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El encuentro amoroso: la suerte, el azar, y el más allá

· junio 23, 2017

 

Antonio Bello Quiroz

 

Para Valeria, porque sabe algo de mí que desconozco

 

… no existe azar alguno como no sea en una determinación de lenguaje, y ello bajo cualquier aspecto en que se le conjugue, de automatismo o de encuentro. Jacques Lacan

 

¿Qué hace al psicoanálisis ser hoy más vigente que nunca? Muchas pueden ser las respuestas; una primera es que se trata de un discurso, el único quizá, que le da un lugar a la singularidad del sufrimiento sujeto. Se trata de una disciplina clínica que hace al inconsciente su objeto de estudio, y con ello abre un espacio donde los prejuicios se ponen en suspenso para poder escuchar a la palabra en su potencialidad, incluyendo su carga destructiva. Se trata de un espacio donde se produce una transformación radical del analizante, deviene sujeto. Se trata de un dispositivo donde se produce un encuentro amoroso, quizá el último reducto donde se pueda hablar de amor.

El psicoanálisis es esencialmente un discurso de amor, un espacio que se propone como un oasis donde el amor puede escucharse sin coartadas morales o éticas, con todas sus contradicciones y titubeos.

Es quizá por ello que la disciplina inventada por Freud nos ha enseñado que en cuestiones del amor, el encuentro con el objeto amado, con la pareja amorosa, lo que sucede como al azar va al encuentro con el fantasma.

El encuentro amoroso, para llamarle por su nombre, es un verdadero enigma; el psicoanálisis nos revela que no se trata de un encuentro causado por el pensamiento, como lo propone Aristóteles, quien sostiene que se trata de un encuentro con la fortuna al azar. Aristóteles le llama tyche a este encuentro. Freud avanza en despegar al amor del azar y sostener que todo “encuentro en realidad es un reencuentro”. Es decir, lo azaroso no es tan al azar, algo de repetición tiene, algo de inconsciente. Jacques Lacan da un paso más radical aún: propone que en el encuentro amoroso lo que ocurre como al azar es un encuentro con lo real, que al ocurrir a nivel inconsciente supone una elección del sujeto, elección sí, pero no desde el pensamiento como quiere Aristóteles sino desde el inconsciente. No es sólo el pensamiento o la repetición sino el deseo lo que se juega en el encuentro con el objeto de amor.

En el encuentro amoroso no hay lugar para la casualidad sino para la causalidad inconsciente. Es cierto que todo encuentro es un accidente, pero el encuentro amoroso se transforma en un accidente que pasa a ser causa del ser. El amor es hacer del azar destino, señala Julia Kristeva.

Aristóteles, en uno de sus primeros tratados, conocido como La física, se refiere a los conceptos tyche (la fortuna, sea buena o mala) y automaton (azar) como dos causas adicionales de todo lo que ocurre (las otras causas son: eficiente, material, formal y causa final). Ambas causas adicionales se asemejan en que se refieren a lo que sucede “no siempre ni en la mayoría de los casos”, como ocurre en el encuentro con el objeto amado.

Para el filósofo griego el término tyche, que se traduce como fortuna (entendida aquí como la suerte), es producido por la causalidad intencional; se trata de una elección del pensamiento y encierra una finalidad, aun cuando ésta no pueda ser captada por la inteligencia. Por ello excluye de la fortuna o de la suerte a los seres inanimados, los niños, o los animales, porque no les concede capacidad de elegir.

Mientras que se refiere al azar o automaton: “cuando las cosas suceden sin miras al resultado y su causa final está al margen de éste, decimos que ese resultado es un efecto del azar”. Lo que va a caracterizar al automaton es la ausencia de una finalidad adecuada, significa “lo no realizado” o lo realizado “en vano”. El azar se da por accidente pero al margen de la conciencia y la intención, aun cuando muestre apariencia intencional; el uso más frecuente con que se hace de este término es para referirse a aquello que se mueve por sí mismo.

En el encuentro amoroso se produce algo que con frecuencia sorprende al sujeto: “algo se produce”, “no sé qué tiene”, “algo hace clic” se escucha decir al amante. El tyche para el psicoanálisis es un encuentro con lo real, no sólo puro azar sino “accidente” causal que tiene carácter inconsciente e involucra al deseo. Ubica al accidente como una de las emergencias de lo real. En el encuentro amoroso, permite pensar Lacan, se produce una elección subjetiva o inconsciente, más allá de la elección pensante a la que hace alusión Aristóteles: la elección de objeto de amor estaría así por fuera de ser un acto de libertad. No elegimos libremente a la persona que habremos de amar, hay algo del inconsciente y del deseo que se nos impone con esa elección, lo cual no exenta al sujeto de la responsabilidad de la elección. Hay en la elección amorosa algo de tyche, algo de fortuna, pero no de automaton.

En el encuentro amoroso opera algo de lo real, se representa justamente por el accidente: todo encuentro es accidental, pero si hay encuentro (tyche) es porque algo del deseo del sujeto se juega ahí. En el encuentro amoroso se juega un reclamo inconsciente de reconocimiento. Es porque en el encuentro se juega algo de una dimensión inconsciente, que en el vínculo con la pareja se juega siempre algo de carácter desconocido. Con frecuencia se suelen escuchar expresiones como: “no sé ni qué le vi”, o por la negativa: “eso que vi en él ya no lo reconozco”, “ella, cuando se enoja, hasta la desconozco”… y un largo etcétera.

Sí, en el amor se juega algo de la fortuna. Pero no al azar sino como al azar. Nos encontramos con alguien y ahí se reproduce un reencuentro. El encuentro es un accidente fenomenológico, mero producto del azar, algo que se realiza en principio en el muro imaginario, pero el reencuentro no, se trata sí del azar (un accidente), pero “algo más”, un azar que hace jugar al deseo. En el reencuentro se produce una identificación. ¿Qué es una identificación? ¿Por qué nos podemos sentir conmovidos (identificados) por éste y no por aquél? En el encuentro amoroso se presenta un reconocimiento enigmático con la pareja, con el otro. En el encuentro amoroso reconocemos en el otro algo de nosotros mismos, algo que no se alcanza a decir, algo que incluso uno mismo no sabía.

En el encuentro amoroso la suerte juega, sin duda; también el azar; pero algo más, indispensable, es el deseo, lo que hace que el encuentro amoroso sea el encuentro de dos inconscientes. Quizá, porque resulta evidente, no sea necesario destacar que, en la estructura formal del encuentro amoroso, lo aquí señalado ocurre con independencia de la identificación sexual de los participantes; lo mismo se presenta en el encuentro amoroso homosexual que heterosexual.

Este enigmático tyché, el encuentro amoroso, también se produce en la experiencia analítica, sólo que ahí el inconsciente es puesto a operar bajo la dirección a la cura. En la pareja amorosa se pone en evidencia que si es posible sostenerse como pareja, pese al desconocimiento que ahí se juega, es porque están atravesados por el amor.

 

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