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El engaño amor

· abril 28, 2017

Antonio Bello Quiroz

 

¡Amor, Amor, que por los ojos destilas el deseo,

infundiendo un dulce placer en el alma de los que sometes a tu ataque,

nunca te me muestres acompañado de la desgracia,

ni vengas a mi discordante! Eurípides, Coro de Hipólito

 

Para Heinrich Heine hablar de locura de amor es un pleonasmo; “el amor en sí ya es locura”. Si es como lo señala el escritor alemán, es indispensable preguntarse: ¿qué tiene o implica el amor que termina por introducir la locura? La locura aquí no hace referencia a ninguna estructura, se usa el término simplemente para consignar aquello que no se deja meter en razón, que no puede normalizarse. Para decir algo con respecto al amor y su condición inaprehensible, engañosa, resbalosa, tendríamos que iniciar por acercarnos a la condición narcisista del amor.

Hablar del amor, ese que es más fuerte que la muerte según el Cantar de los cantares, es meterse a un laberinto muy complejo de nociones oscuras. La definición que se encuentra en el diccionario de la Real Academia Española hace del amor un “sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro con el otro ser”, y en otra acepción se trata de un “sentimiento hacia otra persona que naturalmente nos atrae y que, procurando reciprocidad en el deseo de unión, nos completa, alegra y da energía para convivir, comunicarnos y crear”. En ambos casos la definición del amor nos hace pensar en el vínculo con el otro, con el partenaire con quien se buscaría completar ese “algo que falta”. El amor está entonces vinculado a la falta, expresada primero como “insuficiencia” y en la segunda acepción el amor está orientado a ese alguien especial que “nos completa”, y por tanto nos falta.

El diccionario de psicoanálisis de Roland Chemama consigna que el amor es “Sentimiento de apego de un ser por otro, a menudo profundo, incluso violento, pero que el análisis muestra que puede estar marcado de ambivalencia y, sobre todo, que no excluye el narcisismo”. A partir de 1914 el narcisismo deja de ser referencia exclusiva para la perversión (en lugar de tomar un objeto de amor o de deseo exterior a él, y sobre todo diferente de él, el sujeto elegía como objeto su propio cuerpo) para devenir en una forma de investidura pulsional necesaria para la vida subjetiva. Ya no se trata de una cuestión patológica sino una condición estructural del sujeto.

Como sabemos, Sigmund Freud en 1914 con Introducción del narcisismo hace del narcisismo ancla del amor. Instala al amor narcisista como eje de la constitución subjetiva. Freud va a mostrar que con frecuencia el amor por otro disimula (y aquí ya hay una primera dimensión del engaño) un amor mucho más real dirigido al propio yo. Es decir, el sujeto ama al otro en tanto que le devuelve de sí mismo una imagen favorable. Freud, en este trabajo va a plantear una división entre pulsiones yoicas y las pulsiones de objeto, y entre ambas hay una influencia recíproca. Como ejemplo nos señala el enamoramiento. En esta condición se produce un empobrecimiento de la libido yoica, esto a nivel tal que se presenta una “resignación de la personalidad en favor de la investidura de objeto” al extremo de provocar humillación en el enamorado. Escribe Freud: “El enamoramiento consiste en un desborde de la libido yoica sobre el objeto. Tiene la virtud de cancelar represiones y restablecer perversiones. Eleva el objeto sexual a ideal sexual. Puesto que en el tipo de apuntalamiento adviene sobre la base del cumplimiento de condiciones infantiles de amor, puede decirse: se idealiza a lo que cumple esa condición de amor.” De esta manera, amamos “lo que posee el mérito que falta al yo para alcanzar al ideal”.

Pero ¿de dónde proviene ese afán por alcanzar el ideal de una verdadera complementariedad, hacerse Uno, por la vía del amor? El anhelo de complementariedad con la pareja es lo que caracteriza al amor en la modernidad. “Dar lo que no se tiene” es lo que decía Lacan con respecto al amor, lo que indudablemente tiene que ver con el concepto de falta. Una vía para analizar esta frase es por la vía del Don, pero otra, que aquí seguiremos, hace referencia a que amar es mostrarse en falta, dejar al descubierto que algo quiere alcanzarse en el otro. El otro que al revelarme mi falta se vuelve objeto de deseo, como si el otro tuviera lo que me falta. Amor, decía Lacan, es lo que engaña. Es en el amor donde se crea la ilusión de que dos puedan hacerse uno.

El amor en su esencia ha sido definido por Lacan de diversas maneras, primero como un engaño en 1964, y en esa línea es designado como “falsedad”, cómo “negación”, incluso como un “monstruo”, y en 1971 como una “máscara”.

Lacan en el seminario de 1964, Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, va a priorizar la mirada (ahí donde freudianamente se distinguen dos pulsiones: el amor y el odio por un lado, y el exhibicionismo/voyeurismo por el otro) como el elemento significante por donde pasa el amor, aunque no necesariamente, de ahí que haga una analogía entre lo que ocurre con la pintura, en particular el impresionismo, y el espectador, y lo que ocurre entre el amado y el amante: el espectador será engañado de la misma modo que el amante. ¿Dónde está el engaño? En que el encuentro no sería fallido y que, fallido, no podría ser otra cosa. Jean Allouch cita al respecto esta frase de Lacan: “Demando una mirada; cuando ruego de este modo en el amor, es porque hay ahí algo fundamentalmente insatisfactorio y desde siempre fallido, porque ‘tú nunca me miras allí donde yo te veo’”. Es decir, lo que miro, nunca es lo que quiero ver, así el órgano que ve y la pulsión que incita a mirar nada tienen que ver, como no se puede reducir la sexualidad a la satisfacción de órgano, sino que se encuentra organizada en torno a aquello que en el amor se muestra como imposible de dar, para el varón, e imposible de ser, para la mujer: el falo.

Y aquí está la clave: el amor impide la satisfacción pulsional, lo cual no implica que esta se agote, de ninguna manera. Se muestra en su residuo, el objeto a, que le cosquillea al amor, lo desestabiliza, lo hace desbarrar. Evidentemente, en este momento el amado ha sido desplazado por ese más allá del objeto, ahora es el objeto a (objeto causa del deseo, como se le conoce), lo que va a ocupar esta función. Lacan así lo expresa: “te amo, pero porque inexplicablemente amo en ti algo más que a ti, que es ese objeto a, te mutilo”.

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