Antonio Bello Quiroz
¿Qué es el cuerpo? Un campo de batalla entre la sexualidad y muerte. Es la caja de resonancias subjetivas que nos muestra lo más conocido de cada uno y, al mismo tiempo, nos confronta con lo más desconocido y ajeno a nosotros mismos. El cuerpo es esa imposibilidad que habitamos.
El cuerpo es lo más propio y más extraño (y Freud a esto le llama Lo ominoso), es el continente del ser. Fuente de las pulsiones y enigma constante. Imposibilidad que se mueve. Medida de todas las cosas. El cuerpo, sin dejar de ser propio, tiene su propia estructura y funciones, ante las cuales el yo que lo representa se ve rebasado.
Baruch Spinoza señala, en su segunda proposición, en la tercera parte de su Ética: “Nadie, hasta ahora, ha determinado lo que puede el cuerpo, es decir, a nadie ha enseñado la experiencia, hasta ahora, qué es lo que puede hacer el cuerpo en virtud de las solas leyes de su naturaleza, considerada como puramente corpórea, y qué es lo que no puede hacer salvo que el alma lo determine.” Al filósofo le sorprende el cuerpo, los afectos de lo que es capaz un cuerpo. Para él estos afectos producen devenires que en ocasiones nos disminuyen la potencia de obrar y descomponen nuestras relaciones expresándose como tristeza o pasiones tristes, y, por el contrario, en otras ocasiones nos producen aumento de nuestra potencia y nos permiten vernos como alguien superior, pasiones alegres les llama. Quizá las vivencias extremas como el amor y miedo nos lleven a estos afectos.
Entre estas dos dimensiones nos coloca el cuerpo, nos conduce al cielo o al infierno. A Spinoza no le asombra el cuerpo, le asombra lo que puede un cuerpo, por esa potencia que escapa a la voluntad, a los mandatos del yo. El cuerpo y sus potencias es lo que asombra, el cuerpo y sus hazañas, sus afectos como él les llama.
El cuerpo es portador del enigma, es el misterio mismo que cada cual lleva en sí. El cuerpo y sus potencias nos revelan de la manera más explícita posible la existencia de una parte desconocida de sí mismo. El cuerpo es uno de los rostros del Otro y sus inquietantes demandas. Una forma de ilustrar lo desconocido que nos muestra el cuerpo la encontramos al reconocer que no existe posibilidad alguna de que podamos ver nuestro cuerpo completo, siempre hay algo del cuerpo que queda en el lado oscuro. Los espejos, como los otros, son necesarios para que pueda mantener la ilusión de unidad de mi cuerpo.
Quizá en este sentido podamos reconocer que para el psicoanálisis, desde los primeros trabajos de Freud, el inconsciente no existe sin la relación con el cuerpo. El inconsciente es justamente esa dimensión de no saber que nos habita, esta dimensión no podría operar sin la incidencia en el cuerpo.
Es esta dimensión desconocida del cuerpo lo que le convierte en el objeto de mayor culto y también el de mayor denigración. Las técnicas de investigación médica o biológica, desde el Renacimiento, cuando el cuerpo dejó de ser una caja cerrada por fuerzas divinas, hasta la Revolución cibernética, han hecho del cuerpo el gran revelador de las causas de la muerte y motivo del control de la vida. Estas técnicas corporales no han sido sino expresiones del discurso del Amo, tal y como lo conceptualiza Jacques Lacan, que busca tener el control político, social, e incluso económico de los cuerpos en lo social. Los últimos intentos de este discurso dominante sobre el cuerpo han recaído en el campo de las neurociencias. Absolutamente todo se busca explicar a partir del estudio neurológico como garantía de afirmaciones o conclusiones objetivas y científicas. Se trata de nuevas formas de poder controlar el enigma planteado por Spinoza: ¿qué puede un cuerpo?
El psicoanálisis marca una radical diferencia con respecto al lugar que se concede al cuerpo. En principio se reconoce que el cuerpo no es una cuestión primaria en la vida de un sujeto, esto es, no se nace con un cuerpo, el cuerpo se construye en la relación con el Otro, en ese sentido se trata de algo secundario. Se trata, con respecto al cuerpo, de un hecho de lenguaje no simplemente un dato de la biología. Pero no es suficiente, será necesario señalar que la imagen está sostenida en un sistema significante. Así, el lenguaje es cuerpo, dice Colette Soler, y cuerpo que da cuerpo.
A lo biológico de lo viviente en el cachorro humano, el psicoanálisis, por la vía de la enseñanza de Jacques Lacan, añade la dimensión de la imagen y el significante. Para hacer un cuerpo se necesita un organismo vivo (que indudablemente nace en condiciones de prematuración), y además una imagen sostenida por el Otro; es en esta segunda instancia donde se produce la unidad del cuerpo: la imagen organiza al cuerpo.
Lacan enseña que el cuerpo al que llamamos nuestro cuerpo en realidad es un obsequio del lenguaje y, como el lenguaje mismo, está nucleado en el malentendido. Y quizá por ello, porque el cuerpo humano está más allá de los determinismos biológicos, y va más allá de los factores genéticos, es que escapa a todo intento de control y armonía. El cuerpo, como enseña Freud en El malestar en la cultura, es fuente de sufrimiento. Quien tenga un cuerpo, sí o sí, tendrá sufrimiento. Y en el ser humano será en dos dimensiones, uno en lo real, lo biológico del cuerpo, y en la imagen que el cuerpo le representa. Ambos sufrimientos sólo posibles de significar en tanto que van más allá de la carne y de la propia imagen al estar determinados por lo simbólico, por el lenguaje.
El cuerpo ha sido visto como una máquina, incluso hay quien dice que es la máquina perfecta; sin embargo, en el mejor de los casos, se trata de una máquina descompuesta, una máquina trabada, abierta, siempre sorprendente. La máquina propiamente dicha es un sistema cerrado; el cuerpo está abierto, es discontinuo.
Ante el enigma que representa el cuerpo, los discursos ordenaban sus quehaceres y con ello controlaban sus potencias; primero el discurso religioso hacía al cuerpo patrimonio de Dios, le pertenecía a Dios y a las potencias celestiales (lo que no era porque habían sido tocados por el diablo). Después la ciencia tomó la potestad de los cuerpos y también estableció dispositivos de control y disciplina: la psiquiatría y ahora las neurociencias son la expresión más terminada de esos afanes.
Sin embargo, en los tiempos que vivimos, posmodernos se les llama, donde el cielo se ha vaciado y la ciencia ha revelado su fracaso en la promesa de progreso y felicidad que le sostenía, los cuerpos se muestran deshabitados, sin sustancia, sin ideal que les mueva. Los cuerpos ahora están incomunicados y atrapados en la ilusión de una comunicación instantánea y permanente, se trata de cuerpos etéreos y evanescentes, cuerpos virtuales. Los cuerpos, separados del ideal que les permitía sostenerse en el lazo social, no ven más horizonte que el retorno al cuerpo mismo: el cuerpo ha devenido en objeto de culto para sí mismo.








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