Pablo Manuel Rojas Aguilar
David Hume de Edimburgo mencionó en uno de sus ensayos que la parte refinada de los hombres que no está inmersa en la vida animal es aquella que ha elegido, como su naturaleza, las operaciones más elevadas y difíciles de la mente. Alfred Korzybski hablaba también de estos seres, y los diferenciaba de los vegetales y de las bestias, mencionando que los vegetales viven en una sola dimensión, acaparando energía; las bestias habitan en dos dimensiones, acaparando energía y espacio; mientas que los hombres viven en tres dimensiones, acaparando energía, espacio y tiempo. Estos seres modestos, que se hacen acompañar de los vicios y de la locura (según el orden impreciso del mismo Hume), poseen la categoría de “hombre” y su labor radica en acaparar tiempo y en disecarlo a través del arte.
Así, pues, los caballeros que ostentan la mencionada categoría tienen una responsabilidad “harto complicada”, como ya habrá notado el lector, puesto que las operaciones complejas de sus mentes no les permitirían, por motivo alguno, externar sus pensamientos si carecen de belleza y de rigor. En este sentido, podemos afirmar que el hombre (como mencionaba Agustín) solamente hablará si puede mejorar el silencio; si es capaz de impregnar cada trozo de su esencia en cada sonido que prorrumpa y sus palabras se hagan tan tremendas que hagan vibrar a quienes lo escuchen. Hablará sólo si en cada bocanada expulsa la furia colosal de su espíritu y si sus ideas resquebrajan, sin desmedro, las conciencias de quienes lo perciben. Si es capaz de lograrlo, entonces pedirá misericordia; si no, debe guardar silencio.
A este linaje ostentoso pertenece el escritor, pero su voz no es sonora sino gráfica y con ella busca alejarse de la fugacidad; se esfuerza por prevalecer en el instante donde se logra la transmisión del más alto fenómeno de la naturaleza: la luz que se desprende de la razón y surca el cosmos con su manto.
El escritor es el pensante, el hombre, el escultor del tiempo que es consumido por el tiempo; sin embargo, en su vasta acción mental, escudriña en el interior del instante para lograr permanencias y así hacer frente a lo efímero. Con lo anterior se convierte, pues, en el medio para idear, a través del arte, una finalidad sin fin que abre las puertas de las ideas.
No obstante, no debe pensar quien me lee que esta labor es sencilla y placentera. El mecanismo para concebir las ideas y entregarlas al mundo no es posible sin estropearse a sí mismo. Escribir es cosa tremenda: implica resolver un laberinto que involucra los astros, robar imágenes erróneas, que apenas se entrevén, para erigir monumentos; implica disecar la cronología, abandonar la materia y descifrar las “sustancias puras” del pensamiento que cincelan los muros indemnes de la eternidad.
Borges dijo que el apetito magnánimo del hombre codicia todos los minutos del tiempo y todas las variedades del espacio; que el que escribe se hace inmortal cuando logra que sus palabras se hagan “puras”; cuando ve el dolor y el hastío como instrumentos para convertir todo lo deleznable de la vida en algo que aspire a ser eterno. Así debe ser el escritor, como un tigre con el deber misterioso de justificar cada cosa del Universo; como un tigre que guarezca, en su piel rayada, la nota musical perdida de la pauta que hará vibrar las cuerdas del Mundo Músico; como un tigre que destroce su esencia con sus garras a fin de contener la decadencia de la eternidad.
¿No acaso la historia sería tiempo perdido sin esta labor aciaga e incesante?









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