Antonio Bello Quiroz
Difícilmente un título podría ser tan puntual como el que lleva el reciente libro colectivo editado y publicado por la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, El frenesí sádico de la infamia (2019). Bajo la coordinación de Martín Alcalá, se reúnen en el volumen diez propuestas de lectura sobre un rostro de la violencia social presente en México, y en el mundo, desde hace algunas décadas y nucleado en los feminicidios y en la violencia que se ejerce contra los niños y todo aquello que represente lo femenino, lo diferente.
En la introducción se puede leer que se trata de propuestas de lectura e investigaciones realizadas por parte de académicos de diversas universidades, quienes impulsados por el cuerpo académico Estudios sobre Teoría y Clínica Psicoanalítica, desde diversas perspectivas y desde la singularidad de su estilo abordan cuestiones tan urgentes de pensar como son el uso de la infamia como estrategia de control de las mujeres (y de lo social, podríamos agregar, en las redes sociales que se han erigido como juez severo que se alimenta de infamias), tal como lo plantean Flor Gamboa y Lizeth Capulín. Por su parte Fabiana L. Bertin a partir de un caso propone un tema fascinante: la existencia de una mirada infame, que opera como un modelo cultural de transmisión generacional que se despliega en la educación familiar como caldo de cultivo para el atroz crimen del feminicidio. Víctor Novoa aborda las cuestiones de la sumisión obligada y el desprecio a las mujeres en México, fundamentalmente desde los usos y costumbres que las degradan. Es un trabajo que señala con puntualidad la paradoja que constituye el hecho de que vivamos en un momento donde desde lo jurídico y social se promulgan más leyes de protección a la mujer, donde se destina la mayor cantidad de recursos para combatir la violencia contra las mujeres, y donde se logra en diversos estados tipificar el feminicidio como delito, el resultado es contrario a lo esperado y se presenta un aumento de la violencia y el crimen hacia las mujeres. Desde el psicoanálisis, el autor deja al descubierto el sadismo infame de la sociedad patriarcal, que “velando por la restauración de los valores morales patriarcales apunta hacia la degradación moral y pública de las mujeres”. David Pavón-Cuéllar y Lizeth Capulín escriben con mucha puntualidad y ordenada exposición un trabajo que desde el mismo título clarifica los significantes que pone en relación Capitalismo, patriarcado y explotación sexual: explotar el alma para explotar el cuerpo. Plantean que si con el patriarcado y el capitalismo “el erotismo femenino deja de ser arma de liberación y se torna instrumento de opresión, es porque primero se le ha escindido en sexo y en amor, en sensación y en sentimiento, en cuerpo y alma […] es lo que les permite a los varones explotar el enamoramiento de las mujeres con el propósito de explotar su sexualidad. La explotación sexual es así el objetivo de la explotación amorosa”.
El coordinador del volumen, Martín Alcalá, profesor investigador de la Universidad Michoacana, escribe un texto donde buscará desarrollar la propuesta de que “es lo femenino (en tanto apertura al discurso del inconsciente y en tanto que letra a inscribirse) el objeto del psicoanálisis”. Alcalá propone que el discurso psicoanalítico, dado que opera a partir de poner en marcha y en acto el inconsciente, “es una erotología marginal de lo femenino, por su posición subversiva en relación a los discursos dominantes del saber, la verdad y la objetividad”. Este lugar de lo subversivo hace que lo femenino se organice (en hombres y mujeres) a partir de la lógica del no-todo, como oposición, objeción y negación del todo universal. Lo femenino, por definición, ocupa una posición de imposible, la letra que lo define falta, sólo se inscribe en lo real: lo femenino es lo real indecible. Plantea Alcalá: lo femenino “como letra nueva e inédita”. Es lo insoportable de lo femenino lo que hace que “desde las ideologías religiosas, políticas, económicas y criminales que, buscando el equilibrio y soporte del universal que representan (y por el que velan ciegamente), instauran una destrucción y muerte del otro diferente, por puro prestigio, por fama y reconocimiento en su pureza de alma que ama a su prójimo como a sí mismo.” Hay otros tres trabajos que abordan la crueldad y la infamia, ligada a la creación, como lo hace Marisol Ochoa, o el infanticidio a partir de la perversión en el tristemente célebre Gilles de Rais, según plantea nuestro amigo Juan Capetillo. Y se cierra con un interesante recorrido sobre la violencia, la pulsión de muerte y la agresividad en la sociedad contemporánea organizada desde el capitalismo, hecho por Sigifredo Esquivel Marín.
Por mi parte, abordo la compleja existencia de la misoginia (el odio ancestral a las mujeres) a partir de un epígrafe bíblico en Corintios 14:34 que sentencia: “vuestras mujeres callen en las congregaciones, porque no les es permitido hablar…” La infamia se relaciona con quien carece de fama, de crédito o quien queda fuera de la palabra (infante, por ejemplo, es el que queda fuera de la palabra) y con ello de la existencia que está hecha de palabras e historias que cobran fama, que se nombran. De esta manera, podríamos decir que la historia es el bien, lo que se nombra; el mal será entonces lo que no entra en la historia, lo no dicho, lo infame. En síntesis, lo infame es lo que tiene mal nombre, mala fama o lo que ha quedado sin crédito, proscrito, excluido, rechazado, perseguido, eliminado. La sexualidad, planteo aquí, constituye uno de esos elementos proscritos de la historia; más aún: lo excluido de la sexualidad es la sexualidad femenina; la historia no admite a esa más de la mitad de la humanidad que resultan ajenas a lo universal, distintas a lo Único, a lo Mismo, seres inasibles e inefables que resultan ser las mujeres. De ahí que no haya La mujer sino las mujeres, todas distintas, sólo accesibles una a una; no hacen serie. Un discurso sin sentido, eso es una mujer. La sexualidad femenina ha sido algo que ha incomodado a hombres y mujeres de todas las épocas, más aún cuando se muestra su costado insaciable. Lo femenino es lo infame, lo in-mundo de lo humano, lo sin lugar, lo sin texto, la letra que falta. La misoginia se nuclea en la invisibilización y, con ello, el silenciamiento de lo femenino. Pero ¿qué es lo que no se escucha en las mujeres? ¿Qué es lo que se infama, lo que en las mujeres tanto horror y rechazo genera? Dos cosas adelanto al respecto: por un lado, lo que se hace insoportable para el orden masculino, patriarcal, heteronormativo, etcétera, es que en el centro mismo de la constitución psíquica de la mujer se encuentra Nada. Lo indecible, lo que la acerca a Dios y al Diablo, eso que la hace lo más cercano a lo real. Por el otro, en tanto que, como sostiene Jacques Lacan, la mujer (lo femenino) es el síntoma para un hombre, no se sabe qué con ella, y esto es lo que se vive con recelo. Una y otra vez dejan en evidencia lo que siempre se supo y se negó, oculto y calló incluso con la muerte: ¡Gozan demasiado! (hablan demasiado, cogen demasiado, exigen demasiado, no tienen llenadera). Es justamente esta condición de gozantes sin límites, sin tiempo ni localización corporal, lo que no se soporta.
El frenesí sádico de la infamia es un libro rico en la diversidad de miradas sobre problemáticas que nos son dolorosamente actuales. Vale la pena acercarse a su lectura.








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