Antonio Bello Quiroz
Para el querido grupo de Torreón
El inventor del psicoanálisis, Sigmund Freud, señaló en 1930, en un trabajo de resonancias aún no agotadas que lleva por título El malestar en la cultura, que una de las tres fuentes del sufrimiento de los sujetos y las civilizaciones son las relaciones con los demás (junto con las fuerzas del exterior y el cuerpo). Esta fuente de sufrimiento que genera al vínculo entre las personas (como entre las sociedades, los pueblos, los países) se hace más cruda en cuanto las relaciones sean más cercanas (las guerras étnicas, entre muchas otras expresiones son muestra de ello). Con esta lógica, el vínculo amoroso sería la mayor fuente de dolor que se pudiera experimentar. Lo es en particular en una época donde ya no hay derroteros, construcciones discursivas que le puedan dar contenido y contención, cuando las formas del vínculo se han estallado. Una época donde, para utilizar una expresión de la psicoanalista francesa Colette Soler, no hay más mitos de amor.
Diversos han sido los mitos que organizan las prácticas del amor; la historia de las mentalidades nos lo muestra. En nuestra época el amor se practica de manera distinta a cómo se mostraba en la antigüedad. Para saber del amor en la antigüedad de Occidente tenemos tres fuentes, tres libros: la Biblia, en especial con El Cantar de los Cantares, El Banquete o sobre la erótica, de Platón y El arte de amar, de Ovidio Nasón, escrito en el siglo I después de Cristo. Sin embargo, a decir de Stendhal las concepciones del amor en Occidente provienen del mundo árabe medieval: “el modelo y la patria del verdadero amor hay que buscarlo bajo la tienda gris del árabe beduino”. El collar de la paloma, texto escrito por Ibn Hazm, un árabe cordobés, se menciona como el principal tratado de amor y las costumbres en las prácticas y usos amorosos hispanos-árabes del siglo XI.
Estos discursos generan sus modalidades y sus artes amatorias. Conocemos algunas de ellas hasta antes de la modernidad, incluso en nuestros días. Por ejemplo, el amor platónico, marcado por lo imposible, es el amor que ocurre sólo en lo ideal. O el amor cortés, con sus convenciones, gestas heroicas y secretos inviolables. También tenemos hasta nuestros días expresiones del amor romántico, que encuentra su fundamento en lo novelesco y promueve la ilusión de que existe, en algún lugar, aquella o aquel que nos completaría idealmente, pero hay que sufrir las desdichas para poder, por fin, alcanzarlo.
Con la modernidad el amor, mejor aún, las formas del vínculo amoroso, sufrieron un vuelco que ha dado lugar a una explosión de las modulaciones. El sociólogo Zygmunt Bauman acuña el concepto de amor líquido para referirse a la fragilidad de los vínculos humanos y amorosos que se viven en la llamada posmodernidad. Se trata de amores caracterizados por la fugacidad, la superficialidad, la utilidad, etcétera. Según esta lectura sociológica, estos vínculos endebles se oponen a las sociedades sólidas y cálidas, que serían las que se vivían en los principios de la modernidad, con la familia estable y extensa como modelo.
Son muchos los rostros del vínculo amoroso contemporáneo: es el caso del llamado poliamor, que implica la posibilidad de tener más de una relación íntima, incluso amorosa, con carácter de duradera, de manera simultánea con varias personas (incluso del mismo sexo), con el pleno consentimiento y conocimiento de todos los involucrados. Hay diferencia si el vínculo entre varias parejas es sólo de carácter sexual y ocasional, lo que se practicaría en el swinging.
Resulta claro que el vínculo amoroso no escapa a los mandatos de la época.
