Antonio Bello Quiroz
El cuerpo es un enigma. Es un significante habitado de un haz de significación. Casi todo pasa por nuestro cuerpo. Es nuestro gran Otro: nos resulta al mismo tiempo lo más propio y lo más desconocido. El cuerpo es nuestra mayor alteridad. Es una insoportable y angustiante paradoja saber que nunca nadie ha visto su cuerpo completo. El cuerpo se sostiene en una unidad ilusoria. Siempre parcial, el cuerpo es fuente inevitable de sufrimiento. No importa cómo se viva, si se tiene un cuerpo se sufrirá por ello, sentencia Freud. “Nadie, hasta ahora, ha determinado lo que puede un cuerpo”, decía Spinoza en su Ética. En el umbral de la Edad Media, el papa Gregorio Magno considera al cuerpo como la “abominable vestimenta del alma”. Para el antropólogo Marcel Mauss el cuerpo es “el primero y más natural instrumento del hombre”.
Censurado, reprimido, ocultado, denigrado, silenciado, pero al mismo tiempo exaltado, alabado, divinizado, el cuerpo es territorio de la contradicción. La gula y la lujuria, por ejemplo, son pecados que están ligados al cuerpo. El pecado original mismo es auténtico desafío del hombre hacia Dios, es un pecado sexual, un pecado que pasa y pesa sobre el cuerpo. Los primeros castigos recaen sobre el cuerpo: a Adán y a Eva se les impone el trabajo y el dolor. Además, la desnudez del cuerpo se vuelve oprobiosa y debe ser cubierta.
El cristianismo se propone esencialmente como una redención del pecado original. Jesús muere en la cruz pero antes sufre el escarnio de su pasión en “carne propia”. Jesús es Dios encarnado. Vence a la muerte y su resurrección funda el dogma cristiano de la resurrección de los cuerpos. Así, los muertos en realidad están a la espera de la venida del Señor que los levantará de su tumba donde duermen para llevarlos a la vida eterna. Precisamente la etimología de la palabra “cementerio” viene del griego koimitirion, de koimo, “dormir” y terion, sufijo de “lugar”. De esta manera, quienes mueren están a la espera de la resurrección de los cuerpos que sufrirán, si después del Juicio Final su destino es el Infierno, o bien gozarán de un cuerpo glorioso en el Paraíso.
El cuerpo es y ha sido objeto de devoción, cierto, pero también ha sido sometido a humillaciones inenarrables como penitencia. La culpa se busca expiar mediante el sufrimiento del cuerpo. Esto es llevado al extremo de la mortificación en el asceta que fue San Francisco de Asís, recompensado con los estigmas que lo identifican con el Dios sufriente en su carne. El cuerpo en el cristianismo ocupa ese doble rasero: exaltado y rechazado, venerado y humillado. El señalamiento y persecución de las “brujas” en la Edad Media ha sido esencialmente a partir de acusaciones de crímenes contra la sexualidad, la realización de abortos y la contracepción. Jules Michelet llama a las brujas “realidad caliente y fecunda” y las ubica como auténticas practicantes sabias de la naturaleza, la medicina y el cuerpo. Entonces, ¿cuál es el crimen? El Estado tenía fuerte interés en el incremento de la mano de obra (la barata, la plebeya), por lo que las mujeres que practicaban aborto o no concebían iban contra esta disposición e interés del Estado: ése era su delito. Esto son los inicios de la nueva feminidad, la propia del capitalismo. Se ejercería así un control del cuerpo de las mujeres por mandatos del mercado, lo que perdura en su dimensión “salvaje” hasta nuestros días. Sin embargo, la persecución mayor de estas mujeres fue por el uso sexual de su cuerpo. La sexualidad femenina, cuando no es reproductiva, se ve como un peligro. A las brujas se les acusaba de tener contacto carnal con el Diablo. De esta manera, según el manual de persecución de las brujas conocido como Malleus Maleficarum o El martillo de los brujos, el mal se encarna en la mujer ya que: “es más carnal que el hombre”, su sexualidad es excesiva. La sexualidad, sin el control del Estado, es un peligro. Desde que este sintagma se acuñó: sexualidad sin control igual a peligro, muchas son las prácticas disciplinarias y de control del cuerpo que sobre las mujeres se han impuesto. Silvia Federici en su libro Calibán y la bruja. Mujeres, cuerpo y acumulación originaria, va a desentrañar estos episodios inefables del nacimiento del capital a partir de la expropiación social dirigida esencialmente sobre el cuerpo, los saberes y la reproducción de las mujeres.
