Antonio Bello Quiroz
Soy una persona importante, mejor dicho:
importantísimo. Soy el centro del universo y los
demás existen para dar vueltas alrededor mío.
Rocchini
Desde la llegada como gobernador de Puebla, Rafael Moreno Valle ha marcado un estilo de ejercer el poder: despótico con la prensa, intolerante a la más mínima crítica y un marcado autoritarismo que lleva a ser casi un gobierno de odio hacía “el diferente, lo diferente”.
El número de opositores crece, la imposición de obras que no gozan de la aceptación social y que atentan contra el patrimonio de la ciudad y el estado no cesan. La megalomanía se asoma por todo el estado.
Se practica en Puebla un estilo de gobierno en todo contrario a los valores de la democracia y el respeto a los derechos humanos. Lamentablemente este estilo no es un caso aislado, podemos incluso pensar que se inscribe en una línea de mundialización del odio. Las posturas fanáticas se ven en cada acto de gobierno, marcadas por una rígida actitud que no admite variaciones a sus caprichos y creencias fundamentales.
Cada contexto social crea su propio estilo de vida, sus jerarquías de valores y sus propias patologías. En la actualidad, en Puebla está marcado por un estilo narcisista de ejercer el gobierno, marcado por una imagen distorsionada de sí mismo (el gobernador ya se ve como futuro presidente); maquiavelismo, con una fuerte necesidad de obtener admiración de los demás; exhibicionismo engreídos y falta total de empatía, lo que provoca tener relaciones interpersonales superficiales o insatisfactorias. Se concibe, el narcisista, como de un origen diferente a los demás ciudadanos, hijos de una estirpe privilegiada, de ahí su despotismo que hace ver a todos los demás (incluso sus más cercanos) por encima del hombro.
Christopher Lasch, en su obra La cultura del narcisismo, señala que cada época desarrolla su propia forma particular de patología, y es la cultura narcisista la que marca la nuestra. Se muestra en un excesivo individualismo y actos discriminatorios para sostener una ilusoria superioridad de clase.
Así podemos ver que desde el gobierno del estado de Puebla se ve a los opositores a los proyectos faraónicos como opositores al progreso. No se escuchan las razones de tal oposición, son opositores y por tanto no merecen ser ni escuchados ni vistos, haciendo realidad lo que un innombrable presidente practicaba.
En el libro tercero de su Metamorfosis, Ovidio cuenta la historia del desdichado Narciso, quien fue producto de la violación del río Cefiso a la ninfa Liríope. El adivino Tiresias le vaticinó un triste destino al revelar a su madre que viviría una larga vida si no llegaba a conocerse a sí mismo. Su belleza atraía lo mismo a mancebos que a doncellas, destacando el amor de la ninfa Eco. El orgullo de Narciso le hará rechazar con desprecio e indiferencia a quienes le aman. Perseguido por Némesis, diosa de la venganza, Narciso se inclina a beber en una fuente y la venganza hace su efecto: el joven se enamora de aquel que cree ver a través del agua. Al querer abrazarlo, perece ahogado.
Etimológicamente Narciso significa “El atontado”. Nace de una violencia, nunca ha conocido a su padre y, según el oráculo, “vivirá si no conoce quién es”. Es decir, sobrevivirá sólo si mantiene una imagen distorsionada de sí, sólo vive de impresiones, y por ello no sabe quién es ni cómo se siente.
El estilo de gobernar narcisista está, entonces, condenado a vivir de la imagen, de verse a sí mismo como quien trae la salvación, el progreso. El estilo de gobernar narcisista está “atontado” con su propia imagen.
Havelock Ellis utiliza por primera vez en 1898 el término narcisismo para describir la tendencia a estar enteramente absorto en la admiración de sí mismo. Otro teórico, Nake, emplea el término narcisismo para referirse a una patología sexual en la cual la persona trata a su propio cuerpo como objeto sexual: lo maquilla, lo viste con extremado cuidado. Más tarde se le agregan a esta patología características como la grandiosidad, el deseo de gloria y la incapacidad de amar. Ernest Jones describe al narcisista como alguien con “complejo de Dios”, caracterizado por una excesiva admiración por sí mismo, con fantasías de omnipotencia. El psicoanalista Sigmund Freud va a profundizar en el concepto de narcisismo y lo planteará como una etapa de la constitución del sujeto y lo va a relacionar con diversas expresiones como la esquizofrenia, homosexualidad, megalomanía, hipocondría, etcétera.
El estilo narcisista de gobernar, como lo podemos ver en Puebla, estará marcado por un culto a la personalidad, ambición extrema y la nula conciencia de los demás. Las consecuencias sociales, culturales, de libertad de expresión, de democracia son palpables, las cárceles se van llenando de opositores que eran blancas palomas hasta que, vaya ocurrencia, se expresan reticentes a los planes de quien gobierna; entonces, por arte de magia jurídica se convierten en pillos de siete suelas. Vivimos tiempos aciagos siempre que se practica el estilo narcisista de gobierno, y parece que en México se ha hecho pandemia.








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