En nuestra cotidianidad se insta a que el vínculo con los objetos se reduzca a su utilidad; también con el partenaire operaría el precepto: “úsese y tírese”, como se trataría con cualquier objeto. El amor en nuestros días pasó del sufrimiento sacrificial al imperativo superyoico de goce de los objetos de placer que se suceden en una sustitución sin límites y sin renuncias, donde el otro, el partenaire, deviene en instrumento de goce, lo que implica un alejamiento de los lazos de amor.
Hay que señalar de paso que estos nuevos vínculos amorosos implican un creciente borramiento y desconocimiento de las diferencias en cuanto a las posiciones sexuadas masculino-femenino.
Colette Soler señala, en La maldición del sexo, que en nuestros días, pese a toda la variedad de artes amatorias, “algo no anda entre los hombres y las mujeres. Aunque se podría argumentar que esto ocurre desde siempre, no es desde siempre que nos quejamos sobre esto”. Quizá ésta sea la diferencia radical entre los modos de amar de otros tiempos y la nuestra: ahora hay lugar para la queja, para la queja individual, más aún, la queja subjetiva, la que se hace a nombre propio.
A estos mitos del amor, desdibujados por los imperativos de la modernidad, se suma la invención del psicoanálisis como un discurso de amor. Un nuevo discurso de amor, diferente de manera radical a todos los demás discursos; se trata de un discurso inédito y tiene un nombre: amor de transferencia.
Si el psicoanálisis se asume desde su invención como un discurso de amor es porque se inventa y se estructura a partir de escuchar el sufrimiento amoroso-sexual de las histerias. Freud mismo en 1909, en la primera de sus Contribuciones a la vida amorosa, se interrogaba sobre las condiciones de amor, “bajo las cuales los seres humanos elijen su objeto y el modo en que ellos concilian los requerimientos de su fantasía con la realidad”. Dice ahí que el psicoanálisis se constituye a partir de un dispositivo clínico que se organiza para escuchar la estructura inconsciente que soporta el enamoramiento, el sufrimiento de amor, la muerte en la sexualidad, el amor y su fracaso.
Es evidente que algo en lo sexual no anda (como señala Colette Soler). Los feminicidios, la violencia en la pareja, los celos, las infidelidades, son botones de muestras de que algo no anda entre los sexos. Esta queja se escucha con mucha frecuencia en el consultorio de un psicoanalista; sin embargo, sin mucha dificultad, es algo que podemos ver en la “psicopatología de la vida cotidiana”.
La pareja, como bien se sabe, es una construcción histórico-cultural. Para estar a la altura en el análisis de las subjetividades amorosas de la época, es necesario interrogarse: ¿De qué sufre la pareja contemporánea, en dónde finca sus quejas, cuáles son sus malestares?
Las disimetrías entre los sexos, la tensión de ser dos, se hacen visibles, y sin ningún mito que las alcance a cubrir. Lo siniestro aparece en el vínculo amoroso. Sabemos desde Freud que la presencia de lo siniestro se da cuando aquello que, debiendo quedar oculto, se hace presente. Lo que ahora se hace presente (en buena medida por la existencia del psicoanalista) en la pareja es la diferencia, la diferencia entre los sexos. Lo que se pone a la luz es la constante constatación de lo que Lacan sentenciaba: “No hay relación sexual”, y no sabemos qué hacer con eso.
Quizá, ahora más que nunca, se tendría que buscar cumplir con el anhelo de Lacan, quien propone hacer un amor menos tonto. ¿Es posible un amor que sepa hacer con la imposibilidad de la relación sexual? ¿Cómo sería, si se puede dibujar, un amor menos tonto? Se trataría, podría pensar, de un amor que no tenga al sacrificio como condición, pero también que pueda reconocer un límite al mandato superyoico de gozar. El psicoanalista Jorge Alemán hace una hermosa y poderosa descripción de este amor más digno y cuya vía es del orden de la hazaña: “Es un amor que ya no hace de la soledad una tristeza, es un amor que ya no es impotente para captar la verdad de la soledad, a saber, que no hay relación sexual.”








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