de toda su vida hasta que, en 1967, falleció en Nyack, Nueva York, debido a una hemorragia cerebral. También se reproducen algunas imágenes al lado su esposo, Reeves McCullers. A él se debe el apellido que, aun después de su convulsa vida de casados y de sus complicadas separaciones, la autora de Reflejos en un ojo dorado nunca abandonó.
Es abundante el material que ofrece McCullers en las primeras páginas de su autobiografía. Las inclinaciones artísticas desde una edad muy temprana, primero hacia la música y después, orillada por una situación económica precaria, a la literatura. Los cursos que tomó en la Facultad de Filosofía y Letras en Columbia University. Aquel amigo, cuyo nombre no recuerdo, que le habló por primera vez de Marx, de la lucha de clases, de los obreros y del valor de la mano de obra. La casa en el árbol en la que se escondía del mundo cuando éste le mostraba su rostro más oscuro; la misma casita de madera a la que iba una sirvienta negra, dulce y compasiva, para dejarle golosinas mientras ella seguía llorando. Sirvienta que nos hace pensar, inevitablemente, en la Portia de su primera novela.
El Sur de Estados Unidos con sus noches monótonas y sus días bochornosos, aparece retratado no sólo en su autobiografía, sino en gran parte de sus obras, incluida, por supuesto, El corazón es un cazador solitario (1940). Resulta difícil calibrar la importancia de una obra autobiográfica y la relación que la vida del artista guarda con sus obras si no se conocen antes estas últimas. Por ello, y tal vez también como pretexto para escribir sobre una obra que tan honda huella ha dejado en mí, compartiré algunos detalles de aquella su primera novela, siempre bajo la consigna de que su obra autobiográfica no justifica las obras de ficción ni las hace más comprensibles, pero sí enriquecen nuestro horizonte de comprensión acerca de cómo vida y obra se entremezclan.
En El corazón es un cazador solitario, la soledad de todos los personajes es un rasgo que hiere y apabulla. La historia comienza describiendo la vida de dos sordomudos que viven entre gente que los ignora. Spyros Antonápoulus y John Singer recorren cada mañana el mismo camino tomados del brazo. Al llegar a la tienda de abarrotes donde Spyros trabaja despachando en el mostrador, se toman de la mano con cuidado, también con astucia, y se despiden mirándose a los ojos. En la tarde realizan siempre el mismo recorrido. Hasta que la cotidianidad entre ellos se torna extraña, hecho que los separa de un modo irremediable. Singer abandona el departamento en el que vivían y, así, lo vemos llegar con sus pocas pertenecias a la casa de los Kelly, vivienda que hospeda huéspedes para salir avante con los gastos en los que el señor Kelly colabora poco.
A partir de ese momento, la historia que narra McCullers se convierte en un mosaico de personajes que luchan contra un ambiente y un orden que los oprime. El Doctor Coppeland, de raza negra, comprometido hasta la desesperación por los derechos civiles. Jack Blount, un luchador social que se interna en los medios obreros en pos de hacerles llegar el urgente mensaje de la mano de obra enajenada. Y Mick Kelly, la adolescente de poco más de doce años que alberga sueños grandilocuentes. Fantasías en las que se convierte en una gran pianista que viaja por el mundo, o aquella otra en la que toca en Nueva York y al terminar el concierto sus admiradores la invitan a un restaurante a comer sándwiches. Su vestimenta, su forma de conducirse y los intereses hacia los cuales dirige su atención, contrastan con lo que se espera de una chica de su edad.
Mick Kelly, ante lo artificioso del arreglo femenino en boga, prefiere la libertad, la autodeterminación. Construye sus propios instrumentos musicales. Acaricia con la imaginación el piano que algún día tendrá para ella sola y en el cual podrá tocar todas las melodías que a diario le atraviesan la cabeza. Pero los huéspedes no pagan a tiempo y el señor Kelly se encuentra superado por las deudas. Tan desesperado está que los carteles en los cuales anuncia sus servicios quedan a tal grado atiborrados que resulta imposible leer las ofertas anunciadas. Y justo en ese momento, en el que Mick Kelly entra a la vocacional, sus hermanas se enteran de una vacante en Woolworth’s.
