Miguel Samsa
“Lo que Es permanece Siendo. El movimiento es su única naturaleza y nosotros sólo sus manifestaciones.” Éste es el único fragmento de la obra de Néstor Aqueménida —si ha de considerarse que la firma encontrada en el borde del pergamino es la de su autor—, de quien se especula que habría vivido alrededor del siglo VI a.C. en alguna de las ciudades griegas del Asia Menor.
El enigmático fragmento obsesionó durante más de tres décadas —las últimas de su vida— al filólogo Christopher Horseman, nacido en Londres en 1805 y que formó parte de varias expediciones arqueológicas en Turquía hacia mediados del siglo XIX. Fue durante una de dichas estadías cuando encontró el fragmento dentro de una vasija comprada, a un supuesto anticuario, en un bazar de Estambul. Horseman adquirió el recipiente atraído por su diseño, idéntico a los utensilios del periodo homérico. El vendedor, un turco de rostro indescifrable, aseguraba que la pieza había pertenecido al botín del mismísimo Aquiles, “el de los pies ligeros”. Es dudoso que Horseman, para entonces ya bastante familiarizado con los vestigios arqueológicos griegos encontrados durante las excavaciones en Turquía, hubiera tomado como verídica aquella historia, pero tampoco están documentados sus motivos para adquirir lo que, a todas luces, se trataba de una falsificación.
Esa misma noche, en la habitación donde se alojaba, revisó minuciosamente la pieza recién adquirida y encontró, adherida al fondo del recipiente, el fragmento de pergamino escrito en caracteres griegos. No le resultó difícil en modo alguno leer la frase ni identificar la estructura y estilo propios de las ciudades del Asia Menor del periodo presocrático. Horseman, en su juventud, había estudiado con ahínco los fragmentos de los filósofos griegos de ese periodo y por un momento creyó haber encontrado parte de alguno de esos poemas.
Tal convicción le hizo olvidarse de las tareas propias de la expedición de la que en ese momento formaba parte. Encerrado en su habitación, pasó jornadas enteras cotejando el nuevo fragmento con las obras de Heráclito, Parménides, Zenón, Epicuro, en su afán por identificar a cuál de ellos pertenecía.
Pero no sólo la autoría del texto le atormentaba. También, sin duda, su sentido: Néstor parecía plantear, en dos frases, una postura aún más radical que la de Heráclito. Renunciaba a la posibilidad de encontrar un principio ordenador de la Naturaleza, al menos a la manera en que lo postulaba el resto de los presocráticos. Consideraba que el cambio, la constante transformación era ese principio. Y tal posibilidad, para Christopher, abría infinidad de interrogantes. ¿Cómo era posible el conocimiento si lo único certero era la transformación constante? ¿No implicaba ese postulado de Néstor la imposibilidad de los conceptos, considerando que la función del concepto es fijar y delimitar lo esencial del objeto de conocimiento? Pero además, ese par de frases deberían corresponder a un texto más amplio. ¿Hacia dónde desarrollaría Néstor tal sentencia? ¿Cuáles habrían sido sus premisas? ¿O era justamente ésa la premisa de la cual partía un pensamiento que se había extraviado de manera definitiva?
Durante los años que siguieron, Chistopher agotó bibliotecas enteras en busca de referencias a Néstor Aqueménida. Ninguno de sus contemporáneos ni de los historiadores de la antigüedad grecolatina había registrado su nombre. Colmó la paciencia de sus colegas filólogos, de historiadores y filósofos que, intrigados primero, aceptaron apoyarlo en sus pesquisas y, al final, agotados, se empeñaron en demostrarle la inexistencia de ese personaje. Y aunque intentaron probar también la falsedad del fragmento, su autenticidad se mantuvo siempre probable.
Luego de veinte años de inútiles pesquisas, Christopher volvió al bazar donde hizo el hallazgo. El negocio del anticuario no existía más y ninguno de los comerciantes de la zona lo recordaba. Algunos, incluso, juraron que jamás un personaje como el descrito por Christopher había tenido un negocio en el mercado de Estambul.
Desalentado, el filólogo consumió los últimos años de su vida en nuevas traducciones de las dos frases halladas en el trozo de pergamino, siempre buscando algún giro lingüístico que arrojara algo de claridad sobre tan enigmático texto. Finalmente, internado en un hospital del norte de Francia, murió delirante, susurrando preguntas sobre las frases de Néstor Aqueménida.









No Comments