Pablo Manuel Rojas Aguilar
He nacido platónico y concibo al lenguaje como un mapa del Universo; al Cosmos, como una realidad cuyo orden han entretejido unas manos inescrutables. He nacido platónico y, por lo tanto, comprendo que sólo las cosas que no son de tiempo prevalecen en el tiempo.
De los cabalistas he aprendido que la escritura es un texto sagrado en el que nada es casual, un acto creativo en el que la mano de Dios (con su inteligencia infinita) condesciende a la pluma de cada escritor para redactar un libro infinito, fluctuante como un río, circular, majestuoso, deslumbrante, atroz, en el que manifiesta su voluntad inquebrantable; en el que cada signo (en su menesterosa taxonomía) es una poética acabada. Por ende, toda escritura, y también nuestros actos, sólo son capaces de trazar fragmentos de la memoria sempiterna en las páginas de un libro absoluto, el cual, en su complejo entramado sintáctico, guarece el extraviado Número hecho de cifras frecuentes, que revelarán el Nombre, que es la clave de las parábolas, y el camino para acceder a la sabiduría inalcanzable. Sí, he nacido platónico; o tal vez sólo me hice a la idea de serlo, porque no sé hasta qué punto sea capaz mi entendimiento de aceptar la idea de una eternidad inmutable en la que la leonidad (como decía Schopenhauer) anhela vida y destino de leones por siempre; en la que todos los hombres somos una pieza del museo arquetípico, inmóvil e incapaz de inventar.
Digamos que me aferro a la idea de ser platónico, y que el intelecto de cada sujeto cognoscente es la copia despedazada de esa memoria inefable. Digamos que, al formar parte del Ser, tenemos el don de proyectar la eternidad con nuestros actos gracias al tiempo. Esto implicaría, razonando bajo la perspectiva fluctuante de Heráclito aunada a la platónica, consentir en que todos somos autores de la vida y de la verdad ya que todos seríamos, rigurosamente, el único Ser. Sin embargo, sería aceptar también que el dolor y la “muerte” son el infierno que nos calcina de manera perpetua.
Por lo tanto, preferiría renunciar a la idea de ser platónico y parte previsible de ese mapa atroz que traza el Universo. Antes bien, elegiría ser íntegro, dueño de una voluntad propia, ver al mundo como una serie de accidentes y sentir angustia por mi finitud. No obstante, he aprendido que nadie puede elegir qué ser, puesto que cada individuo está hecho de la misma sustancia que el tiempo, de esa sucesión en la que creía Tennyson, la cual opera como un río que fluye sin interrumpirse, que fluye entre las constelaciones, entre las vías, entre los campos, entre los mares, mientras todos duermen en la media noche; como un río que destila del pasado hacia el presente y luego hacia el porvenir; en el que las conciencias pasan de un estado a otro, creando el problema de lo fugitivo, creando la medida del movimiento que nos consume, lenta e irreversiblemente.
No es difícil comprender, entonces, que el tiempo es el enemigo que nos desgarra y nos consume, haciendo del dolor una imagen imperecedera que se nos otorgará, de manera paulatina e interminable, en un laberinto curvado. Por consiguiente, en mi escritura trato de sacudirlo, de renegar de él, de su mordaz sucesión que no cesa y que me hace su víctima pues, además de consumirme, arrebata mis anhelos, me engaña con la idea de ser un individuo cuando soy inmutable; porque me hace creer que doy lo que no tengo y la esperanza que no está en mí.
Con todo, comprendo también que a diferencia del Ser y del mundo, mi autonomía no está intocada por el tiempo. Por lo tanto, renegar de la sucesión temporal sería renegar de mí mismo; sería mi desesperación secreta por sentir ese dolor que no me abandona mientras diserto ideas utópicas (como la de ser dueño de una voluntad que me está vedada), siempre sin rumbo determinado, entre las aguas inconstantes del torrente ensayístico, casi cubriéndome la cabeza completamente.
Así, pues, no habiendo otra manera de vivir, más la que ya ha sido trazada en el libro infinito y, si ésa es la voluntad del Universo, debo asumirme como lo que soy, sin la posibilidad de escapar del tiempo que me destroza, ávido de instaurarme en la memoria infinita de la que soy su copia desmoronada, comprendiendo mi labor con lucidez: ejercitar mi pensamiento para crear las mentiras con las que me engaño, beber la cicuta de la copa sin protestar y, a cambio, enaltecer la voluntad del Inefable. Soy el que usa su intelecto para justificar lo que le hiere, las bestias cuyo poderío está en la cabeza, el desertor del pasado, codicioso del porvenir, víctima de la espada de Dios… Soy el ensayista.









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