El ambiente la empuja. El orden económico tan impersonal como severo la lleva de la mano, poco a poco, hasta la tienda en la que detrás de un mostrador, de pie el día entero, irá olvidando las melodías. La imagen del piano con el que soñaba se va empañando lentamente. Y los pantalones cortados sin ton ni son dan paso a unas faldas y unos tacones y unos aretes que la normalizan. De algún modo, empezando por la ropa y la sonrisa, hay que convertirla en una buena vendedora. Luego las comisiones por vender mucho y muy rápido. Y las pequeñas cosas que anhela al verlas a diario en los escaparates de la tienda (perfumes, revistas, ropa, maquillajes), la obligan a gastar lo que deseaba ahorrar para su piano.
Las piezas, una por una, encajan según el orden económico, político y social. El Doctor Coppeland, a punto de morir de tuberculosis, se ha convertido ya en un ser oscuro, insatisfecho, frustrado. Blount ante la incomprensión de los obreros se refugia en el alcohol, cada vez le resulta más difícil mantenerse sobrio. Mick Kelly se quita los aretes, se soba el lóbulo de las orejas mientras moviliza los pies fuera de su zapatilla. El día cae. La novela concluye y el orden socioeconómico no sólo persiste, sino que empaña y corrompe las ilusiones de los seres humanos.
McCullers pone ante nuestros ojos, a través de personajes concretos con los que podemos incluso identificarnos, la crueldad inveterada de un orden que para funcionar no depara en las cualidades específicas de las personas. Pasa por encima de ellos con el gesto glacial de lo que debe funcionar a costa de lo que sea, de las aspiraciones de una chica sureña de pocos recursos, de los panfletos que Jack Blount reparte sin orden ni decoro entre los obreros de la ciudad, de los innumerables negros que no reciben ni educación ni atención médica, ni reconocimiento humano. La crítica de Carson McCullers es evidente, y certera en la medida en que deja las preguntas en suspenso. Un suspenso que el lector debe subsanar, acaso, con una posible respuesta, o aún más, tomando postura.
Para quien conoce la obra de McCullers, descubrirá que su autobiografía se relaciona de modo íntimo con las obras de ficción, porque da cuenta de las atmósferas, las vivencias, los encuentros y desencuentros que la escritora tuvo que padecer para escribir novelas que lo mismo son una crítica feroz de la situación social en los Estados Unidos a mediados del siglo pasado, que textos de ficción en los que los personajes están trazados con tal maestría que casi podemos tocarlos o, más aún, enamorarnos de ellos.
Por otro lado, resulta imposible sustraerse a la tentación de insinuar que Mick Kelly es un personaje más biográfico que ficcional. Los detalles ofrecidos por McCullers de su vida y su infancia nos obligan a ello. Lo mismo sucede con muchos otros de los personajes que pueblan el espacio de la ficción y que en su autobiografía aparecen descritos de un modo semejante. O las relaciones que tuvo con su esposo, marcadas por la bisexualidad de ambos y el alcohol, rasgos que se exploran a profundidad en Reflejos en un ojo dorado. Obra que fue llevada al cine con Elizabeth Taylor, Robert Foster y Marlon Brandon, bajo la dirección de John Huston quien, dicho sea de paso, fue un buen amigo de McCullers. Llegados a este punto resulta válido preguntarnos si la obra de ficción copia a la realidad o las memorias de la escritora están atravesadas y reformuladas por la fe en los sueños, por el hábito de la ficción.
Sirvan, pues, estas palabras como invitación a sumergirse en la obra de una narradora esencial de las letras norteamericanas, ya sea a través de El café de la balada triste, El corazón es un cazador solitario, Reflejos en un ojo dorado o Iluminación y fulgor nocturno, a la cual, por cierto, lo único que le sobra, en su versión al castellano, es el prólogo de Elena Poniatowska que, con una prosa dulzona, repite de un modo deslucido lo que Carson McCullers dice de sí misma pero con su estilo inolvidable. Además, Iluminación y fulgor nocturno, como las otras obras de McCullers, no necesitan de prólogos que las alarguen ni de palabras que, insulsas o elevadas, intenten explicarlas.
Finalmente, aunque quizá esté de más repetirlo, hay muchas sensaciones y reflexiones posibles frente a una obra literaria como la de McCullers. Tantas, variadas y diversas como distintos son los lectores que se acerquen a ella. En mí generó, además de una infinidad de ensoñaciones y malestares, la inolvidable impresión de que el arte, el buen arte, es siempre subversivo, porque se sitúa en una tensión constante con los órdenes establecidos.









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