Michel Foucault va a interrogar la función del cuerpo inserto en la “microfísica del poder”. De esta manera realiza tres aportaciones insoslayables para entender la enigmática relación del cuerpo y las prácticas de biopolítica: Historia de la locura en la época clásica, El nacimiento de la clínica y su Historia de la sexualidad, para terminar con la joya del estudio de los métodos de disciplina y control del cuerpo que es Vigilar y Castigar. En estas obras nos revela paulatinamente las formas en que las relaciones de poder operan sobre el cuerpo, “lo cercan, lo marcan, lo enderezan, lo torturan, lo obligan a trabajos, a ceremonias, exigen de él signos”. Los mecanismos de control del cuerpo, enseña Foucault, pasan de castigar a vigilar. La función más elevada del poder ya no es la de matar sino la de investir la vida en su totalidad. Se abren las puertas a la sociedad de control que hoy vivimos y padecemos a partir de dominar el “saber del cuerpo”, sus costumbres, sus hábitos, sus gustos, etcétera.
No se nace con un cuerpo. Nadie nace con la noción de su cuerpo. Al nacer no se sabe que se es hombre o mujer, que son nuestros el pie, la mano, el cuerpo que se ve, etcétera. ¿Cómo entonces se llega a habitar la carne propia? Es una pregunta que no acepta respuestas fáciles. Se tendría que señalar en principio que no hay nada que garantice que un cachorro humano, dejado al nacer a su suerte, pueda desarrollar evolutivamente ningún carácter o condicionamiento humano. A diferencia de prácticamente todos los animales. Lo humano va más allá del instinto y de la herencia genética. Podemos decir entonces que no se nace con un cuerpo, nos hacemos de un cuerpo. Y este hecho no puede ser sino mediante la intervención de otro cuerpo. Pero no cualquier cuerpo, no: se trata de un cuerpo que habla. Es a partir del Otro que se nos constituye un cuerpo, un cuerpo que va más allá de lo biológico, un cuerpo de palabras. Si no nacemos con un cuerpo, hay que apropiarse del “propio” cuerpo. Se trata de un proceso que no se hace una vez y para siempre sino uno que tenemos que repetir cotidianamente.
La sexualidad y la muerte, con la modernidad, han tomado al cuerpo como campo de batalla. El cuerpo es caja de resonancia de las pulsiones: la angustia es el sello de su “falla” estructural. Si, como dice Freud, nacemos en condiciones de prematuración y con el cuerpo fragmentado, entonces la unidad del cuerpo sólo es una ilusión imaginaria, constituida especularmente y que se producirá en un segundo momento, sólo gracias a la intervención de Otro. Visto así, y si nos atrevemos a llevarlo a su radicalidad, el cuerpo propio es una quimera, una mera ilusión racional. Esta ilusión nos proporciona una unidad imaginaria del cuerpo que nos permite decir “mi cuerpo”, pero la amenaza del cuerpo fragmentado siempre está acechando. En la psicosis se presentan fenómenos elementales de fragmentación del cuerpo que dan cuenta de la materialización de esa amenaza. Lo mismo podemos decir de la hipocondría y otros fenómenos de despersonalización profundos.
En fin, el cuerpo es un enigma quizá sin solución. Tenemos todos los elementos para decir que se trata, con el cuerpo, de convivir con lo siniestro en los términos que Freud lo plantea. Se trata de que somos portadores de lo que nos es más familiar y propio, y al mismo tiempo lo más desconocido y ajeno.








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