Antonio Bello Quiroz
La virulencia y el encono (síntoma, le llama el psicoanálisis) que las mujeres generan no es cuestión nueva; la ola de feminicidios que azota México es una expresión más (no por ello menos importante) del odio que las mujeres han suscitado a lo largo de la historia de la humanidad: ¿Qué hacer con aquellas que ponen en cuestión el orden establecido? ¿Cómo vivir, ahora, con dos discursos cuando la humanidad casi toda ha vivido con uno solo? ¿Qué lugar damos a esa forma de Ser sostenida por poco más de la mitad de la humanidad? ¿Qué tienen las mujeres que ponen en cuestión a hombres y a mujeres? Ésas son cuestiones que se nos interrogan y que no aceptan salidas fáciles como “la renovación de los valores”, “el empoderamiento de la mujer” o simplezas semejantes.
1492 marcó al mundo no sólo por el descubrimiento de América sino porque la forma de pensar a la mujer se empieza a transformar radicalmente. En esta época Pedro Egidio y Tomás Moro escribieron su Utopía, es decir su Libellus… De optimo republicae statu, deque nova insula Vtopiae (Libro del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía) en 1516, sito cerca de las costas del mismísimo Ecuador, donde el mundo cambia su rostro. En este y muchos relatos utópicos, donde el pueblo es inocente, las mujeres y niños son propiedad del padre de familia, quien es el único autorizado para castigarlos y confesarlos se ensueña un mundo perfecto. Ahí, en ese mundo, para la mujer es el placer de la generación, placer espiritual donde estaría obrando bien en esta vida, regenerando la especie y garantizándose un lugar en la cocina, conforme a su condición femenina. Un mundo ideal donde hombres y mujeres, y toda la sociedad, vivirían en armonía. Desde luego, en un orden establecido desde lo masculino.
Pero en 1492 ocurrió algo más radical aún que el descubrimiento de América: el lugar de la mujer se movió radicalmente, y con eso el de la humanidad completa. Otro Cristóbal Colón hacía un descubrimiento asombroso, se trata de Cristobal Renaldo Mateo Colon, desconocido anatomista del Renacimiento, autor de De res anatomica, quien en sus exploraciones descubría el dulcedo apeleteur, es decir, el clítoris. Ocurre que este auténtico descubridor se enamoró de una prostituta llamada Mona Sofía, lo que lo lleva a inventar una pócima que le permita obtener los encantos de su amada. Ante el rechazo académico, este honorable médico no hizo nada mejor que investigar sobre la “misteriosa naturaleza de las mujeres”; lo hizo con prostitutas y con cadáveres diseccionados. Para el siglo XVI el buen Colon arriba a su propia “dulce tierra” bautizada como Amor Veneris, conocida después como kleitoris (que significa tintineo o cosquilleo), sobre el cual escribía: “El órgano que me fue dado descubrir presenta la apariencia de una verga y, además, como ésta, se yergue y se baja.” Este argumento, ni más ni menos, fue esgrimido para que se reconociera que la mujer tenía alma. Federico Andhazi, autor de El anatomista, escribe refiriéndose a Mateo Colon: “descubrió aquello con lo que, alguna vez, todo hombre soñó: la mágica llave que abre el corazón de las mujeres, el secreto que gobierna la misteriosa voluntad del amor femenino”. Sin embargo, un descubrimiento como éste no podía ser tan fácilmente recibido, la obra del descubridor fue anatemizada y desde luego que la Inquisición lo persiguió. No murió en la hoguera pero su obra fue censurada.
Bernad Moras, monje benedictino, quien escribe en 1583 su Summa de los pecados y su remedio, propone escribir la palabra mujer como acróstico. Así, MVLIER sería: M, mujer malvada que es el mal de los males; V, vanidad de las vanidades; L, lujuria de las lujurias; I, las iras de las iras; E (Erinias), la furia de las furias; y R, ruina de los reinos.
¿De dónde tanto encono? ¿Qué han tenido y qué tienen las mujeres como para que despierten tanto temor y odio? ¿Qué saber oscuro las hace estar en el lugar del Otro, del Otro radical que viene a poner en cuestión lo establecido?
La sexualidad de la mujer, obligada a ser ocultada no ha pasado, pese a todo, sin oposición, sin que sordamente se gestaran movimientos de rebeldía a la represión institucionalizada. Así surgió La querella de las mujeres, un complejo debate que atañe a la filosofía, lo político y lo literario, desarrollado al inicio de la Edad Media. El punto a debatir, como se puede pensar, es la inferioridad de las mujeres ante la superioridad de los hombres, según la vieja clasificación aristotélica. Se discutían entonces cuestiones como si la mujer debía o no maquillarse; los argumentos son sencillos: si la mujer se maquilla, dicen algunos, se hace cargo de su belleza, de sí misma, pero por otro lado, se dice que cualquier afeite es corregir la obra de Dios, por tanto un pecado, el de vanidad. Durante este movimiento, el primero propiamente feminista, las mujeres renunciaron al orden establecido, es decir, renunciaron al matrimonio y a la vida religiosa, que eran los únicos lugares permitidos para una mujer. La prostitución es el otro lugar que quedaba para una mujer. La radicalidad de estas mujeres querellantes (y de muchos hombres, hay que decirlo) llevó al grupo conocido como las Beatas, ubicadas fundamentalmente en la región de Flandes. Algunas de ellas, ante tal represión y segregación de la vida social, reclamaron ser emparedadas o “muradas”, es decir, practicar un enterramiento voluntario y así vivir entre muros y sólo por una minúscula ventana ser alimentadas por la caridad. Lo que se discute es que no hay sino una posición sexual, la masculina; la otra, la femenina, no es sino sexualidad atrofiada.
No se trata aquí de hacer un recuento exhaustivo de la posición de las mujeres en la historia de la humanidad, sin embargo, era necesario señalar que desde los griegos, fundadores de las mentalidades en Occidente hasta el siglo XVII la diferencia sexual no existía propiamente dicha (aun y que las mujeres ya eran perseguidas y señaladas por el sólo hecho de serlo). La sexualidad era concebida según el modelo masculino, así que las mujeres eran como hombres pero a la inversa (Galeno escribía: “Figúrese usted las partes genitales que se ofrecen a vuestra imaginación, no importa cuáles, retorne hacia afuera las de mujeres y repliéguelas aquellas del hombre y usted las encontrará similares las unas a las otras”). Aquellas que se oponían a ese orden tenían tres destinos: la hoguera, la prostitución o el pabellón psiquiátrico.
Hasta aquí parece que el Ser mujer se busca descifrar en la anatomía o su posición social, siempre queriéndolas equiparar a un modelo masculino.
Habría que esperar hasta que a finales del siglo XIX, en que aparece un médico vienés, Sigmund Freud, para quien el cuerpo se constituye en otra dimensión. Así, en 1905 publica un polémico libro: Tres ensayos para una teoría sexual, y produce un escándalo con tres propuestas fundamentales: la sexualidad infantil, el descentramiento de la homosexualidad como enfermedad y la aseveración de que no hay relación de completud entre el sujeto y el objeto de satisfacción. Y más aún, introduce desde entonces una diferencia sexual radical entre los hombres y las mujeres, asunto que trataré en mi próxima entrega.








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